En la edad adulta, he leído algunos relatos de supervivencia de personas que después de haber experimentado una muerte clínica, han vuelto a la vida, o algunos otros relacionados con hechos sobrenaturales. Estos relatos, los he leído con el mayor cuidado y escepticismo pues jamás he deseado ser influido por estas lecturas en mis propias convicciones o experiencias. Quizás sea yo una persona receptiva para este tipo de cosas que voy a relatar de lo que si puedo estar absolutamente seguro es que me han sucedido. Lo juro.
A mis ocho años. Mi primera experiencia “paranormal”:
En el año de 1956, Cuando tenía 8, aproximadamente, fui de visita a la casa de una hermana de mi madre, que vivía junto a su esposo y cuatro de sus hijos en una granja denominada “La Posta del Costeño” a escasos cinco kilómetros de distancia de mi propia casa.
Esa granja, propiedad del Gobierno Federal, se utilizaba y aún en la actualidad como campo de experimentación ganadera y biológica, en aquél entonces se criaba además: ganado porcino, vacuno, avícola y se producía huevo y pollitos que eran vendidos a la población en general para fomentar la creación de granjas familiares para hacer frente a la recesión económica de los años cincuentas.
Había además, chiqueros limpiecitos y algunos tenían pequeñas pozas de cemento que en ciertas épocas, cuando estaban vacíos eran lavadas y llenas de agua limpia y hacían la delicia de mis primos y yo que las utilizábamos como albercas, y me encantaba por esto visitar a mis tíos, más por el afán de ser sociable, por el gusto de disfrutar de más de algún agradable fin de semana aunque hubiera que ayudar en el baño de los cerdos, en el recuento de éstos, en la recolección de huevo o en la carga de polluelos. Además, siempre había pollo en la mesa, preparado de una forma u otra había pollo para mi glotonería y disfrute.
La granja, además, contaba con un pozo profundo que la abastecía de agua que se utilizaba en el riego de los cultivos de forrajes, maíz y sorgo que se utilizaban en la alimentación del ganado y a donde iban a cargar pipas propiedad del Gobierno del Estado para abastecer a las familias de colonias pobres que no contaban, en ese entonces, con agua potable y se les suministraba con este medio.
Era un sábado cualquiera en que llegué a disfrutar desde el viernes anterior de todo un fin de semana que prometía ser hermoso. Nos levantamos tempranito y ayudamos en la limpieza, de los chiqueros para dejarlos limpísimos, luego, en carretillas, llevamos el alimento destapando con cuidado las bolsas de cuadros de distintos colores y tamaños que después servirían para que mamá nos fabricara camisas y calzoncillos con ellas, pues las vendían ya vacías a solo cincuenta centavos cada una.
Aproximadamente a las diez de la mañana, llegó a la casa donde ya esperábamos a mis tíos de su regreso del mercado de la ciudad, para recibir nuestros alimentos, cuando llegó a la puerta un camión cisterna con un chofer nuevo al que le decían “El Cuate”, este chofer desconocía la ubicación del pozo y la forma en que se llenaba la pipa con el agua de este, pues había que cerrar una llave para abrir otra y subirla a la boca de la cisterna ambulante para que se llenara por medio de una gruesa manguera, ceremonia desconocida por el nuevo chofer.
Nos pidió, pues, en ausencia de mi tío Pascual que así se llamaba, lo acompañáramos al pozo y le diéramos las indicaciones correspondientes para llenar su pipa con agua. La emoción fue grande y no montamos en la cabina como correspondía, lo hicimos mi primo Chuy y yo, en la parte trasera, montados sobre una especie de patas de hierro que traía la pipa y que colgaban en la parte trasera del camión, en la parte posterior de la cisterna.
Al llegar al pozo, el camión debía hacer reversa para acomodarse a la toma de agua elevada, por lo que desde nuestra improvisada montura, le gritábamos que echara reversa, con el consabido “viene, viene”. El chofer fue dando reversa, y nosotros no percibimos la cercanía de un árbol de coastecomate por la parte de atrás , así que el Cuate, al oír el “viene, viene”, aceleró presionando mi cabeza sobre la superficie del tronco del árbol, con el correspondiente grito angustioso que escapaba de mi infantil garganta.
Mi vista se nubló, borbotones de sangre tibia escapaba de mi cabeza, mi primo salió disparado a gritarle al chofer sobre lo que pasaba y éste, solo acertó a recogerme y dejarme sobre la graba limpia que había a la orilla del pozo del que percibía tan solo un zumbido. Habiendo atado mi cabeza con su pañuelo, corrió y de paso le dijo a mi Tío Pascual lo que había sucedido poniendo “pies en polvorosa” pensando lo peor.
Mi tío subió a un jeep que era el medio de transporte utilizado en la granja y llegó jadeando hasta mí, que yacía en forma cómoda y sin dolores, solo con una grata semiinconsciencia que me parecía del todo, fuera de lugar.
Sentí cuando me tomó en sus brazos mientras mi tía Trinidad, que lo acompañaba puso una cobija sobre el piso del Jeep y presurosos salieron directo a la ciudad rumbo a la Cruz Roja donde recibí tan solo una limpieza y le ordenaron a mi tío llevarme al Hospital Civil en la calle cerrada de 27 de Septiembre, donde ahora es la Escuela de Artes de la Universidad de Colima, recipiendaria posterior del edificio.
Al llegar al lugar, creo a medio día, mi tío me depositó sobre una loza de granito, entre él y los doctores que me atendieron me desnudaron, dándose cuenta de la gran cantidad de sangre que había perdido ya, mientras que yo, estaba sumido en una especie de “modorra chicha” muy cómoda, por cierto, cuando sentí que uno de los médicos que tomaba mis signos vitales y me incitaba a hablar, a mover los pies o manos decía: - Este niño, se nos va. ¡No hay pulso!. Mientras sentí la entrada de algo en mi brazo cuando una enfermera me canalizaba para poner suero en mis venas. No se el tiempo que pasé ahí, solo escuchaba murmullos y el trick track de la aguja al penetrar mi piel ,cuando suturaban las heridas de mi cabeza, una de veintitrés centímetros en la parte occipital y otra de diez en la parte frontal.
En un momento dado, no sentí más nada. Miré con los ojos del interior, un pasillo de luz, profundo interminable y sentí como me deslizaba suavemente sin dolores, por el contrario en medio de una gran alegría y paz como jamás me había sentido. Hubiera querido permanecer ahí, pero a los tres días desperté en una cama de hospital y la primera cara que vi fue la de mi hermano Rubén que cuidaba de mí en mi momento de más profunda soledad y tristeza, pues llegó a mi mente la experiencia vivida y hasta ese momento di rienda suelta a un llanto intranquilo, mi estómago se revolvió y subía y baja en hipos de angustia.
Después de diez días de hospitalización, regresé a casa, donde platiqué a mamá de lo que había pasado y sentido desde el momento de quedar sobre la graba del pozo hasta despertar en el hospital y con un abrazo se limitó a decirme: - Mijo, esa luz era la Luz de Dios, que aún no te necesitaba allá, Él te da una nueva oportunidad, aprovéchala. Quedé tranquilo con la explicación, pero la paz y tranquilidad vividas en mi experiencia, las he vuelto a sentir en diversas ocasiones, que les cuento en seguida.
A mis veinte años.
Casi para cumplir veinte años, vivía en un pueblo llamado Ixtlahuacán, lugar al que fui a trabajar desde los diecisiete años y permanecí hasta esa edad, ahí se inició mi vida de adulto. Para entonces, solo había cursado hasta segundo año de secundaria y trabajaba en la construcción de la Iglesia de los Santos Reyes, invitado por un gran Sacerdote amigo mío, llamado Juan José Rincón Jiménez, del que posteriormente hablaré.
En el mes de Julio de 1968, después de la dura jornada de trabajo, caminé calles abajo del pueblo con el fin de relajarme y sudar un poco antes de darme un baño. Llegué hasta donde se instalaba una pequeña plaza de toros, que se utilizaba durante la función de las Fiestas Patrias, festividades por demás llenas, de colorido y sabor campirano que me encantaban pues eran pocas las oportunidades de diversión en dicho lugar. Subí al entramado donde se subían las autoridades y me recosté sobre el piso de madera áspera y me quedé profundamente dormido.
Pasada como una media hora, ya casi oscurecido, sentí una mano suave que me presionaba sobre el brazo. No sentí miedo, de nuevo llegó a mí esa paz y tranquilidad sentida en mi niñez y escuche claramente una voz que en mi interior resonaba suave y cadenciosa y que sentí grata a mis sentidos: - Mario. Me susurró la voz. - ¿Podrás quedarte en éste lugar encerrado de por vida o tendrás las agallas para salir y ser alguien en la vida?.
Ahora sí me estremecí, no de miedo desde luego, sino por la verdad que encerraban esas palabras, pues a nadie había comentado que habiendo llegado a la edad de la “punzada”, mi idea era encontrar una damita con la que compartir mi vida y quedarme a vivir en ese paradisíaco lugar. La voz y la sensación se fueron como llegaron y solo sentí el fresco viento rozar mis mejillas y el cuerpo, por lo que me dio por meditar en lo que había escuchado.
La verdad, la decisión fue rápida. Fue mi último trabajo en la construcción, en el mes de septiembre siguiente, iniciaba mis clases de contabilidad en el “Instituto de Comercio y Administración” recién fundado por los Contadores: José Alejandro Contreras Jacobo y Salvador Govea, de donde a los tres años, cuando aún no cumplía veintitrés salí diplomado de Contador Privado iniciando con ello una nueva etapa de mi vida. ¡Todo ello, gracias a una voz!.
A mis veinticinco años.
En el mes de julio de 1972, contraje matrimonio con Silvia, mi esposa. Durante dos años no procreamos hijos por lo que paseamos lo más que pudimos durante ese tiempo, generalmente salíamos en un vochito 1968, a diferentes partes de Jalisco y Michoacán, en forma muy especial a Uruapan y Janitzio lugares que nos cautivaron.
En el mes de noviembre de 1973, regresábamos de Uruapan, Michoacán, siendo como a las siete de la tarde casi a punto de obscurecer, descendíamos poco a poco por la sierra de Mazamitla, lugar hermoso y de agradable clima montañoso y un exquisito aroma a pino y flores silvestres, algo que disfrutábamos plenamente en nuestros primeros años de matrimonio, pues ambos gustábamos de este tipo de paseos.
La penumbra iba poco a poco venciendo la débil luz del sol extendiendo su manto nubloso sobre la carretera Jiquilpan - Manzanillo. Ésta era angosta, de dos carriles y sumamente peligrosa, pues era la principal comunicación del Estado de Colima, con la Ciudad de México y el centro del país en lo general, era mucho el tráfico y al ser mi auto pequeño, y yo, muy precavido al manejar, cuando algún camión de carga me rebasaba en carretera sentía a mi querido vochito moverse hasta hacerme sentir un ladeado peligrosamente hacia el paredón de la montaña.
Casi al terminar la pendiente de un peligroso tramo, sentí que el auto se forzó y empezó a zigzaguear peligrosamente, lo que me hizo “recargarlo” prácticamente sobre el talud de la montaña quedando aún medio auto dentro del manto de negro asfalto, lo que para mi esposa representó un momento de histeria, pues de hecho, sobraban razones tomando en cuenta lo que relato antes.
Yo, con mucha tranquilidad, le mencioné que deberíamos conservar la calma pues solo se trataba de un cambio de llanta pues todo parecía indicar que era una ponchadura lo que corroboré al bajar del auto y verla pegada al hierro del rin. Le señalé la forma en la que podía ayudarme, y la encaminé unos cincuenta metros adelante con una franela roja en sus manos para que hiciera señales a los automovilistas y choferes para evitar un accidente.
Ya colocada ella en un lugar estratégico, regresé dispuesto a realizar la talacha, para lo cual abrí la trompa del vocho para sacar la refacción, más. ¡Oh... sorpresa! Como todo buen principiante debería pagar la novatada, la llanta estaba totalmente vacía de aire, no la había checado desde la compra del auto y estaba a cero, simplemente nada.
Al darse cuenta, la histeria de mi esposa se tornó casi locura, pues los camiones de carga pesada pasaban y nos sacudían con tal fuerza que casi nos arrojaban al piso y mi cerebro luchaba por encontrar la solución. Esta fue que mi esposa fuese en otro auto al poblado más cercano a contratar una “talacha” y regresara para lo cual ya desmontada la llanta estaba en sus manos.
Ahora nos encontrábamos haciendo señales y pidiendo un raid, mientras la noche amenazaba por cerrarse en forma completa, y los altos pinos de la sierra, tomaban formas fantasmales que realmente atemorizaban pues carecíamos, otra vez la novatez, de una linterna que nos hiciera notar en la obscura lejanía y solo los débiles faros de emergencia de auto nos hacían notar. Pasaron los minutos que parecieron horas, sin que nadie osara detenerse, los autos pequeños por temor, los grandes por el peligro que representaba detenerse en la carretera. Así que solo quedaba esperar, mientras el canto de los grillos y el sonido peculiar de otros bichos nocturnos que iniciaban sus rondines nos ponían los pelos de punta.
Mi esposa, se armó de valor y me dijo: - Tendré que caminar un poco hasta encontrar un espacio donde no haya curvas en el camino, ahí de seguro podrán detenerse los autos sin peligro y podré hacer lo que me pides. En esa plática nos encontrábamos, cuando a lo lejos vimos acercarse a una persona en una bicicleta.
Mi corazón aceleró su ritmo, en tanto la persona se acercaba cada vez más, hasta llegar a nosotros, le explicamos lo sucedido y la persona, que era un señor de edad mediana y de rasgos finos, muy serio, sin contestar más que con leves cabeceos nos indicaba que fuese mi esposa a hacer señales a donde antes se encontraba, mientras a mi me indicaba que montara la llanta en el lugar donde debía estar, colocando enseguida los tornillos que ajustaban el rin con la masa, luego, sin saber de donde, sacó una bomba de carga de aire para llanta de bicicleta y mientras yo presionaba la boquilla de la bomba contra la boquilla de la llanta del auto con un paliacate, él empezó un simple bombeo que poco a poco fue introduciendo aire a la llanta, hasta ahora sin explicarme cómo.
En un breve espacio de tiempo, el vocho estaba listo para rodar. Yo quise agradecer al señor que se mostraba un poco mohíno al hablar con algo de dinero, a lo que se negó moviendo la cabeza lateralmente. Me despedí de él y al estrechar su mano sentí una calidez y paz indescriptible, de verdad no la puedo explicar. El se montó de nuevo sobre su bicicleta perdiéndose en la ya penumbra nocturnal, mientras mi esposa y yo, subimos al auto reiniciando la marcha hacia nuestro querido Colima.
Manejaba yo nervioso, por la posibilidad de que el aire no fuera suficiente para llegar hasta Tamazula, que era la población más cercana a donde haría que me revisaran las llantas para continuar sin problemas hacia mi destino. Mi esposa y yo, no cruzamos palabra alguna, el silencio parecía una gota de azogue dispuesta a romperse en mil pedazos. Solo acertábamos a mirarnos uno al otro sin saber que decir.
Llegamos a un taller de “talachas” y el encargado de inmediato cambió la que estaba dañada por una de “medio uso”, pues carecía de llantas nuevas y al desmontar la otra para revisarla, se dio cuenta de que el aire tenía la potencia exacta de presión y estaba en muy buenas condiciones lo que hacía innecesario su cambio, volviéndola a montar asegurando que no había necesidad de más nada.
Fue hasta entonces que rompiendo el silencio, nos dimos cuenta de que habíamos sido ayudados por un ángel, por una entidad enviada por Dios a quienes estando en peligro, confían en Él. Así lo comentamos y quedamos convencidos de ello.
A mis veintiocho años.
En el mes de abril de 1976, estábamos, mi esposa y yo, listos para el nacimiento del segundo de mis hijos, Efraín. Nos encontrábamos nerviosos pues mi primera hija nacida en septiembre de 1974, había nacido por operación cesárea y una doctora amiga nuestra, nos aseguraba que éste podría nacer sin necesidad de esa agresión médica al cuerpo de mi esposa, que ya había sufrido para entonces además, la pérdida de dos bebés, por lo que este en realidad era su cuarto embarazo.
La Semana Santa del mes de abril de ese año, fue sumamente problemática para ella, pues el bebé se había formado en el lecho materno pegado a un hueso de su cadera, lo que “ayudaba” al bebé a apoyarse para moverse dentro del útero golpeando con fuerza los órganos internos de su madre. Acudió a su última revisión el lunes por la mañana, habiendo la doctora descartado el nacimiento antes del fin de semana. Sin embargo, las cosas no fueron así. El sábado a las once de la noche, con puntualidad cronométrica, llegaron los dolores de parto anunciando la llegada del primer hijo varón, que aún no sabíamos que lo fuera.
De inmediato acudimos a la “Clínica del Sagrado Corazón” que era el único hospital privado que en ese entonces había en Tecomán, nuestro lugar de residencia, mi esposa fue ingresada y de inmediato se inició la búsqueda de la doctora que debía entenderse del parto, pues siendo de noche, en día inhábil y en fin de Semana Santa, era remoto encontrarla y más sin las comunicaciones con las que se cuenta actualmente.
Hasta las tres de la mañana se encontró a la doctora, aunque antes se había iniciado el probable trabajo de parto de mi esposa, con otro médico que no estaba al tanto de la historia clínica de ella. El doctor que actuaba, en realidad tiene la especialidad de pediatría y se veía temeroso de actuar en el área de ginecología, de hecho, no había médicos especialistas en aquella época en nuestra ciudad y los que realizaban operaciones quirúrgicas se trasladaban de las ciudades de Manzanillo o Colima. para cualquier intervención.
Fue así que la doctora llegó, aunque un poco “desvelada” por la alegría de las vacaciones que aún no terminaban y junto con el doctor que era propietario del nosocomio, luchaban porque mi esposa hiciera el trabajo en forma “normal” siendo ayudados por una enfermera cuñada del médico en tan ardua tarea.
A las cinco de la madrugada, ambos se dieron cuenta de que mi esposa, por más lucha, no podría dar a luz en forma natural, por lo que debería ser intervenida en una nueva operación cesárea. Pero había dos opciones: una era trasladarla a la ciudad de Colima, lo que por su debilitamiento físico y cansancio después de varias horas de esfuerzo, era muy riesgoso. La otra, era llamar a un cirujano y a un anestesista disponibles para que vinieran de otra ciudad, y fuera en Tecomán donde se realizara la intervención quirúrgica. Se me llamó para tomar opinión a lo que acepté la segunda opción.
Pedí hablar con mi esposa, habiendo sido autorizado, me coloqué una bata e ingrese en la sala de expulsión donde se encontraba, sentí un verdadero escalofrío pues había sangre en abundancia y la cabecita de mi pequeño hijo se encontraba visible en el canal de parto, mi esposa, desfallecida solo pudo decirme: - Mario, me siento mal. A lo que, aterrorizado, solo acerté a responder:: -Aguanta, todo saldrá bien, te lo aseguro.
Puedo asegurar que lo que sigue es verda:, en el sanatorio, no había oxígeno, no había médicos especialistas y solo había voluntad de parte de los médicos y la enfermera que asistían a mi esposa y de mi parte la seguridad y convicción interna de que todo saldría bien. A las cinco y media de la mañana, después de que el médico asistente fue al teléfono para localizar a los médicos disponibles y después de que oré al oído de mi esposa pidiéndole que tuviera fe, me dirigí a la habitación que le había sido asignada desde su llegada. Me senté al borde de la cama, cerré mis ojos y con un gran fervor y una fe infinita, pedí algo así:
“Madre mía de Talpa. Jamás he visitado tu templo y mi abuelita y mi madre siempre me han hablado de tus prodigios y milagros. Yo, desde lo más profundo de mi corazón, te llamo y te ruego, que muestres mi súplica ante Dios para que todo esto que estoy pasando sea un mal sueño, has que mi esposa y mi hijo se salven, pero si por alguna razón se necesita allá a alguien, que mi esposa se quede, señora mía, pues mi otra hija la necesita, Madre, si todo sale bien, entraré de rodillas con mi hijo en brazos hasta tus pies y seré uno de tus más fervientes devotos”. Después de esta breve comunicación, sentí cómo alguien se sentaba a mi lado en la misma cama, la percepción fue tan clara, que el colchón se ladeó hacia mi lado derecho mientras un hermoso olor a rosas, un bendito olor que jamás había percibido, llegó a mi sentidos dejando tras de sí una maravillosa paz y tranquilidad, para esto ya sentida antes.
Antes de las siete de la mañana y en menos de quince minutos, llegaron oxígeno, médico y anestesiólogo a resolver el problema del nacimiento de mi hijo Efraín, llamado así en honor a quien iba a ser su padrino de bautismo muerto en un accidente un mes antes. Fue tal la rapidez del caso, que mi hijo sufrió un corte en la espalda, dejado por el bisturí que penetró en las carnes de mi esposa con la urgencia del caso, dejando una marca indeleble de por vida en el cuerpo de mi hijo, como para recordar para siempre, que su venida fue gracias a la intervención de Maria ante Dios.
Luego de cumplir mi hijo, tres meses de edad, en satisfacción de mi promesa, de rodillas y abrazando a mi pequeño hijo junto a mi corazón, lo ofrecía a Dios y a Maria Virgen, poniendo en sus manos su vida, seguridad y felicidad. Desde entonces, soy “Talpeño” y mi hijo, que conoce de tan gran milagro, también acude con regularidad a postrarse a los pies de tan poderosa Señora.
Ir a Talpa, es de un regocijo extraordinario pues desde la llegada al pueblo, ahora ciudad, se siente una armonía espiritual indescriptible, su templo es un refugio de paz y se percibe un efluvio de buenas vibras proveniente de millares de peregrinos de muchas partes del país y del extranjero, que vienen a postrarse en oración ante la imagen de la Virgen María, agradeciendo los favores recibidos o entregando las peticiones personales y familiares. Todo en un ámbito de amor y cansancio del viaje, pues Talpa es un lugarcito hermoso perdido entre las inmediaciones de la Sierra Madre Occidental olorosa a pino, guayabas, sudores del camino y milagros.
A mis treinta y seis años.
En otro “vochito” había realizado un viaje de trabajo a la Ciudad de Guadalajara, Jalisco, este en compañía de mi compadre y amigo José Luis Cárdenas Guerrero, compañero de estudios de bachillerato y que a la postre laborábamos en la Administración Municipal 2003-2005 de Tecomán, Colima.
Regresábamos de ese lugar como a las cuatro de la tarde, por la antigua carretera de dos carriles a la altura del poblado de “Santa Anita” entonces una carretera que aunque peligrosa era de gran belleza, pues se encontraba en medio de una larguísima fila de esbeltos y frondosos eucaliptos que despedían su aroma aumentado por una lluvia pertinaz que nos acompañaba desde la ciudad.
Íbamos a un paso “regular”, es decir, sin ir de prisa pero tampoco al paso. A la altura del poblado, rebasé a un camión materialista al que soné el débil claxon del “vocho” con el fin de que al escucharnos extremara el chofer del camión sus precauciones. No obstante, éste hizo un temerario viraje hacia su izquierda en el momento en que había iniciado ya el rebasamiento. Sólo acerté a exclamar: - Dios mío... ¡Ayúdanos!.
Casi al chocar mi auto de frente con la parte anterior izquierda del camión, yo frené un poco por temor a dar la voltereta, mi compadre se asió de una asidera que estaba colocada en el tablero del auto mientras mi auto se deslizó suavemente en sentido contrario el claxon sonó de nuevo y el camión, milagrosamente reordenaba su dirección para dejarme pasar sin peligro alguno ya libremente.
Ambos guardamos silencio por mucho rato, miré a mi compadre de reojo y lo vi más pálido que nunca, pues de hecho, su color es de un blanco pálido aumentado por la impresión del momento vivido. El, religioso ex seminarista empezó a rezar anteponiendo el amén al líbranos de todo mal, del Padre Nuestro. Yo, por mi parte, solo pensé en el milagro que Dios había hecho en el momento preciso y volviendo a sentir aquella paz sobrenatural que siempre ha acompañado en distintos momentos de mi vida que he pedido o estado en medio de la intervención Divina.
Tardamos más de media hora, de seguro, para recuperar el habla, no paramos hasta llegar a nuestro destino, y desde entonces, jamás ha vuelto mi compadre a acompañarme a ningún viaje, pensando creo, en que el “mala pata” soy yo. Jajajajajajaja.
Con esto termino la narración de cuatro extraordinarios momentos que he vivido, sin contar otros muchos que sería largo enumerar, y algunos que quizás no he percibido, por esto y mucho más, siempre creído en la existencia de Dios. Ese Ser maravilloso que rige los destinos del universo con la maestría absoluta de quien es su creador.
Mario López Barreto.
Enero de 2007.
Los amigos, después de la familia, son para el ser humano lo más importante, creo que son los seres que nos dan la identidad personal, pues son personas que realmente se identifican con uno. De hecho, el haber escrito sobre mis amigos infantiles, me hizo recordar pasajes de mi infancia que creí olvidados, y después de haberlo hecho, siento que los lazos de amistad que tuve para con ellos fueron tan fuertes que aún permanecen en mí.
No menos importante para el hombre, es tener alguna mascota que conviva con él en su vida y que lo haga sentirse responsable y querido. Generalmente, las mascotas son preferidas en la infancia, donde es más necesario ejercer la responsabilidad y compartir el cariño con todos los seres de la naturaleza.
No fui en realidad una persona de muchas mascotas, pues es necesario dar atención a los animales que conviven con nosotros, como decía mi madre: - Ellos comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros.
Iniciaré por platicarles la historia de una perrita que llegó a mi vida cuando tenía yo, diez años de vida.
“La Loba”
Era el año de 1958, cuando llegó a vivir al barrio del Manrique, una señora que se llamaba María, tenía una hija llamada Santos y un hijo llamado José, éste último, tomó trabajo de Sacristán en el templo de La Merced, y su madre y hermana, hacían tortillas de maíz para vender en el mercado y en su propia casa.
Ellas tenían una perrita, de baja estatura, sin ser pequeña, más bien de alzada mediana, esta se cruzó con un perro de gran tamaño y cuando el producto de sus amores llegó al mundo, murió, dejando en la orfandad a cuatro animalitos de los cuales murieron tres y solo quedó una perrita semilanuda, color de canela, con los ojos color miel más hermosos que haya visto, realmente parecidos a los de un lobo por su color y aspecto.
Como las señoras debían atender su puesto de tortillas, era difícil atender a la perrita que no podía deglutir pedazos de tortilla como lo hacía su madre, por lo que yo, me apunté como criador de ese animalito que desde entonces se había ganado ya un pedazo de mi corazón. Así, robando a mamá un poco de leche, y habiendo comprado una tetera en la Farmacia del Pollo, le calentaba la leche, le ponía un poco de azúcar y tibiecita se la daba colocando la tetera a un envase de refresco, de donde con ansiedad sorbía hasta no dejar gota alguna.
Poco a poco, la perrita fue creciendo, y con ella el cariño que mutuamente nos empezamos a prodigar. Había leído yo en esas épocas, en Tesoro de Cuentos Infantiles de Selecciones, una historia donde se describía la vida de los lobos, su mirada y sus costumbres, su fuerza; me apasioné tanto de aquella lectura que el resultado fue bautizar a la perrita con el nombre de “Loba” su aspecto lo merecía.
Pasados dos años, la familia considerada propietaria de la perrita, tuvo que salir fuera de la ciudad, para radicar a otro Estado de la República. Doña Mary, así llamada por mí, me llamó para preguntarme si quería yo a la Loba, pues ellos no podrían llevarla consigo a donde iban.
Yo me sentí temeroso, pero a la vez con mucha ansiedad por la posible negativa de mi madre para aceptar el hecho, pues nuestra situación no era para tener que mantener una “boca más”.
Tuve que rogar mucho tiempo para que mamá aceptara que me quedara yo con la Loba, fue ahí donde me dijo: - los animales comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros, si te haces responsable de ella, quédatela, solo que si no cumples, la regalaré a Don Toño el de la esquina que es amante de los animales.
Realmente agradecí a mi madre su disposición y le prometí cuidarla y hacer lo posible porque ella estuviera limpia.
A partir de entonces, el vínculo que nos unía a la Loba y a mí, se estrechó aún más y lo demostraba festejando con saltos y ladridos hasta mis más leves movimientos. Su lengua rosada, lamía mi mano cuando le daba trozos de tortilla untados de manteca de cerdo requemada o de restos de la comida familiar.
Saltaba de gusto ladrando, cuando veía que tomaba una cuerda y un machete para ir al campo a cortar leña para el consumo de la casa, pues entonces no había para petróleo o las modernas estufas de gas. Ella, mi acompañante, mi fiel amiga, era parte de mí y yo de ella. En el campo, siempre había arroyos caudalosos, charcas y retenes de agua en las ladrilleras donde chapoteaba gustosa para librarse del calor del verano.
De regreso, siempre delante de mí, mientras yo cargaba con el tercio de leña seca, se escabullía entre los arbustos persiguiendo alguna iguana, tezmo, tejón o alguna otra alimaña, que no pocas veces le dejaron un recuerdo en la cara o en el cuerpo que debía yo curar con limón y cal para una pronta recuperación.
Mi Loba creció más rápido que yo, obviamente aprendió a amar a sus semejantes y como consecuencia quedó preñada. Cuando llegó el momento del parto, entró junto a mi cama y con ojos llorosos y gemidos lastimeros, hizo que saliera con ella a su “rincón”, donde me pasé no menos de dos horas esperando la llegada de sus cachorros. Salió el primero, muerto, y ella se revolvía de dolor y trataba de alcanzar el cadáver de su hijito para lamerlo y hacer que volviera a la vida, salió otro, igual y otro hasta que desfallecida no pudo más y quedo rendida cuando salía el último de la camada. Tuve que sacarlo tomando aire extra en mis pulmones y un pedazo de trapo para halar de las patitas que asomaban, solo para darme cuenta que también había muerto ya el animalito.
Con asco y a punto de vomitar, coloqué los animalitos en una vieja caja de galletas y limpié como pude la suciedad que había pues mi querida Loba, yacía gimiendo en el suelo. Cavé un hoyo en el patio, al pié de un canahual, lo más profundo que pude, sepulté a los perritos poniendo sobre la caja unos pedazos de ladrillo y cubriendo el hueco con la tierra sobrante, me fui a descansar casi amanecido, mientras la Loba, quedó junto al hoyo, olisqueando y llorando lastimeramente por el dolor de haber perdido su camada.
Después de ese hecho, la Loba hizo de mí, una especie de ídolo, ella jamás quedo de nuevo preñada, se volvió, dijera mamá: - Machorra. Para mí fue un alivio, pues sabía que cuantas veces hubiera traído perros al mundo, iba a representar un verdadero problema. Nos hicimos más amigos y compartimos muchos, pero en realidad muchos ratos felices. De su parto me quedó el terrible disgusto cuando veo sufrir a un animalito y a mi querida Loba, el deseo de recuperar a sus hijitos enterrados en el lugar donde excavaba con angustia de vez en vez como queriendo sacarlos de su lecho.
Cuando terminé la educación primaria, tuve que hacer mi secundaria en una Escuela Nocturna para Trabajadores, la Secundaria No.2. Después de regresar de mi trabajo a las 5 de la tarde, regresaba a casa, me bañaba y libros al hombro salía hacia mi escuela donde entraba a las seis de la tarde para salir a las diez de la noche. Cuando estaba de regreso, en la puerta esperaba mi Loba, que saltando de gusto iba hasta media cuadra a encontrarme ladrando y olisqueando demostrando más amor que muchos humanos.
Los años se me vinieron encima, llegó el momento de trabajar en forma, dejé la secundaria pues había que ayudar a sostener el hogar que ya contaba con muchos miembros más. Tuve que salir fuera pues toda la familia trabajaba en el CAPFCE, una institución dedicada a la construcción de escuelas en los estados y había que desplazarse a pueblos y rancherías, donde desde luego, no podía llevar a mi perra, encargándosela a mamá que con amor la cuidaba, pues sabía del cariño que nos teníamos.
Los fines de semana que estaba yo en casa, eran su verdadero gusto, salíamos como cuando niño, al campo, a bañarnos al río, ahora yo en bicicleta y ella tras de mí o delante de mí, pues su edad y la competición eran desiguales. Pero de igual forma, nos disfrutábamos uno al otro.
Cuando en la edad se acumulan los años las consecuencias son obvias, llegó la juventud y la edad de la “punzada”, es decir, la edad en que el hombre, iguala los animales, busca la aceptación del sexo opuesto, ese esquema, hizo que mis tiempos con la Loba se fueran haciendo más espaciados y pobres, ya no era niño y mi perra lo entendía, esperaba simplemente echada en algún lugar permitido de la casa a que tuviera el tiempo suficiente de bañarla, de acariñarla y de hacer que saltara para alcanzar un trozo de carne asada o una tortilla untada en manteca que seguía siendo su delicia, lo que disfrutaba plenamente.
Cuando me casé, tuve necesidad de radicar en otra ciudad, vivía en casa pequeña y no pude llevarme a mi Loba, la que quedó al cuidado amoroso de mi madre que ya la amaba igual que yo, mis regresos se espaciaron mucho, pues solo iba cada mes a visitar a mis padres, e igual, mi loba esperaba fiel mi llegada, brincoteando y ladrando del gusto al verme. Ya no era la misma, no en balde habían trascurrido catorce años de que llegara al mundo, quedara huérfana y recibiera el alimento de mis manos de niño. Ahora era una perra anciana pero sin perder su dignidad hacía todo lo posible por desquitar el sustento, cuidaba la casa mientras dormitaba con un ojo, mientras por el otro, semiabierto, mostraba el color canela de su pupila ahora triste.
En 1978, cuando hacía veinte años que había llegado a mi vida, mamá llamó a casa para decirme que mi Loba, mi querida Loba, había amanecido muerta, se fue sin aspavientos, se fue humilde, y para mi sentir, triste por el olvido involuntario al que la sometí. Mamá se encargó de enterrarla en el patio de casa, cerca del lugar donde yacieron sus perritos. Si existe un Cielo para los animalitos, de seguro mi Loba andará por ahí, persiguiendo iguanas, tezmos o tejones, olisqueando bajo las piedras o refrescándose en las celestiales aguas, quizás esperando la visita de su amito, Mario.
“El Zarando”
En la infancia de un niño de familia pobre, los más gustos que puede darse éste, es disfrutar lo poco que posee y esto incluye desde un juguete hasta una mascota.
A lo largo de mi infancia, tuve que combinar el trabajo con el juego que en verdad eran pocos pues desde los doce años inicié ayudando en las labores del campo en la siembra de maíz donde mi padre incursionó y por lo cual aprendimos, mis hermanos y yo, la mayor parte de las actividades relativas, desde el “chaponeo”, el arado de la tierra, la siembra, la escarda, la paleta, el corte de hoja, el amarre, la pizca; entre otros. ¡Ah! pero también aprendimos a disfrutar los elotes tiernitos asados con hoja o “encuerados”, el calabacín cocido con leche, canela y azúcar, las “torecas” una especie de tortillas endulzadas con piloncillo hechas de elote duro y revueltas con natas de leche hervida, El dulce de calabaza sazona hervida con azúcar y miel de abeja acompañada con leche.
Por necesidades propias de las actividades de campo, que realizábamos después de terminar el año escolar, en el mes de junio, mi padre tuvo que comprar tres caballos, bueno en realidad eran jamelgos, flacos y de cierta edad, pero lo suficientemente fuertes para aguantar el duro trabajo de campo. Con ellos se araba, se recogía la cosecha, se acarreaba leña al hogar, se transportaba. Se hacía todo, vivían en el corral de casa y nosotros cuidábamos de ellos, les aseábamos su corral, les dábamos de beber, los cepillábamos y los domingos, días de asueto los montábamos para ir al Río del Salado donde pasábamos unas mañanas fenomenales, y especialmente los caballos y mi querida Loba que retozaba al lado de los caballos llena de contentura.
Cuando mi padre compró los caballos, nos pidió escoger cada uno de los hermanos mayores a uno de ellos, porque iba a ser nuestra responsabilidad cuidarlos. Yo me enamoré de uno de ellos al que llamé “Zarando”, aunque según me dijeron su nombre era “Tova” que no me gustó pues me daba la impresión de ser un nombre femenino, le cambié pues su nombre y le puse así por su forma de caminar medio “rara”. Caminaba, como en forma lateral, no de frente, lo que hacía que tuviera un paso menos golpeador, es decir era cómodo para montar sobre él y los ruidos de sus pisadas eran menos sonoros a diferencia de sus hermanos.
Mis cuidados y mi amor, lo hicieron reponerse rápidamente y fue sorpresiva la forma que tomó ya repuesto, parecía un animal de buena ascendencia. Era un poco más alto que el común, Su orejas enhiestas, de un color rojo fuerte vivo, con una estrella blanca en la frente, tres de sus patas tenían pelo blanco como si tuviera calcetines, su clin abundante así como el pelo de la cola, lo que me causaba problemas pues había una planta que producía una especie de “gusanitos” pegajosos que se le pegaban y me costaba un esfuerzo enorme eliminarlos con el cepillo. Y su paso. Ese paso del que me enamoré, suavecito, finito, cómodo.
Con el tiempo, y una vez terminadas las labores del campo, los animales eran utilizados para acarrear sobre sus lomos sendas cargas de leña, que en aquél entonces era el combustible más común entre la gente humilde, y se vendía entre .00 y .00 por carga, y cuando había poca demanda, nos montábamos sobre ellos para ir al río a jugar carreras, donde mi Zarando era siempre triunfador y sus triunfos los pagaba con pequeños trozos de azúcar de terrón robados a la alacena de mamá o un poco de sal que lamía con su lengua raposa de mi mano degustando plácidamente cualquiera de esos sabores que agradecía con un resoplido o un relincho o abriendo los belfos enseñando los dientes en una pseudo sonrisa bajando y elevando la cabeza como diciendo: - Gracias.
Pasaron dos o tres años después de su compra y una mañana vi a dos hombres extraños platicando con papá que era hombre de pocas palabras y menos explicaciones y los escuché hablando de los caballos. Corrí a donde mi madre y pregunté ansioso que pasaba. Mi madre, conociendo mi cariño y apego a mi noble Zarando, me abrazó llorosa y me dijo:
- Tu padre tiene apuros económicos, debe vender los animales para salir del bache. Fue toda la explicación que recibí, me quedé frío y me saqué de sus brazos para correr pues sabía que nada podía hacer al respecto. - Sabía de qué se trataba, - me dije, mientras de mis ojos escapaban lágrimas de impotencia, de coraje, de tristeza. Todo se conjugaba para terminar con una etapa quizás de las más hermosas de mi vida.
¡Mi querido Zarando!... Se fue a otros lugares, no sé adonde, se fue como llegó, silencioso y triste, de seguro estaría con personas menos amables, halando un arado o cargando leña sobre sus lomos, quizás ya no habría terroncillos de azúcar, ni puñitos de sal, tomados de la mano amorosa de un niño encargado de su cuidado. Ya no habría paseos ni baños en el río, ya no habría más limpieza de gusanillos de “mala mujer” que así llamábamos a la planta que los florecía, ahora quizás, solo habría trabajo y quedaba dentro de mi corazón de niño latente y guardado su recuerdo, como en un relicario.
No quise decir más. Me fui al corral donde había unas enormes higueras, me subí a una rama alta a llorar por el amigo que se fue para no volver más. Estoy seguro que ahora mi querido Zarando me espera en el cielo, donde habré de montarlo libre de las ataduras económicas que hacen que un papá rompa el corazón de un niño.
No he vuelto a tener una mascotas y no me he vuelto a apegar a ningún animalito porque mi corazón no soportaría, creo, la muerte de otra, he permitido que mis hijos tengan alguna, pero he visto que en esta época de encierro, las mascotas sufren más que los humanos y la verdad. ¡No lo considero justo!.
Mario López Barreto
Enero de 2007.
En el mes de diciembre del año de 1957 tenía yo escasos nueve años y como todo niño de esa edad, deseaba contar con un regalito navideño.
Entonces no se le pedía a Santa Claus, ni a los Reyes Magos, se le pedía al Niño Dios, generalmente en una cartita que se colocaba junto al Nacimiento fabricado con “monitos” de barro colocados en un pesebre hecho con materiales obtenidos en el campo y en el río.
Mis padres en esa época, estaban más “amolados” que en otros años, pues acababan de pasar por la muerte del abuelito Isidro, padre de mi padre, quien había padecido una larga enfermedad que lo postró durante tres años en cama, y por mas cuidados de mi abuelita Paulita, su amorosa esposa, no pudo escapar a su llamado a la edad de sesenta y seis años.
La noche del día 24, tuvimos una frugal cena, donde comimos con verdadero placer “sopitos” fritos en manteca acompañados con atole blanco de masa de maíz endulzado con piloncillo negro o “panocha” como se le llama en Colima, mi tierra a este tipo de endulzante.
Por cierto: yo, siempre más glotón que mis hermanos, me daba mis manías para hacer que mamá me diera más de aquel potaje exquisito. Simplemente le decía:
-Mamá, me das más atole?. Me sobró sopito.
Mi madre, me servía más atole, y luego:
-Mamá, me das otro sopito?. Me sobró atole.
Ella me servía otro sopito. Y así, hasta que ya no podía consumir más... Jajajajaja pobre madrecita mía, siempre con una sonrisa de complicidad.
Bueno, regresemos al relato.
Después de cenar, el chiquillerío llevamos nuestra cartita a los pies del pesebre, con la esperanza de al día siguiente, encontrar por lo menos uno de tantos juguetes que sin duda cada uno de nosotros había escrito en una hoja arrancada a nuestro cuaderno “Tigre” comprada en la tiendita de “La Mexicana”.
A otro día, solo encontramos en el lugar donde habíamos colocado nuestra cartita, una bolsa de dulces y cacahuates. Había de todos: colaciones, caramelos de chocolate, barrilitos, gajos de mandarina, mentadas; ¡ah! y galletas, con betún, de animalitos y con malvavisco, que eran mis favoritas.
Bueno, pues recibí con gusto aquel “tambache” de golosinas, pero ¿Y mis regalos?. ¿Que pasó con mis regalos?. - Pregunté a mamá.
Ella como siempre, con la respuesta oportuna respondió:
- En tus manos, hijo. Al Niño no le alcanzó para más y solo trajo dulces pues pesaban mucho en el morral, imagina para tanto niño de Colima.
- Pero además, mira: Dentro de la bolsita de dulces, vienen cosas que no ves, como muchos besos y caricias de tu abuelito, pues el Niño Dios, pudo verlo antes de venir, así que ahí mandó muchos besos, tantos que no cabían y por eso los cerró con ese pabilo tan fuerte que no podías abrir.
La inocencia de un niño no tiene rival... Han pasado muchos años, cincuenta, creo y aún siento en mi paladar el sabor de aquellos dulces cuya deglución duro por lo menos un mes, pues eran atesorados en escondites difíciles de encontrar por los hermanos o primos que a diario merodeaban por los lugares que para ellos eran lógicos de guardar.
Cada Navidad, preguntaba a mi madre... ¿Mamá. Recuerdas los besos del abuelo?. Y ella con lágrimas en los ojos respondía cariñosa. –Sí, mijo. Y yo lo creí de veras.
A mis hijos, Gracias a Dios, nunca les faltó un regalo en las navidades, como a mis nietecitos tampoco les ha hecho falta el propio, pero jamás pude obsequiarles besos guardados en “tambaches” de caramelos atados fuertemente con pabilo. Mejor los doy ”personalmente en persona”.
Feliz Navidad a mis escasos lectores y que el próximo año llegue a ustedes llenos de bendiciones y el amor de Dios.
Mario López Barreto.
Navidad 2006.
¿Dónde quedó el niño aquél
que inocente jugaba con renacuajos,
cazaba lagartijas en el campo, buscando en sus escondrijos
para contar sus líneas multicolores?
¿Dónde quedó su sonrisa
al sentir atrapada entre sus manos
la luz verdosa y flameante
de las luciérnagas enamoradas de las noches estivales?
¿Dónde quedo su libertad
para correr sin rumbo por el monte,
para vivir su vida volando sin rumbo ni medida
siempre en alas de su imaginación?
¿Dónde quedó su encanto
al asomarse a cielo abierto y azul
para contar sus estrellas, planetas, luceros y cometas
y dar un nombre a cada una de ellos?
¡Atrás!... ¡Atrás quedó todo!
Se perdió en el ocaso del tiempo,
y con el ocaso del tiempo, se abrieron sus ojos,
se perdió su inocencia,
su imaginación; y le llegó el olvido.
Ya no recuerda nada,
ni tan siquiera los nombres de sus estrellas,
ya no tiene libertad, ahora vive atado a sus ataduras
pensando que quizás vuelva de nuevo,
la libertad desnuda.
Mario López Barreto.
Octubre de 2006.
“EL MARTIR DEL DESIERTO”
Maestro... ¿Dónde, dónde está el monumento que el pueblo y el gobierno en tu honor han levantado?... ¿Dónde... dónde está el monumento?.
Si fueras coronel y trajeras tu fusil colgado al hombro, te pondrían cien medallas por cada ser humano asesinado... Serías un héroe nacional. Harían tu efigie en mármol, bronce u oro y un escrito que a la letra así dijera: “Salve... Oh mártir, que cubriste con decoro las armas nacionales en todas las trincheras”...
Pondrían tu nombre a calles y parques y jardines, y con toques de trompetas y clarines, harían que fuera el pueblo tu féretro a besar... Y en vez de cirios... Estarían cuatro cadetes del heroico Colegio Militar.
Es risible, maestro, pero es la realidad... Tú, que luchas a diario por los campos, por las sierras, por la veredas y hoyancos, donde fuiste regando con tu sangre los caminos... Donde con paciencia hiciste gente, a tantos campesinos, enseñándoles que entre el lápiz y el abismo, hay una gran distancia, y esa distancia se llama... analfabetismo.
Con tu sudor se construyeron las aulas de tu escuela, con tu sabiduría hiciste de cada niño... ¡un pájaro que vuela!... Con tus sonrisas formaste un jardín lleno de rosas y con tus cantos nacieron, sin querer las mariposas...
Maestro... Tú que libras a diario, batalla tras batalla, sin ruidos de fusiles, sin fuego de metralla... tienes que esperar medio siglo a que pongan en tu escuálida mano, la famosa medalla Altamirano.
Una sola... Maestro, una sola... No mereces más; pues tu espada es de grafito, de gis y de pizarra... Es papel que no chorrea sangre... Es arcilla que no hiere, es arcilla que no mata, es escoria que no sirve en los campos de batalla, es ceniza que se esparce, es ceniza que no marca huellas... Es río que perdió para siempre su cauce.
Tus esfuerzos no sirven, maestro... tus desvelos a nadie le importan, a nadie le interesan... Porque el honor y la gloria solo se ganan en combate... Y tú, no te ensañas con los niños que salen a tu encuentro, no te ríes a carcajadas del dolor que llevan dentro y nunca la espalda les das si te piden, Maestro... tu consejo.
Jamás dañas, jamás hieres, jamás matas... Tu labor no es destruir vidas. Tu misión es hacer hombres que sepan construir sus propias vidas. Cambiar al mundo te pusiste como meta, sin importarte caer en las garras del desprecio de las gentes que solo ven en ti... un mendigo que se arrastra como una marioneta en el trapecio.
Cambiaste estrellas y barras por espinas, dejaste casa, padres, hermanos... por una sola dicha: Hacer del niño un pavoreal de mil colores. Cambiaste lujos, alfombras y cortinas... Por una choza humilde de cartones... Dejaste mesas con platillos y manteles, para irte a pasar hambres con las gentes que sueñan con castillos y oropeles.
¿Y ese sacrificio... en cuenta quién lo toma?... Te humillan cuando pides aumento de salario, se mofan cuando exiges respeto a tus derechos, se burlan y se ríen, te miran con desprecio... Y en cambio, sí... te exigen que cumplas el programa, que rindas pleitesía a aquél que te difama... que aplaudas sus conquistas, sus logros y su fama... que no hables mal de nadie, porque eso... es ser antirrevolucionario.
Si dices la verdad... Cometes sacrilegio. Si exiges lo que es tuyo... Eres un necio. Si expresas lo que sientes... no sirves a la causa. Si tomas la bandera defendiendo al campesino... A la cárcel irás muriendo a pausas... y no habrá organismos ni padrinos que tomen por su cuenta tu defensa.
En cambio... Si ven brillar el sol entre tus manos... Serás el amigo, el compadre del alma... y tendrán la desvergüenza, de tratarte en las calles como hermano.
¡Qué triste Maestro.. qué triste!... Se consume tu cuerpo y te resistes a morir en un lecho cuajado de delicias. Cambias todo por un solo puñado de sonrisas, que vengan a apagar tu dolor si estás enfermo y llevarte grabadas sus caritas... en tu viaje hacia el eterno.
¡Con eso te conformas!... ¡Con eso te consuelas!... y no quieres minutos de silencio, ni zarzuelas de espadas, fusiles o metrallas.... te humillan los honores con todo y sus medallas. Te ofenden las limosnas que te ofrecen como aumentos... Degradan tu sapiencia las miles de reformas... poniendo en duda, Maestro... Tu gran conocimiento.
¡Y tú!... sigues con tu pecho erguido... sin darte cuenta que eres hombre, en una sociedad perdida... Tu barca en vez de ser una reina de los mares... Es canoa de ingratitudes y pesares... Y el campo en que laboras... ¡Un desierto! Donde anidan serpientes ponzoñosas que se arrastran con cautela tenebrosas, esperando que caigas en sus fauces... Y por todas esas cosas... Maestro... ¿Dónde... Dónde está el monumento?.
PROF. LEOBARDO RICARDO PRUDENCIO.
Primer profesor bilingue de la Comunidad Indígena de Zacualpan, Estado de Colima.
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