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La guarida del zorrito

MIS MASCOTAS INFANTILES

Los amigos, después de la familia, son para el ser humano lo más importante, creo que son los seres que nos dan la identidad personal, pues son personas que realmente se identifican con uno. De hecho, el haber escrito sobre mis amigos infantiles, me hizo recordar pasajes de mi infancia que creí olvidados, y después de haberlo hecho, siento que los lazos de amistad que tuve para con ellos fueron tan fuertes que aún permanecen en mí.

No menos importante para el hombre, es tener alguna mascota que conviva con él en su vida y que lo haga sentirse responsable y querido. Generalmente, las mascotas son preferidas en la infancia, donde es más necesario ejercer la responsabilidad y compartir el cariño con todos los seres de la naturaleza.

No fui en realidad una persona de muchas mascotas, pues es necesario dar atención a los animales que conviven con nosotros, como decía mi madre: - Ellos comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros.

Iniciaré por platicarles la historia de una perrita que llegó a mi vida cuando tenía yo, diez años de vida.

“La Loba”

Era el año de 1958, cuando llegó a vivir al barrio del Manrique, una señora que se llamaba María, tenía una hija llamada Santos y un hijo llamado José, éste último, tomó trabajo de Sacristán en el templo de La Merced, y su madre y hermana, hacían tortillas de maíz para vender en el mercado y en su propia casa.

Ellas tenían una perrita, de baja estatura, sin ser pequeña, más bien de alzada mediana, esta se cruzó con un perro de gran tamaño y cuando el producto de sus amores llegó al mundo, murió, dejando en la orfandad a cuatro animalitos de los cuales murieron tres y solo quedó una perrita semilanuda, color de canela, con los ojos color miel más hermosos que haya visto, realmente parecidos a los de un lobo por su color y aspecto.

Como las señoras debían atender su puesto de tortillas, era difícil atender a la perrita que no podía deglutir pedazos de tortilla como lo hacía su madre, por lo que yo, me apunté como criador de ese animalito que desde entonces se había ganado ya un pedazo de mi corazón. Así, robando a mamá un poco de leche, y habiendo comprado una tetera en la Farmacia del Pollo, le calentaba la leche, le ponía un poco de azúcar y tibiecita se la daba colocando la tetera a un envase de refresco, de donde con ansiedad sorbía hasta no dejar gota alguna.

Poco a poco, la perrita fue creciendo, y con ella el cariño que mutuamente nos empezamos a prodigar. Había leído yo en esas épocas, en Tesoro de Cuentos Infantiles de Selecciones, una historia donde se describía la vida de los lobos, su mirada y sus costumbres, su fuerza; me apasioné tanto de aquella lectura que el resultado fue bautizar a la perrita con el nombre de “Loba” su aspecto lo merecía.

Pasados dos años, la familia considerada propietaria de la perrita, tuvo que salir fuera de la ciudad, para radicar a otro Estado de la República. Doña Mary, así llamada por mí, me llamó para preguntarme si quería yo a la Loba, pues ellos no podrían llevarla consigo a donde iban.

Yo me sentí temeroso, pero a la vez con mucha ansiedad por la posible negativa de mi madre para aceptar el hecho, pues nuestra situación no era para tener que mantener una “boca más”.

Tuve que rogar mucho tiempo para que mamá aceptara que me quedara yo con la Loba, fue ahí donde me dijo: - los animales comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros, si te haces responsable de ella, quédatela, solo que si no cumples, la regalaré a Don Toño el de la esquina que es amante de los animales.

Realmente agradecí a mi madre su disposición y le prometí cuidarla y hacer lo posible porque ella estuviera limpia.

A partir de entonces, el vínculo que nos unía a la Loba y a mí, se estrechó aún más y lo demostraba festejando con saltos y ladridos hasta mis más leves movimientos. Su lengua rosada, lamía mi mano cuando le daba trozos de tortilla untados de manteca de cerdo requemada o de restos de la comida familiar.

Saltaba de gusto ladrando, cuando veía que tomaba una cuerda y un machete para ir al campo a cortar leña para el consumo de la casa, pues entonces no había para petróleo o las modernas estufas de gas. Ella, mi acompañante, mi fiel amiga, era parte de mí y yo de ella. En el campo, siempre había arroyos caudalosos, charcas y retenes de agua en las ladrilleras donde chapoteaba gustosa para librarse del calor del verano.

De regreso, siempre delante de mí, mientras yo cargaba con el tercio de leña seca, se escabullía entre los arbustos persiguiendo alguna iguana, tezmo, tejón o alguna otra alimaña, que no pocas veces le dejaron un recuerdo en la cara o en el cuerpo que debía yo curar con limón y cal para una pronta recuperación.

Mi Loba creció más rápido que yo, obviamente aprendió a amar a sus semejantes y como consecuencia quedó preñada. Cuando llegó el momento del parto, entró junto a mi cama y con ojos llorosos y gemidos lastimeros, hizo que saliera con ella a su “rincón”, donde me pasé no menos de dos horas esperando la llegada de sus cachorros. Salió el primero, muerto, y ella se revolvía de dolor y trataba de alcanzar el cadáver de su hijito para lamerlo y hacer que volviera a la vida, salió otro, igual y otro hasta que desfallecida no pudo más y quedo rendida cuando salía el último de la camada. Tuve que sacarlo tomando aire extra en mis pulmones y un pedazo de trapo para halar de las patitas que asomaban, solo para darme cuenta que también había muerto ya el animalito.

Con asco y a punto de vomitar, coloqué los animalitos en una vieja caja de galletas y limpié como pude la suciedad que había pues mi querida Loba, yacía gimiendo en el suelo. Cavé un hoyo en el patio, al pié de un canahual, lo más profundo que pude, sepulté a los perritos poniendo sobre la caja unos pedazos de ladrillo y cubriendo el hueco con la tierra sobrante, me fui a descansar casi amanecido, mientras la Loba, quedó junto al hoyo, olisqueando y llorando lastimeramente por el dolor de haber perdido su camada.

Después de ese hecho, la Loba hizo de mí, una especie de ídolo, ella jamás quedo de nuevo preñada, se volvió, dijera mamá: - Machorra. Para mí fue un alivio, pues sabía que cuantas veces hubiera traído perros al mundo, iba a representar un verdadero problema. Nos hicimos más amigos y compartimos muchos, pero en realidad muchos ratos felices. De su parto me quedó el terrible disgusto cuando veo sufrir a un animalito y a mi querida Loba, el deseo de recuperar a sus hijitos enterrados en el lugar donde excavaba con angustia de vez en vez como queriendo sacarlos de su lecho.

Cuando terminé la educación primaria, tuve que hacer mi secundaria en una Escuela Nocturna para Trabajadores, la Secundaria No.2. Después de regresar de mi trabajo a las 5 de la tarde, regresaba a casa, me bañaba y libros al hombro salía hacia mi escuela donde entraba a las seis de la tarde para salir a las diez de la noche. Cuando estaba de regreso, en la puerta esperaba mi Loba, que saltando de gusto iba hasta media cuadra a encontrarme ladrando y olisqueando demostrando más amor que muchos humanos.

Los años se me vinieron encima, llegó el momento de trabajar en forma, dejé la secundaria pues había que ayudar a sostener el hogar que ya contaba con muchos miembros más. Tuve que salir fuera pues toda la familia trabajaba en el CAPFCE, una institución dedicada a la construcción de escuelas en los estados y había que desplazarse a pueblos y rancherías, donde desde luego, no podía llevar a mi perra, encargándosela a mamá que con amor la cuidaba, pues sabía del cariño que nos teníamos.

Los fines de semana que estaba yo en casa, eran su verdadero gusto, salíamos como cuando niño, al campo, a bañarnos al río, ahora yo en bicicleta y ella tras de mí o delante de mí, pues su edad y la competición eran desiguales. Pero de igual forma, nos disfrutábamos uno al otro.

Cuando en la edad se acumulan los años las consecuencias son obvias, llegó la juventud y la edad de la “punzada”, es decir, la edad en que el hombre, iguala los animales, busca la aceptación del sexo opuesto, ese esquema, hizo que mis tiempos con la Loba se fueran haciendo más espaciados y pobres, ya no era niño y mi perra lo entendía, esperaba simplemente echada en algún lugar permitido de la casa a que tuviera el tiempo suficiente de bañarla, de acariñarla y de hacer que saltara para alcanzar un trozo de carne asada o una tortilla untada en manteca que seguía siendo su delicia, lo que disfrutaba plenamente.

Cuando me casé, tuve necesidad de radicar en otra ciudad, vivía en casa pequeña y no pude llevarme a mi Loba, la que quedó al cuidado amoroso de mi madre que ya la amaba igual que yo, mis regresos se espaciaron mucho, pues solo iba cada mes a visitar a mis padres, e igual, mi loba esperaba fiel mi llegada, brincoteando y ladrando del gusto al verme. Ya no era la misma, no en balde habían trascurrido catorce años de que llegara al mundo, quedara huérfana y recibiera el alimento de mis manos de niño. Ahora era una perra anciana pero sin perder su dignidad hacía todo lo posible por desquitar el sustento, cuidaba la casa mientras dormitaba con un ojo, mientras por el otro, semiabierto, mostraba el color canela de su pupila ahora triste.
En 1978, cuando hacía veinte años que había llegado a mi vida, mamá llamó a casa para decirme que mi Loba, mi querida Loba, había amanecido muerta, se fue sin aspavientos, se fue humilde, y para mi sentir, triste por el olvido involuntario al que la sometí. Mamá se encargó de enterrarla en el patio de casa, cerca del lugar donde yacieron sus perritos. Si existe un Cielo para los animalitos, de seguro mi Loba andará por ahí, persiguiendo iguanas, tezmos o tejones, olisqueando bajo las piedras o refrescándose en las celestiales aguas, quizás esperando la visita de su amito, Mario.


“El Zarando”

En la infancia de un niño de familia pobre, los más gustos que puede darse éste, es disfrutar lo poco que posee y esto incluye desde un juguete hasta una mascota.

A lo largo de mi infancia, tuve que combinar el trabajo con el juego que en verdad eran pocos pues desde los doce años inicié ayudando en las labores del campo en la siembra de maíz donde mi padre incursionó y por lo cual aprendimos, mis hermanos y yo, la mayor parte de las actividades relativas, desde el “chaponeo”, el arado de la tierra, la siembra, la escarda, la paleta, el corte de hoja, el amarre, la pizca; entre otros. ¡Ah! pero también aprendimos a disfrutar los elotes tiernitos asados con hoja o “encuerados”, el calabacín cocido con leche, canela y azúcar, las “torecas” una especie de tortillas endulzadas con piloncillo hechas de elote duro y revueltas con natas de leche hervida, El dulce de calabaza sazona hervida con azúcar y miel de abeja acompañada con leche.

Por necesidades propias de las actividades de campo, que realizábamos después de terminar el año escolar, en el mes de junio, mi padre tuvo que comprar tres caballos, bueno en realidad eran jamelgos, flacos y de cierta edad, pero lo suficientemente fuertes para aguantar el duro trabajo de campo. Con ellos se araba, se recogía la cosecha, se acarreaba leña al hogar, se transportaba. Se hacía todo, vivían en el corral de casa y nosotros cuidábamos de ellos, les aseábamos su corral, les dábamos de beber, los cepillábamos y los domingos, días de asueto los montábamos para ir al Río del Salado donde pasábamos unas mañanas fenomenales, y especialmente los caballos y mi querida Loba que retozaba al lado de los caballos llena de contentura.

Cuando mi padre compró los caballos, nos pidió escoger cada uno de los hermanos mayores a uno de ellos, porque iba a ser nuestra responsabilidad cuidarlos. Yo me enamoré de uno de ellos al que llamé “Zarando”, aunque según me dijeron su nombre era “Tova” que no me gustó pues me daba la impresión de ser un nombre femenino, le cambié pues su nombre y le puse así por su forma de caminar medio “rara”. Caminaba, como en forma lateral, no de frente, lo que hacía que tuviera un paso menos golpeador, es decir era cómodo para montar sobre él y los ruidos de sus pisadas eran menos sonoros a diferencia de sus hermanos.

Mis cuidados y mi amor, lo hicieron reponerse rápidamente y fue sorpresiva la forma que tomó ya repuesto, parecía un animal de buena ascendencia. Era un poco más alto que el común, Su orejas enhiestas, de un color rojo fuerte vivo, con una estrella blanca en la frente, tres de sus patas tenían pelo blanco como si tuviera calcetines, su clin abundante así como el pelo de la cola, lo que me causaba problemas pues había una planta que producía una especie de “gusanitos” pegajosos que se le pegaban y me costaba un esfuerzo enorme eliminarlos con el cepillo. Y su paso. Ese paso del que me enamoré, suavecito, finito, cómodo.

Con el tiempo, y una vez terminadas las labores del campo, los animales eran utilizados para acarrear sobre sus lomos sendas cargas de leña, que en aquél entonces era el combustible más común entre la gente humilde, y se vendía entre $10.00 y $15.00 por carga, y cuando había poca demanda, nos montábamos sobre ellos para ir al río a jugar carreras, donde mi Zarando era siempre triunfador y sus triunfos los pagaba con pequeños trozos de azúcar de terrón robados a la alacena de mamá o un poco de sal que lamía con su lengua raposa de mi mano degustando plácidamente cualquiera de esos sabores que agradecía con un resoplido o un relincho o abriendo los belfos enseñando los dientes en una pseudo sonrisa bajando y elevando la cabeza como diciendo: - Gracias.

Pasaron dos o tres años después de su compra y una mañana vi a dos hombres extraños platicando con papá que era hombre de pocas palabras y menos explicaciones y los escuché hablando de los caballos. Corrí a donde mi madre y pregunté ansioso que pasaba. Mi madre, conociendo mi cariño y apego a mi noble Zarando, me abrazó llorosa y me dijo:

- Tu padre tiene apuros económicos, debe vender los animales para salir del bache. Fue toda la explicación que recibí, me quedé frío y me saqué de sus brazos para correr pues sabía que nada podía hacer al respecto. - Sabía de qué se trataba, - me dije, mientras de mis ojos escapaban lágrimas de impotencia, de coraje, de tristeza. Todo se conjugaba para terminar con una etapa quizás de las más hermosas de mi vida.

¡Mi querido Zarando!... Se fue a otros lugares, no sé adonde, se fue como llegó, silencioso y triste, de seguro estaría con personas menos amables, halando un arado o cargando leña sobre sus lomos, quizás ya no habría terroncillos de azúcar, ni puñitos de sal, tomados de la mano amorosa de un niño encargado de su cuidado. Ya no habría paseos ni baños en el río, ya no habría más limpieza de gusanillos de “mala mujer” que así llamábamos a la planta que los florecía, ahora quizás, solo habría trabajo y quedaba dentro de mi corazón de niño latente y guardado su recuerdo, como en un relicario.

No quise decir más. Me fui al corral donde había unas enormes higueras, me subí a una rama alta a llorar por el amigo que se fue para no volver más. Estoy seguro que ahora mi querido Zarando me espera en el cielo, donde habré de montarlo libre de las ataduras económicas que hacen que un papá rompa el corazón de un niño.

No he vuelto a tener una mascotas y no me he vuelto a apegar a ningún animalito porque mi corazón no soportaría, creo, la muerte de otra, he permitido que mis hijos tengan alguna, pero he visto que en esta época de encierro, las mascotas sufren más que los humanos y la verdad. ¡No lo considero justo!.

Mario López Barreto
Enero de 2007.

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2 comentarios

Juan Manuel Vega Rincón -

Hola profesor, gracias por darme la oportunidad de conocer esta página, es un verdadero placer leer tus relatos y poesias, De corazon te lo agradezco. Saludos

Mario Ramirez -

Hola tocayo, me ha dado un gusto enorme volver a leer esta pagina tuya que muestra todo el amor y cariño que recibieron esos seres de tu parte y que plenamente correspondieron. Donde estén esperan tu llegada sin apurarla, porque aquí, en este mundo tu misión aún continúa. Un gran abrazo de mi parte
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