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Hola...
Hoy es martes 10 de agosto de 2005, y me dió por recordar a mi abuelita Paula, sí la esposa de mi abuelo Isidro, el viejito chupador y parrandero de mi historia anterior, ambos papás de mi papá. De pequeño, yo no podía pronunciar su nombre, según me contó mi madre, y le decía abelita pútala... jajajaja, cada vez que le decía así ya de viejo, se encorajinaba, pues me decía que se imaginaba, no se que cosa....
Ella fué originaria de un pintorezco pueblecito de Jalisco, llamado Tapalpa... Antes muy humilde, hoy un emporio turístico de montaña, con hoteles, albergues, restaurantes y ¡Claro discoteques!... Uta madre, nada se escapa de esa modernidad que aniquila y hiere los sentidos, como si no hubiera formas más sanas y hermosas de divertirse y descansar.
Su familia era humilde, dedicada a la extracción de la trementina, que es la savia de los pinos, con la cual se fabrica el aguarrás, que es un líquido muy inflamable que se utilizaba (ahora se usa el thiner) mucho en carpintería, en pintura, en medicina natural y no se en que otras madres. También en tiempos de aguas, se sembraba el maíz, que una vez cosechado se guardaba en trojes elevadas, para el consumo del próximo año, se cultivaba también el chile, la calabaza y los bules, pues no debían faltar en la casa de ningún campesino, pues al no inventarse el plástico aún, servían para llevar agua a las labores del campo, para chupar el aguamiel de los magueyes que después se habría de transformar en el exquisito y nutritivo pulque.
Se crió a la par de otras dos hermanas: María y Francisca... correteando gallinas y borregos entre los pinares, ocotales, encinales y mezquitales, lacerando sus carnes con espinas de maguey, cuando había que sacar los huevos que la gallinas necias ponían en los lugares más recónditos tratando de ponerlos a salvo del hambre de sus dueños, y así empollarlos lejos de las miradas traviesas de los niños y niñas del lugar.
La imagino junto a sus hermanas como ninfas del bosque, con sendos ramos de flores silvestres, hermosas, como sus caritas y su alma misma. Esos ramos a los que añadían, sin duda, ramas de poleo, anísillo, retama y romero del campo e irían a adornar el altarcito que no faltaba nunca en las casas de los pobres, con las imágenes de la Virgen de Guadalupe y el Sagrado Corazón de Jesús, pero sobre todo irían a perfumar el interior de la casita humilde hecha de adobe y tejas de barro cocido, rojas, alegres, que contrastaban con la seriedad del barro adobino, y el piso pulido a mano con tierra blanca de la falda del cerro. ¡Ah!... Además se quemaba flor de Santa María, amarilla y con un olor mejor que el de el maestro limpio de hoy, sí ese del genio pelón. Pero nada se comparaba con el olor a tierra húmeda que se esparcía en el ambiente a las primeras lluvias... No nunca, aún hoy, procuro de vez en vez, comprar un jarro de barro y beber agua en el... mmmmm Ni modo Ciel y Santa María y otras marcas de aguas, nunca será igual. Por las noches, el interior se alumbraba con velas sebo de res, con mecheros de querosene o simplemente la gente se levantaba con los primeros rayos del sol y el canto del gallo y se acostaba al oscurecer, después de rezar el santo rosario y se gastaba menos el combustible, pues había que ahorrar lo más que se pudiera.
Al frente, un jardincito, lleno de rosales, de amapolas (aún no era flor prohibida), de todos los colores que puedan imaginarse: blancas, lilas, rosas, rojas, amarillas, moradas y no faltaba el zempaxochitl y el tacote, las glisinias, los jazmines, el huele de noche, la sobre la montaña y las hiedras en tiempos de aguas... en ocasiones se sembraba un minúsculo herbario u hortaliza donde había sembrados: rábanos, lechugas, cebollas, chiles, calabaza de jardín, entre otras verduras y hierbas de olor como la hierbabuena, el perejil, el cilantro, la menta, la ruda, el orégano, el epazote, el estafiate, todos con su respectiva carga sanitaria, pues antes no había tantos doctores y menos especialistas, si acaso hasta Guadalajara o México, y eso era para ricos... Se caminaba por vereditas, pero ahí las familias eran felices, unidas en torno a sus integrantes y a Dios, fieles a sus creencias, tanto, que esa parte del estado de Jalisco, fué pródiga en soldados cristeros y en esposas fieles y amantes.
Al fondo, un corral, donde estaban los pollos, los puercos en su respectivo chiquerillo hecho de palos, y hojas de árboles de encino, y más al fondo, el trascorral, donde descansaban las bestias, después del trajín de la siembra, y pegados a los cercos de palos o de piedras, árboles de durazno, pera, manzana y tejocote... uyyyyy el exquisito dulce de tejocotes... Mmmmm rico... allá en el trascorral se resguardaba bajo un tejabán, la leña de encino o de roble o de perdida de pino, que seca podía esperar por años para ser consumida... Nada de gas, pura rama muerta de árboles caídos por el rayo, la fuerza del viento o por la edad...
De por ahí a los 17 años, Don Isidro cortó esa bella flor que era mi abuelita... La sacó de blanco de su casa, como correspondía a un hombre y una mujer de bien... La imagino, caminando a pié de su casa a la iglesia, donde el cura bendeciría su unión, con un ramo de tacotes blancos en la mano, y al hombre, endomingado, de calzón y cotón o camisa de manta cruda, blanca, contrastante con la flor de tacote en la mano de la abuela y de huarache nuevo. ¿Su viaje de bodas?... Jajajajaja entonces no se usaba eso... Después de una comida de gallina rellena, unos vasos de pulque curado y aguamiel para las mujeres... De ahí al jacal preparado por el hombre, para irlo transformando en casa, poco a poco, iba a repetirse la historia y a esperar la felicidad de los hijos, los hijos que Dios dispusiera mandar al seno de la nueva familia.
No se mucho de la vida juvenil de ellos... pues yo los conocí realmente a partir de mis cinco años, edad de la que apenas queda cierta remembranza. Pero si recuerdo, que me vivió hasta mis treinta y ocho años, y en ese lapso, la disfruté como persona, como guardián y como cocinera. MMMMMMmmmmmmmmmmmm. Recuerdo sus guizos: Capirotada, caldo de pollo criado por ella, tarta de garbanzo y miel, compota de manzanas, es más, hasta los pinches frijoles tenían un toque especial, con epazote, bola de masa y en olla de barro cocidos en leña, el santo olor de las tortillas hechas a mano, machitos de tortilla de maíz caliente y sal... Mmmm una exquisitez.
De su vida en matrimonio, lo que recuerdo es, una unión con muchas penurias, las penurias de la época posrevolucionaria, pero felices de ser y de estar, pues entonces, ser y estar, era ganancia. tuvieron 14 hijos, de los cuales solo les vivieron, que yo recuerde cinco: Lupe, Carmen, Rubén (mi papá), Juan y Socorro. Todos ellos gente de bien y llenos de bondad.
¡Ah!... Una cosa... Esa zona de Jalisco de donde era ella, fué pródiga en curas, pertenecía o pertenece al obispado de Colima, y como solo en Colima ciudad, había seminario, mi abuelita, ya casada, viviendo en Colima, era Sanjuanera de todos los seminaristas de sus lares que podía... es decir, les daba comida, les lavaba y planchaba sus ropas de a gratis... ¿Y saben qué?... Mi abuela ya de viejecita y en la cama, jamás recibió la visita de un seminarista o cura de ésos... Jajajajajajaja. Pero se llevó la satisfacción de servir... a ellos y a Dios. ¡Ah!... Y otra cosa... Quiso hacerme cura a mí.... Jajajajajajajajajajajajaja, eso sí me da risa ahora, yo no sería capaz de guardar celibato ni en la cuaresma, pobre de mi abuelita, era en verdad una verdadera joya, montada en un corazón de oro puro.
Crió nueve nietos, de dos hijas que murieron jóvenes, sin quejas ni pesares, pues según ella, era su Cruz y había que llevarla con dignidad. Murió a los 94 años, lúcida, feliz del reencuentro con su esposo y con TODOS sus hijos, pues tuvo la fortaleza de echarlos por delante a todos ellos, no dejó a ninguno, salvo como ochenta nietos y otros tantos biznietos y tataranietos, creo, jajajajajajaja, prolífica la viejecita.
Bueno por hoy es todo... Ojalá y les haya gustado leer de mi abuelita, les prometo que voy a seguir contando de mi familia, hasta llegara a mis nietecitos... Ojalá, si Dios quiere.
Hola... Hoy es 19 de agosto de 2005.
Les cuento de mi abuelita Lupe... Una señorona, indígena al cien por ciento, morena, de nariz recta (curiosamente no achatada como correspondería a su raza), seria (con la seriedad propia de nuestros antepasados), con el sufrimiento marcado en el rostro. Ella fué la madre de mi madre, de quien mi madre heredó, nada menos que su carácter adusto, su nariz y su amor por el trabajo y la Virgen de Guadalupe, por los hijos, por su pueblo y por su gente, como corresponde a una buena sayulense.
Al igual que el abuelo Pascual, su esposo, fué originaria de Sayula, Jalisco, ese pueblecito que les describí cuando les hablé de él. De ella recuerdo, más, mucho más que del abuelo, pues le sobrevivió muchos años y la seguimos visitando en su casa de Sayula, una casita de tan solo cinco metros de frente y cincuenta de fondo... ¿Se imaginan ustedes? pequeñísima, laaaaaarga, pero eso sí llena de árboles frutales, les cuento: Había limas chichonas, limones, granados que en tiempo frutal se abrían de maduros y enseñaban sus dientes rojísimos que brillaban al sol con su color de sangre; había duraznos criollos, de ésos de los que habla la canción "Me he de comer esa tuna", de corazón colorado; Había manzanos y aunque no lo crean tejocotes de la puritita sierra, y flores... Muchas flores: rosales, gladiolos y margaritas, jazmines, huele de noche, hierbas de olor como la albahaca, tomillo, romero, estafiate, epazote, que servía para cocer frijoles y para darlo en tés para desterrar toda clase de lombrices, y orégano grueso para el caldo de pollo... Total, por las noches o al amanecer, era un olor exquisito, dulce, suave como huelen las casas mexicanas.
Casi al fondo de la casa, estaba la noria para sacar el agua, con una pila anexa la que había que llenar a pulmón, para dar de beber a las mulas del abuelo, que regresaban tarde sudorosas por el el trote del camino de la sierra, de donde se traía el pulque o los canastos de pitayo o las cargas de maiz de la cosecha. Mis tíos, hombres, quedaron fastidiados de tanto sacar, sacar y sacar agua del pozo, para las bestias, para el uso y para el riego del huerto familiar, de tan profunda la noria, al asomarse al brocal, solo se podía distinguir al fondo, un espejo de danzante con el brillo plateado del reflejo de la luz del sol o de la luna. Así recuerdo la casa de la abuela Lupe, nunca sucia, nunca sin flores, nunca sin frutos, nunca sin el altar a Santa Maria de Guadalupe, una impresión fiel de la que se venera en el Santuario Guadalupano de ese pueblo.
Cuando íbamos de visita a su casa, generalmente los domingos de ramos que es la fiesta mayor del pueblo, nunca faltaban las cajetas, porque han de saber que en Sayula, las cajetas de leche quemada, son más exquisitas que las de Celaya, de éso yo puedo afirmar pues me he deleitado con ambas. Mi abuela, también, tenía un colección de cuchillos y machetes (estos eran del abuelo) fabricados por los hermanos Ojeda que en el occidente del país tienen fama de ser los mejores, fabricados a mano, con el mejor acero de México y salidas de las manos de éstos maravillosos artesanos que además, fabrican toda clase de hebillas para cinturón, espadas para bastón, y no sé que tantas cosas más.
Ahí en casa de mi abuela, leí con la curiosidad propia de los niños, los versos prohibidos del "Ánima de Sayula", que eran escondidos bajo llave en una petaquilla de cedro rojo y que era parte de las "donas" del matrimonio de la abuela.
No se cómo llegaron a mis manos, creo uno de mis primos los "birló" de la petaquilla y corrimos a escondernos para leerlos y más o menos dicen así:
""EL ÁNIMA DE SAYULA"
En un caserón ruinoso
de Sayula en el lugar,
vive Apolonio Aguilar,
trapero de profesión.
Hace tiempo que padece
hambre voraz y canina,
y por eso está que trina
contra su suerte fatal.
No se emborracha ni juega;
sólo comer es su vicio,
mas va tan mal el oficio
que ni para pan le da.
Cuatro tablas, dos petates
un bacín roto de barro,
cuatro cazuelas y un jarro
son de su casa el ajuar.
Su mujer y sus hijuelos,
macilentos y hambreados,
con semblantes demacrados
piden pan con triste voz.
¿Pan allí? ¡Ni por asomo!
Hambre sí, disgustos mil
en aquel chiribitil,
a pasto y a discreción.
Llanto sólo de miseria,
que goteando noche y día
apagó dejando fría
la ceniza del hogar.
Por eso el trapero esconde
entre sus manos la cara,
maldice su suerte avara
que le causa tal dolor.
Y fijando en su consorte
la penetrante mirada,
con voz grave y levantada
de esta manera le habló:
"Es preciso que ya cese
Esta situación horrible...
Vivir así no es posible,
harto estoy de padecer.
Me ocurre feliz idea,
que desde luego te explico;
esta noche me hago rico
o perezco en la función.
Tú sabes que en esta tierra
entre la gente de seso
se cuenta cierto suceso
que ha causado sensación.
Se dice, pues, que de noche,
al sonar las doce en punto,
sale a penar un difunto
por la puerta del Panteón.
Que las gentes que lo ven
huyen a carrera abierta,
y todos cierran la puerta
encomendándose a Dios.
Que por fin un desalmado
se encaró ya con el muerto,
mas de terror quedó yerto,
patitieso y sin hablar.
Esto lo aseguran todos
y mi compadre José
me ha jurado por su fe
que también al muerto vio.
Me asegura que ese muerto
tiene la plata enterrada
y busca gente templada
con quien poderse arreglar.
Y me aconseja que yo,
deponiendo todo miedo,
acometa con denuedo
la empresa del fantasmón.
Pues bien, me siento con bríos
para hablarle al mismo diablo;
a ese muerto yo le hablo
aunque fallezca después.
Mucho peor es morir de hambre
que morir de puro miedo,
y si yo con vida quedo
Seremos ricos después."
"¡Por Dios, Apolonio! -dijo
su mujer muy aflijida-
No juegues así la vida,
deja a los muertos en paz."
"Señora, no retrocedo.
Es una cosa resuelta;
si pronto no doy la vuelta
prepara mi funeral".
Dijo... y con paso veloz.
pálido como un difunto,
salió de su casa al punto,
camino para el Panteón.
Envuelto en tinieblas yace
de Sayula el caserío,
y un aspecto muy sombrío
allí reina por doquier.
Lóbrega la noche está
y al soplo del viento frío
gimen los sauces del río
con quejumbroso rumor.
No se oye una voz humana
ni el más ligero ruidito;
sólo lejos el aullido
pavoroso de algún can.
Algún pájaro que pasa.
por las tinieblas perdido,
lanza fúnebre graznido
al ir tras de su nido en pos.
Camina, pues, atrevido,
aquel hombre de faz yerta,
y por fin se ve en la puerta
del tenebroso panteón
la silueta del trapero,
que a la ventura de Dios
va de la fortuna en pos
hasta vencer o morir.
Por fin de repente suenan
doce lentas campanadas,
cuyas notas compasadas,
vibran con sordo rumor.
Notas lentas y solemnes
cuyo sonido retumba
como el eco de una tumba
en el pecho de Aguilar.
Cruza el dintel un fantasma,
mudo, rígido, sombrío,
como el sepulcro más frío
y horrible aborto de horror.
Lleva cubierta la faz
con negro y tupido velo,
y arrastrando por el suelo
lleva también un sudario.
Aguilar, de espanto yerto
y erizados los cabellos,
con agitado resuello
corre tras de la visión.
Haciendo un supremo esfuerzo,
cual si jugara la vida,
con su voz despavorida
de esta manera le hablo:
"En nombre de Dios te pido
me digas cómo te llamas,
si penas entre las llamas
o vives aquí entre nos.
¿Qué buscas por estos sitios
donde a los vivos espantas?
Si tienes talegas: ¿cuántas
me puedes proporcionar?"
"Me llamo Perico Súrres
-dijo el fantasma en secreto-
Fuí en la tierra un buen sujeto,
muy puto mientras viví.
Ando por aquí penando,
en busca de un buen cristiano
que con la fuerza del ano
me arremangue el mirasol.
El favor que yo te pido
es un favor muy sencillo:
que me prestes el fundillo
tras del que ando siempre en pos.
Las talegas que pretendes
aquí las traigo colgando;
ya te las iré arrimando
a la puerta del fogón..."
Dijo...y cual sombra fugaz,
tan rápido como el viento
tras las tapias del Convento
el sombrero se perdió.
Mudo de sorpresa queda
el pobrecito trapero,
y echando al suelo el sombrero
de esta manera exclamó:
"Por tres mentadas de abuela
y por la madre de Gestas
¿qué chingaderas son estas,
las que me pasan a mí?
¡Vengo lleno de esperanzas
a buscar aquí la vida,
y la suerte maldecida
me depara un lance atroz!
No tener yo mas alhaja
que la alhaja del fundillo
¡Y que me la pida un pillo
que viene de la eternidad!
Yo no sé que diablos pasa,
pues ignoro con quien hablo;
o este cabrón es el diablo,
o es mi compadre José.
Lo que me sucede a mí
Es para perder el seso;
Si los muertos piden sieso,
los vivos ¿que pedirán?
Buena fortuna me hallé
en esta tierra de brutos.
Donde los muertos son putos
¿qué garantías tengo yo?
Esto es cuanto debes dar
por las crestas del Demonio:
¡Si lo aflojas, Apolonio,
de aquí sin culo te vas!"
Así el trapero exclamó
muy pensativo y mohíno
Del pueblo tomó el camino
y en sus calles se perdió.
Y es fama que cuando oía
hablar del aparecido,
receloso y precavido
se ponía la mano atrás.
MORALEJA:
Lector: si en alguna ocasión,
y por artes del Demonio,
te vieres como Apolonio
en crítica situación;
o si tropiezas acaso
con alguna ánima en pena,
aunque te diga que es buena,
no te descuides, lector.
Y por vía de precaución
llévate como cristiano
la cruz bendita en la mano
y en el fundillo un tapón.
Jajajajajajaja............
Siguiendo con el relato de mi abuela Lupe, he de decirles, que llegó el día en que todos sus hijos se casaron y mi madre, mujer verdaderamente amorosa, grande y fiel, la recibió en su casa hasta su muerte a los 66 años.
La abuelita Lupe, humilde pero trabajadora, terminó sus días ayudando a mamá en la cría de los nietos, pues mi madre, debía coser ropa ajena (era costurera) durante casi todo el día, con el objeto de ayudar en la economía familiar, donde había muchas bocas que mantener y pocas entradas de dinero. Así eran los álgidos y miserables años del México de los años cincuentas.
Recuerdo: Tenía yo como 15 años, una tarde al regresar del trabajo, encontré a mi madre muy preocupada por la salud de su madre, me pidió que no fuera a trabajar al día siguiente para que la acompañara, envió mensajes a los hijos ausentes como presintiendo la fatalidad de la enfermedad de la abuela. Pasamos toda la noche en vela, al otro día, como a las once de la mañana, me encontraba yo levantándole el cuerpo y la cabeza porque así lo pedía, y en mis brazos quedó dormida para siempre... Curiosamente, me pedía que le diera masaje en los pies, las piernas, el vientre, el pecho, pues no los sentía, y así poco a poco (creo yo), fué sintiendo morir su cuerpo, hasta que en el último suspiro, solo acertó a decir ¡Dios mío, ayúdame!... Y murió.
Mario López Barreto.
19 de agosto de 2005.
(Agradezco a un amigo muy especial, que me hizo el favor de proporcionarme completos los versos del "Ánima de Sayula", pues lo que recordaba no era ni la quinta parte... Gracias hermano, sin tu ayuda este relato estaría incompleto)."
EL ORIGEN
Mi padre...
Mi padre, fué jornalero de origen jaliscience, dejó sus campos de labranza allá en el antiguo El Limón, Jalisco risueño pueblecito cercano a Tonaya, tierra del mezcal y de la Virgen de la Purísima Concepción. donde vivía con sus padres y hermanos, para ir en busca de mejores oportunidades al pueblo de Sayula. La familia López López, se asentó en dicho lugar, después de las guerras internas de la Revolución de 1910 y tras sufrir las penalidades de la “Cristiada”, como comúnmente se le llama al movimiento cristero, que envolvió principalmente a los estados de la región occidental de nuestro país.
Él era de raza y tez blanca, de cara picada por la viruela, señales de una época crítica de contagio e insalubridad vividas y sufridas por esas latitudes, la cual fue causa de muerte de siete de sus doce hermanos. Dura época, sin duda, de la cual no se puede calcular siquiera en la región, el número de muertos, especialmente niños, pues entonces no existía ni la Secretaría de Salud, ni el Inegi, una para atender y otra para contar a los afectados de tal epidemia y otras como la fiebre amarilla y la tos ferina. La gente nacía y moría en forma rápida, sin más luto que las lágrimas de los padres que iban, uno a uno, depositando los pequeños cuerpecitos de sus amados hijos en los campos santos de esos recónditos lugares.
Poco sé realmente de la niñez y juentud de mi padre, era ocurrente y dicharachero, centro de atracción en las reuniones de amigos, las cuales, siempre eran al calor de los changos o toritos colimotes de tuxca con granada agria con nuez, mango, guayavilla, naranja agria, tamarindo, limón o simplemente de pepsi al tiempo, pues la cerveza era para la mesa de los ricos y no había cagûamas aún en tales convivios, los que eran salpicados por sus alegres ocurrencias, siempre sobre mujeres, pleitos o simples anécdotas (ciertas o falsas), de trabajo o de aventuras.
A él escuche por primera vez el dicho de “gandalla, mata carita” autodefiniéndose para asegurar, que aunque de cara “fea”, podía convencer a cualquier mujer por difícil que estuviera alcanzarla. Y realmente se lo creí, porque mi madre en su juventud, fue una mujer hermosa, de grácil figura y líneas perfectas que contrastaban con la cara salpicada de mi padre; y aún así, la hizo suya con tal fuerza y secreto, que a pesar de ser todo un "“charrasqueado" parrandero y jugador, le fue una mujer perfectamente fiel, hasta la muerte de él y posteriormente de ella.
Volviendo a su llegada a Colima, les mencioné que dejó sus campos de labranza, aquellos campos que se revestían de flores multicolores en el otoño cuando los maizales entregaban al labriego sus aún apreciables semillas en elote o maduras para el sustento familiar. Ahora, nos llega el maiz por barco, un maíz amarillo, feo, de sudáfrica o de los Estados Unidos de Norteamérica, en función del cumplimiento de los leoninos tratados de comercio por los que México se hunde cada vez más en la pobreza.
Llegó a la ciudad de Colima, siguiendo la construcción de la carretera a Manzanillo, donde se inició en su nuevo destino que fue la construcción. Hombre inteligente por naturaleza, pues difícilmente sabía leer o escribir, aprendió por necesidad (como se aprenden las grandes cosas) a usar el metro de madera de doblez, a sacar superficies, a cubicar volúmenes, a trazar y hasta interpretar planos de construcción, lo que le valió ser contratado por el Gobierno del Estado de Colima como Encargado de Obras, y donde llegó a traer bajo su encargo hasta 200 personas, algo así como el puesto que hoy ocupan los ingenieros residentes de obra, puesto en el que trabajó por más de treinta años.
Trabajó bajo las órdenes de grandes constructores colimenses de la época como: Rodolfo Chávez Carrillo, Eudoro Carrillo Orozco, Julio Mendoza Gómez, Antonio Vázquez Jasso, Jaime Robles, Jorge Avalos, entre otros muchos que escapan a mi memoria, y junto con ellos construyó caminos, puentes, escuelas, edificios públicos, como: El puente de la Villa, sobre el Río Pereyra, varios sobre el Arroyo del Manrique y el Río Colima, escuelas en todo el Estado, el Palacio municipal de Cuauhtemoc o San Jerónimo; Etc.
Mi padre fue un hombre humilde, digno y feliz de ser quien era, jamás despotricó en contra de los ricos, y siempre decía, que quien quiere sobresalir debe luchar por ocupar su lugar en el espacio. Cuando le preguntábamos, al llevarle el “bastimento” a las obras que hacía, nunca contestaba: -estoy pegando ladrillos, o piedras o aplanando muros- Él decía: -estoy construyendo una escuela, un palacio municipal, un puente o un camino-, y sus ojos se rasaban de bien entendido orgullo, así era Él de importante y así aprendí a amarlo, con sus virtudes y sus defectos, así era mi padre del que me siento muy orgulloso y guardo felices recuerdos.
No fue un hombre muy afectivo al expresar su amor por la familia, pero jamás nos faltó bocado, techo o cobija para cubrirnos del frío mañanero de los diciembres y eneros infantiles, siempre vivimos en pobreza, pero con dignidad, con limpieza y sintiéndonos protegidos por un papá y una mamá que supieron aquilatar la responsabilidad de ser padres. Tampoco nos faltó el regaño a nuestras faltas o el elogio motivador cuando hicimos algo bueno, por eso crecimos como lo que hasta hoy somos: hombres y mujeres de bien, que aman a su familia y sienten un profundo respeto y amor por su patria y sus instituciones.
A ningún hermano jamás nos inspiró el suelo americano o el “sueño americano” como le llaman, como ahora a muchos colimenses y paisanos de otros estados, pues decía mi padre que sí lo conoció, que el mejor norte era el “Norte de Colima” y no había que buscar lo que no se había perdido. Decía: -eso déjenlo para los cubanos que han perdido su patria, nosotros tenemos una y muy grande para ser humillados por cualquier hijo de “gringa”.
Él, vivió a su modo, del modo que aprendió o le dictaron las circunstancias, tenía una enorme autoestima, pero el gran defecto de ser derrochador, aspecto que nunca hizo por cambiar y transcurrió su tiempo en una vida de parrandas, mujeres y canto, todo un bohemio el señor. Mi madre, sufrió mucho a su lado, pero según ella, ése sufrimiento ya se lo había asignado Dios desde la mismísima hora de nacer.
Procreó con mi madre, doce hijos y otros tantos "por fuera" como se acostumbraba entonces, de los cuales aún vivimos nueve a la fecha: Pedro, Rubén, Yo, Francisco Javier, Esthela, Rosa Elena, Jorge, María del Carmen y Bertha Eugenia.
A los sesenta años, originado por su despotricada vida, sufrió un accidente cardiovascular (embolia cerebral) y desde entonces, se refugió al lado de mi madre, que le abrió de nuevo las puertas de su casa y de su corazón hasta que a los sesenta y seis años de edad (Igualito que el abuelo Isidro, su papá), lo sorprendió la muerte, solo un suspiro y un "Adios", dejando a mi madre aturdida y pésima de salud, pues los dos últimos años, fueron de pasarla constantemente al lado de su lecho de enfermo.
Así termina la historia de mi padre, un hombre de su tiempo, honrado, siempre dispuesto a ayudar, con un enorme amor a Dios, a México, al Pri y a su familia, en ese orden, aunque repito, nunca nos falto comida, techo y dirección. Con muchos defectos pero cariñoso y trabajador. Nunca pidió nada dado y por el contrario fué sumamente generoso, siempre estuvo dispuesto a corresponder un favor y a pagarlo con creces. ¡Descansa en paz, papá!.
Mario López Barreto.
Tecomán Col., 29 de agosto de 2005.

"Mamá Tolla"
Ella fué originaria de Sayula, Jalisco, lugar de donde la tomó mi padre a la edad de 15 años cuando apenas brotaba a la juventud, como una rosa de las muchas que se cultivaban en el huerto de su casa. Mi madrecita fué mestiza de origen, llevó en su sangre, la herencia de la raza blanca del abuelo Pascual y la gloriosa y bendita herencia indígena de la abuela Lupe.
Sus padres, rígidos a más no poder, la educaron bajo las exigencias de la época y las normas de la Iglesia Católica. Nunca se le permitió salir si no era acompañada de alguno de sus hermanos y siendo uno de éstos, amigo de mi padre, les permitió una relación que acabó en matrimonio y que perduró durante 45 años hasta la muerte de él.
Su matrimonio fructificó en nada menos que doce hijos “Uno por cada apóstol” según mi abuela paterna, muy dada a relacionar las cosas de la iglesia con lo cotidiano, todos educados hasta donde ajustó el presupuesto (que era poco), pero convencidos de que el trabajo honesto, la determinación, el esfuerzo, la persistencia y el sacrificio son la base para el verdadero éxito.
Una vida de trabajos duros y penurias, no puede llevarse adelante si no se tiene la convicción esencial del respeto a sí mismo, de la integridad y de la lealtad al ser amado y a la familia formada. Así fue la vida de mi madre junto a mi padre, sin quejas, ni pleitos, ni reclamos, simplemente una vida de cooperación mutua, donde tuvo que trabajar brazo a brazo, para colaborar en la formación de los hijos, donde ella, fue ejemplo de virtudes y amor a los suyos y a sus semejantes.
Una sola anécdota, descubrirá el grueso calibre de doña “Tolla” mi madre: En octubre de 1959, cuando un destructor ciclón asoló a nuestro Estado, el hecho fue cubierto en lo correspondiente por la radio. Mi madre, entonces, se encontraba en la ciudad de Guadalajara, atendiendo a uno de mis hermanos (Francisco Javier) que se hallaba recién operado de una agresiva osteomielitis en un sanatorio particular, teniendo consigo también al entonces menor de la familia (Jorge) de menos de dos años.
En la radio del sanatorio, escuchó que Colima había casi desaparecido del mapa por un terrible ciclón que azotó todo el estado, por lo que aterrada, encargó a mi hermano enfermo a las enfermeras y médicos de la institución, quienes amorosamente se comprometieron a cuidarlo, y cargando a su otro chiquillo en brazos se vino en autobús hasta Pihuamo, Jalisco, de ahí, increíblemente se vino a pié cargando al mocoso hasta el puente del Río El Salado, ya en Colima, donde subiendo en una troca llegó cansada y ampollada de sus pies a lado del resto de sus hijos, pues viviendo a un lado del Arroyo del Manrique, pensó que realmente no nos encontraría. Cuando nos vio a todos sanos y salvos, soltó el llanto, comió un poco y regresó a Guadalajara al lado del otro hijo enfermo que le necesitaba.
¿Cuántas proezas hará una madre por sus hijos en peligro? Nadie, jamás nadie será capaz de cuantificarlas, lo que sí es cierto es que mi madre realizó no una, sino miles, por quienes ella decía: -"son carne de mi carne y sangre de mi sangre".
Si mi padre me llenó de orgullo, mi madre agregó amor al coctel, decenas de veces la vi repartiendo el pan a sus hijos que clamábamos insolentes (en la época mala) mientras ella, volteándose, bebía los vientos, y con mano trémula enjugaba del rostro con la punta de su mandil una lágrima que aún hoy me quema el sentimiento, como quema el té de albahaca, hierbabuena, estafiate, epazote o manzanilla caliente con que nos curaba todo tipo de dolores, a los que agregaba una oración y un cariñoso aunque tosco masaje, porque decía: -Aguante mijo, que los hombres no lloran.
Ella nos educó en los valores familiares de honestidad, tolerancia, respeto y amor a nuestros semejantes pero "a punta de cuerazos", tenía siempre a la mano, un chicote de cuero crudío y nunca faltaron como justa justicia a nuestras maldades, "tres cuerazos tres" (como papeleta de los toros de la Villa) en el lomo o donde calleran, total, no había tiempo para calcular espacio y cuando llegaba "el golpe" dejaba moretes donde caía. De tanto cuerazo, creo que nos curtimos mis hermanos y yo, porque, o ella perdía fuerza o nosotros no sentíamos los trancazos. Es más, creo que nos dolía más un regaño con sus correspondientes lagrimones de su parte que una tanda de tres cuerazos bien ganados; ¡ah! eso duró hasta que nos salió el bigote, ya después eran simples regaños o consejos, hasta que ella nos faltó. Creo que si ella hubiera sido mamá en esta época, con toda seguridad: La Policía Ministerial, el DIF, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Pía Sociedad Contra el Maltrato de Niños, la hubieran puesto bajo rejas y condenada a cuatro cadenas perpetuas. Jajajajajajajaja.
¿Secuelas? ¿Traumas? ¿depresiones?... Ninguna y de ningún tipo porque la corrección amorosa a tiempo (aunque sea dura), hizo de nosotros seres humanos completos, conscientes de que "el que la hace, la paga".
Entre cocina y máquina de coser, entre ayudas, pedimentos y ofrecimietos al gran Dios, entre risas y lágrimas, hijos, nietos y bisnietos, transcurrió la vida de mi madre, hasta que el 24 de diciembre de 2004 inició la etapa final de su vida, tras una leve embolia cerebral sin sufrir ninguna enfermedad mortal le llegó una depresión terrible,se cansó de vivir, simplemente se negó a comer y poco a poco se nos fué muriendo... Tal vez se piense que sus hijos no lucharon por su vida, pero no, sí lo hicimos, sólo que cuando un ser humano toma la decisión de reunirse con su Dios y con los suyos, vanos son los esfuerzos médicos, familiares y de todo tipo; cuando llega la aceptación a la muerte y el deseo de descansar en un verdadero descanso no hay nada por hacer.
Por fín el 15 de junio de 2005 por la madrugada... doña Tolla partió a reunirse con su creador, a reunirse con el esposo que amó, con sus padres, hermanos e hijos que se le adelantaron. ella murió con una sonrisa en los labios, la sonrisa de los justos y de los que se van satisfechos de su propia vida, de sus propios logros, y los de mi mamá, fueron muchos, muchísimos.
Aquí me llega el recuerdo de un poema hecho una canción hermosa, es de Facundo Cabral y que creo pudo haber sido el pensamiento final de mi madrecita:
Perdóname señor
pero a veces me canso
a veces me canso
de ser un ciudadano.
Me cansa la ciudad
y las oficinas
me cansa la familia
y la economía.
Perdóname señor,
estoy harto de este infierno
de este mercado mediocre
donde todo tiene precio.
Perdóname señor
pero yo me iré contigo,
a recorrer tus montañas
tus mares y tus ríos.
Perdóname señor,
pero a veces yo pienso
que tienes para mí
algo mejor que esto.
Perdóname señor,
no quiero ser un ciudadano
yo quiero ser un hombre
como Tú me has creado.
Sí, mi madre decidió no ser más una ciudadana preocupada por la economía ni por la familia ni por el mugre mercado en el que vivimos, que lo mismo compra cosas que conciencias, sí, mi madre prefirió ir a recorrer las montañas, los campos floridos, los mares y los ríos de Dios, decidió acercarse al Árbol y al Río de la Vida y sí, sí creo con firmeza que así es y sé tambien, que Dios le preparó algo mejor que ésto. Adios madrecita linda. Descansa en paz.
Mario López Barreto.
1 de septiembre de 2005.
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