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La guarida del zorrito

"JURO QUE EN VERDAD ME SUCEDIÓ"

En la edad adulta, he leído algunos relatos de supervivencia de personas que después de haber experimentado una muerte clínica, han vuelto a la vida, o algunos otros relacionados con hechos sobrenaturales. Estos relatos, los he leído con el mayor cuidado y escepticismo pues jamás he deseado ser influido por estas lecturas en mis propias convicciones o experiencias. Quizás sea yo una persona receptiva para este tipo de cosas que voy a relatar de lo que si puedo estar absolutamente seguro es que me han sucedido. Lo juro.

A mis ocho años. Mi primera experiencia “paranormal”:

En el año de 1956, Cuando tenía 8, aproximadamente, fui de visita a la casa de una hermana de mi madre, que vivía junto a su esposo y cuatro de sus hijos en una granja denominada “La Posta del Costeño” a escasos cinco kilómetros de distancia de mi propia casa.

Esa granja, propiedad del Gobierno Federal, se utilizaba y aún en la actualidad como campo de experimentación ganadera y biológica, en aquél entonces se criaba además: ganado porcino, vacuno, avícola y se producía huevo y pollitos que eran vendidos a la población en general para fomentar la creación de granjas familiares para hacer frente a la recesión económica de los años cincuentas.

Había además, chiqueros limpiecitos y algunos tenían pequeñas pozas de cemento que en ciertas épocas, cuando estaban vacíos eran lavadas y llenas de agua limpia y hacían la delicia de mis primos y yo que las utilizábamos como albercas, y me encantaba por esto visitar a mis tíos, más por el afán de ser sociable, por el gusto de disfrutar de más de algún agradable fin de semana aunque hubiera que ayudar en el baño de los cerdos, en el recuento de éstos, en la recolección de huevo o en la carga de polluelos. Además, siempre había pollo en la mesa, preparado de una forma u otra había pollo para mi glotonería y disfrute.

La granja, además, contaba con un pozo profundo que la abastecía de agua que se utilizaba en el riego de los cultivos de forrajes, maíz y sorgo que se utilizaban en la alimentación del ganado y a donde iban a cargar pipas propiedad del Gobierno del Estado para abastecer a las familias de colonias pobres que no contaban, en ese entonces, con agua potable y se les suministraba con este medio.

Era un sábado cualquiera en que llegué a disfrutar desde el viernes anterior de todo un fin de semana que prometía ser hermoso. Nos levantamos tempranito y ayudamos en la limpieza, de los chiqueros para dejarlos limpísimos, luego, en carretillas, llevamos el alimento destapando con cuidado las bolsas de cuadros de distintos colores y tamaños que después servirían para que mamá nos fabricara camisas y calzoncillos con ellas, pues las vendían ya vacías a solo cincuenta centavos cada una.

Aproximadamente a las diez de la mañana, llegó a la casa donde ya esperábamos a mis tíos de su regreso del mercado de la ciudad, para recibir nuestros alimentos, cuando llegó a la puerta un camión cisterna con un chofer nuevo al que le decían “El Cuate”, este chofer desconocía la ubicación del pozo y la forma en que se llenaba la pipa con el agua de este, pues había que cerrar una llave para abrir otra y subirla a la boca de la cisterna ambulante para que se llenara por medio de una gruesa manguera, ceremonia desconocida por el nuevo chofer.

Nos pidió, pues, en ausencia de mi tío Pascual que así se llamaba, lo acompañáramos al pozo y le diéramos las indicaciones correspondientes para llenar su pipa con agua. La emoción fue grande y no montamos en la cabina como correspondía, lo hicimos mi primo Chuy y yo, en la parte trasera, montados sobre una especie de patas de hierro que traía la pipa y que colgaban en la parte trasera del camión, en la parte posterior de la cisterna.

Al llegar al pozo, el camión debía hacer reversa para acomodarse a la toma de agua elevada, por lo que desde nuestra improvisada montura, le gritábamos que echara reversa, con el consabido “viene, viene”. El chofer fue dando reversa, y nosotros no percibimos la cercanía de un árbol de coastecomate por la parte de atrás , así que el Cuate, al oír el “viene, viene”, aceleró presionando mi cabeza sobre la superficie del tronco del árbol, con el correspondiente grito angustioso que escapaba de mi infantil garganta.

Mi vista se nubló, borbotones de sangre tibia escapaba de mi cabeza, mi primo salió disparado a gritarle al chofer sobre lo que pasaba y éste, solo acertó a recogerme y dejarme sobre la graba limpia que había a la orilla del pozo del que percibía tan solo un zumbido. Habiendo atado mi cabeza con su pañuelo, corrió y de paso le dijo a mi Tío Pascual lo que había sucedido poniendo “pies en polvorosa” pensando lo peor.

Mi tío subió a un jeep que era el medio de transporte utilizado en la granja y llegó jadeando hasta mí, que yacía en forma cómoda y sin dolores, solo con una grata semiinconsciencia que me parecía del todo, fuera de lugar.

Sentí cuando me tomó en sus brazos mientras mi tía Trinidad, que lo acompañaba puso una cobija sobre el piso del Jeep y presurosos salieron directo a la ciudad rumbo a la Cruz Roja donde recibí tan solo una limpieza y le ordenaron a mi tío llevarme al Hospital Civil en la calle cerrada de 27 de Septiembre, donde ahora es la Escuela de Artes de la Universidad de Colima, recipiendaria posterior del edificio.

Al llegar al lugar, creo a medio día, mi tío me depositó sobre una loza de granito, entre él y los doctores que me atendieron me desnudaron, dándose cuenta de la gran cantidad de sangre que había perdido ya, mientras que yo, estaba sumido en una especie de “modorra chicha” muy cómoda, por cierto, cuando sentí que uno de los médicos que tomaba mis signos vitales y me incitaba a hablar, a mover los pies o manos decía: - Este niño, se nos va. ¡No hay pulso!. Mientras sentí la entrada de algo en mi brazo cuando una enfermera me canalizaba para poner suero en mis venas. No se el tiempo que pasé ahí, solo escuchaba murmullos y el trick track de la aguja al penetrar mi piel ,cuando suturaban las heridas de mi cabeza, una de veintitrés centímetros en la parte occipital y otra de diez en la parte frontal.

En un momento dado, no sentí más nada. Miré con los ojos del interior, un pasillo de luz, profundo interminable y sentí como me deslizaba suavemente sin dolores, por el contrario en medio de una gran alegría y paz como jamás me había sentido. Hubiera querido permanecer ahí, pero a los tres días desperté en una cama de hospital y la primera cara que vi fue la de mi hermano Rubén que cuidaba de mí en mi momento de más profunda soledad y tristeza, pues llegó a mi mente la experiencia vivida y hasta ese momento di rienda suelta a un llanto intranquilo, mi estómago se revolvió y subía y baja en hipos de angustia.

Después de diez días de hospitalización, regresé a casa, donde platiqué a mamá de lo que había pasado y sentido desde el momento de quedar sobre la graba del pozo hasta despertar en el hospital y con un abrazo se limitó a decirme: - Mijo, esa luz era la Luz de Dios, que aún no te necesitaba allá, Él te da una nueva oportunidad, aprovéchala. Quedé tranquilo con la explicación, pero la paz y tranquilidad vividas en mi experiencia, las he vuelto a sentir en diversas ocasiones, que les cuento en seguida.

A mis veinte años.

Casi para cumplir veinte años, vivía en un pueblo llamado Ixtlahuacán, lugar al que fui a trabajar desde los diecisiete años y permanecí hasta esa edad, ahí se inició mi vida de adulto. Para entonces, solo había cursado hasta segundo año de secundaria y trabajaba en la construcción de la Iglesia de los Santos Reyes, invitado por un gran Sacerdote amigo mío, llamado Juan José Rincón Jiménez, del que posteriormente hablaré.

En el mes de Julio de 1968, después de la dura jornada de trabajo, caminé calles abajo del pueblo con el fin de relajarme y sudar un poco antes de darme un baño. Llegué hasta donde se instalaba una pequeña plaza de toros, que se utilizaba durante la función de las Fiestas Patrias, festividades por demás llenas, de colorido y sabor campirano que me encantaban pues eran pocas las oportunidades de diversión en dicho lugar. Subí al entramado donde se subían las autoridades y me recosté sobre el piso de madera áspera y me quedé profundamente dormido.

Pasada como una media hora, ya casi oscurecido, sentí una mano suave que me presionaba sobre el brazo. No sentí miedo, de nuevo llegó a mí esa paz y tranquilidad sentida en mi niñez y escuche claramente una voz que en mi interior resonaba suave y cadenciosa y que sentí grata a mis sentidos: - Mario. Me susurró la voz. - ¿Podrás quedarte en éste lugar encerrado de por vida o tendrás las agallas para salir y ser alguien en la vida?.

Ahora sí me estremecí, no de miedo desde luego, sino por la verdad que encerraban esas palabras, pues a nadie había comentado que habiendo llegado a la edad de la “punzada”, mi idea era encontrar una damita con la que compartir mi vida y quedarme a vivir en ese paradisíaco lugar. La voz y la sensación se fueron como llegaron y solo sentí el fresco viento rozar mis mejillas y el cuerpo, por lo que me dio por meditar en lo que había escuchado.

La verdad, la decisión fue rápida. Fue mi último trabajo en la construcción, en el mes de septiembre siguiente, iniciaba mis clases de contabilidad en el “Instituto de Comercio y Administración” recién fundado por los Contadores: José Alejandro Contreras Jacobo y Salvador Govea, de donde a los tres años, cuando aún no cumplía veintitrés salí diplomado de Contador Privado iniciando con ello una nueva etapa de mi vida. ¡Todo ello, gracias a una voz!.

A mis veinticinco años.

En el mes de julio de 1972, contraje matrimonio con Silvia, mi esposa. Durante dos años no procreamos hijos por lo que paseamos lo más que pudimos durante ese tiempo, generalmente salíamos en un vochito 1968, a diferentes partes de Jalisco y Michoacán, en forma muy especial a Uruapan y Janitzio lugares que nos cautivaron.

En el mes de noviembre de 1973, regresábamos de Uruapan, Michoacán, siendo como a las siete de la tarde casi a punto de obscurecer, descendíamos poco a poco por la sierra de Mazamitla, lugar hermoso y de agradable clima montañoso y un exquisito aroma a pino y flores silvestres, algo que disfrutábamos plenamente en nuestros primeros años de matrimonio, pues ambos gustábamos de este tipo de paseos.

La penumbra iba poco a poco venciendo la débil luz del sol extendiendo su manto nubloso sobre la carretera Jiquilpan - Manzanillo. Ésta era angosta, de dos carriles y sumamente peligrosa, pues era la principal comunicación del Estado de Colima, con la Ciudad de México y el centro del país en lo general, era mucho el tráfico y al ser mi auto pequeño, y yo, muy precavido al manejar, cuando algún camión de carga me rebasaba en carretera sentía a mi querido vochito moverse hasta hacerme sentir un ladeado peligrosamente hacia el paredón de la montaña.

Casi al terminar la pendiente de un peligroso tramo, sentí que el auto se forzó y empezó a zigzaguear peligrosamente, lo que me hizo “recargarlo” prácticamente sobre el talud de la montaña quedando aún medio auto dentro del manto de negro asfalto, lo que para mi esposa representó un momento de histeria, pues de hecho, sobraban razones tomando en cuenta lo que relato antes.

Yo, con mucha tranquilidad, le mencioné que deberíamos conservar la calma pues solo se trataba de un cambio de llanta pues todo parecía indicar que era una ponchadura lo que corroboré al bajar del auto y verla pegada al hierro del rin. Le señalé la forma en la que podía ayudarme, y la encaminé unos cincuenta metros adelante con una franela roja en sus manos para que hiciera señales a los automovilistas y choferes para evitar un accidente.

Ya colocada ella en un lugar estratégico, regresé dispuesto a realizar la talacha, para lo cual abrí la trompa del vocho para sacar la refacción, más. ¡Oh... sorpresa! Como todo buen principiante debería pagar la novatada, la llanta estaba totalmente vacía de aire, no la había checado desde la compra del auto y estaba a cero, simplemente nada.

Al darse cuenta, la histeria de mi esposa se tornó casi locura, pues los camiones de carga pesada pasaban y nos sacudían con tal fuerza que casi nos arrojaban al piso y mi cerebro luchaba por encontrar la solución. Esta fue que mi esposa fuese en otro auto al poblado más cercano a contratar una “talacha” y regresara para lo cual ya desmontada la llanta estaba en sus manos.
Ahora nos encontrábamos haciendo señales y pidiendo un raid, mientras la noche amenazaba por cerrarse en forma completa, y los altos pinos de la sierra, tomaban formas fantasmales que realmente atemorizaban pues carecíamos, otra vez la novatez, de una linterna que nos hiciera notar en la obscura lejanía y solo los débiles faros de emergencia de auto nos hacían notar. Pasaron los minutos que parecieron horas, sin que nadie osara detenerse, los autos pequeños por temor, los grandes por el peligro que representaba detenerse en la carretera. Así que solo quedaba esperar, mientras el canto de los grillos y el sonido peculiar de otros bichos nocturnos que iniciaban sus rondines nos ponían los pelos de punta.

Mi esposa, se armó de valor y me dijo: - Tendré que caminar un poco hasta encontrar un espacio donde no haya curvas en el camino, ahí de seguro podrán detenerse los autos sin peligro y podré hacer lo que me pides. En esa plática nos encontrábamos, cuando a lo lejos vimos acercarse a una persona en una bicicleta.

Mi corazón aceleró su ritmo, en tanto la persona se acercaba cada vez más, hasta llegar a nosotros, le explicamos lo sucedido y la persona, que era un señor de edad mediana y de rasgos finos, muy serio, sin contestar más que con leves cabeceos nos indicaba que fuese mi esposa a hacer señales a donde antes se encontraba, mientras a mi me indicaba que montara la llanta en el lugar donde debía estar, colocando enseguida los tornillos que ajustaban el rin con la masa, luego, sin saber de donde, sacó una bomba de carga de aire para llanta de bicicleta y mientras yo presionaba la boquilla de la bomba contra la boquilla de la llanta del auto con un paliacate, él empezó un simple bombeo que poco a poco fue introduciendo aire a la llanta, hasta ahora sin explicarme cómo.

En un breve espacio de tiempo, el vocho estaba listo para rodar. Yo quise agradecer al señor que se mostraba un poco mohíno al hablar con algo de dinero, a lo que se negó moviendo la cabeza lateralmente. Me despedí de él y al estrechar su mano sentí una calidez y paz indescriptible, de verdad no la puedo explicar. El se montó de nuevo sobre su bicicleta perdiéndose en la ya penumbra nocturnal, mientras mi esposa y yo, subimos al auto reiniciando la marcha hacia nuestro querido Colima.

Manejaba yo nervioso, por la posibilidad de que el aire no fuera suficiente para llegar hasta Tamazula, que era la población más cercana a donde haría que me revisaran las llantas para continuar sin problemas hacia mi destino. Mi esposa y yo, no cruzamos palabra alguna, el silencio parecía una gota de azogue dispuesta a romperse en mil pedazos. Solo acertábamos a mirarnos uno al otro sin saber que decir.

Llegamos a un taller de “talachas” y el encargado de inmediato cambió la que estaba dañada por una de “medio uso”, pues carecía de llantas nuevas y al desmontar la otra para revisarla, se dio cuenta de que el aire tenía la potencia exacta de presión y estaba en muy buenas condiciones lo que hacía innecesario su cambio, volviéndola a montar asegurando que no había necesidad de más nada.

Fue hasta entonces que rompiendo el silencio, nos dimos cuenta de que habíamos sido ayudados por un ángel, por una entidad enviada por Dios a quienes estando en peligro, confían en Él. Así lo comentamos y quedamos convencidos de ello.

A mis veintiocho años.

En el mes de abril de 1976, estábamos, mi esposa y yo, listos para el nacimiento del segundo de mis hijos, Efraín. Nos encontrábamos nerviosos pues mi primera hija nacida en septiembre de 1974, había nacido por operación cesárea y una doctora amiga nuestra, nos aseguraba que éste podría nacer sin necesidad de esa agresión médica al cuerpo de mi esposa, que ya había sufrido para entonces además, la pérdida de dos bebés, por lo que este en realidad era su cuarto embarazo.

La Semana Santa del mes de abril de ese año, fue sumamente problemática para ella, pues el bebé se había formado en el lecho materno pegado a un hueso de su cadera, lo que “ayudaba” al bebé a apoyarse para moverse dentro del útero golpeando con fuerza los órganos internos de su madre. Acudió a su última revisión el lunes por la mañana, habiendo la doctora descartado el nacimiento antes del fin de semana. Sin embargo, las cosas no fueron así. El sábado a las once de la noche, con puntualidad cronométrica, llegaron los dolores de parto anunciando la llegada del primer hijo varón, que aún no sabíamos que lo fuera.

De inmediato acudimos a la “Clínica del Sagrado Corazón” que era el único hospital privado que en ese entonces había en Tecomán, nuestro lugar de residencia, mi esposa fue ingresada y de inmediato se inició la búsqueda de la doctora que debía entenderse del parto, pues siendo de noche, en día inhábil y en fin de Semana Santa, era remoto encontrarla y más sin las comunicaciones con las que se cuenta actualmente.

Hasta las tres de la mañana se encontró a la doctora, aunque antes se había iniciado el probable trabajo de parto de mi esposa, con otro médico que no estaba al tanto de la historia clínica de ella. El doctor que actuaba, en realidad tiene la especialidad de pediatría y se veía temeroso de actuar en el área de ginecología, de hecho, no había médicos especialistas en aquella época en nuestra ciudad y los que realizaban operaciones quirúrgicas se trasladaban de las ciudades de Manzanillo o Colima. para cualquier intervención.

Fue así que la doctora llegó, aunque un poco “desvelada” por la alegría de las vacaciones que aún no terminaban y junto con el doctor que era propietario del nosocomio, luchaban porque mi esposa hiciera el trabajo en forma “normal” siendo ayudados por una enfermera cuñada del médico en tan ardua tarea.

A las cinco de la madrugada, ambos se dieron cuenta de que mi esposa, por más lucha, no podría dar a luz en forma natural, por lo que debería ser intervenida en una nueva operación cesárea. Pero había dos opciones: una era trasladarla a la ciudad de Colima, lo que por su debilitamiento físico y cansancio después de varias horas de esfuerzo, era muy riesgoso. La otra, era llamar a un cirujano y a un anestesista disponibles para que vinieran de otra ciudad, y fuera en Tecomán donde se realizara la intervención quirúrgica. Se me llamó para tomar opinión a lo que acepté la segunda opción.

Pedí hablar con mi esposa, habiendo sido autorizado, me coloqué una bata e ingrese en la sala de expulsión donde se encontraba, sentí un verdadero escalofrío pues había sangre en abundancia y la cabecita de mi pequeño hijo se encontraba visible en el canal de parto, mi esposa, desfallecida solo pudo decirme: - Mario, me siento mal. A lo que, aterrorizado, solo acerté a responder:: -Aguanta, todo saldrá bien, te lo aseguro.

Puedo asegurar que lo que sigue es verda:, en el sanatorio, no había oxígeno, no había médicos especialistas y solo había voluntad de parte de los médicos y la enfermera que asistían a mi esposa y de mi parte la seguridad y convicción interna de que todo saldría bien. A las cinco y media de la mañana, después de que el médico asistente fue al teléfono para localizar a los médicos disponibles y después de que oré al oído de mi esposa pidiéndole que tuviera fe, me dirigí a la habitación que le había sido asignada desde su llegada. Me senté al borde de la cama, cerré mis ojos y con un gran fervor y una fe infinita, pedí algo así:

“Madre mía de Talpa. Jamás he visitado tu templo y mi abuelita y mi madre siempre me han hablado de tus prodigios y milagros. Yo, desde lo más profundo de mi corazón, te llamo y te ruego, que muestres mi súplica ante Dios para que todo esto que estoy pasando sea un mal sueño, has que mi esposa y mi hijo se salven, pero si por alguna razón se necesita allá a alguien, que mi esposa se quede, señora mía, pues mi otra hija la necesita, Madre, si todo sale bien, entraré de rodillas con mi hijo en brazos hasta tus pies y seré uno de tus más fervientes devotos”. Después de esta breve comunicación, sentí cómo alguien se sentaba a mi lado en la misma cama, la percepción fue tan clara, que el colchón se ladeó hacia mi lado derecho mientras un hermoso olor a rosas, un bendito olor que jamás había percibido, llegó a mi sentidos dejando tras de sí una maravillosa paz y tranquilidad, para esto ya sentida antes.

Antes de las siete de la mañana y en menos de quince minutos, llegaron oxígeno, médico y anestesiólogo a resolver el problema del nacimiento de mi hijo Efraín, llamado así en honor a quien iba a ser su padrino de bautismo muerto en un accidente un mes antes. Fue tal la rapidez del caso, que mi hijo sufrió un corte en la espalda, dejado por el bisturí que penetró en las carnes de mi esposa con la urgencia del caso, dejando una marca indeleble de por vida en el cuerpo de mi hijo, como para recordar para siempre, que su venida fue gracias a la intervención de Maria ante Dios.

Luego de cumplir mi hijo, tres meses de edad, en satisfacción de mi promesa, de rodillas y abrazando a mi pequeño hijo junto a mi corazón, lo ofrecía a Dios y a Maria Virgen, poniendo en sus manos su vida, seguridad y felicidad. Desde entonces, soy “Talpeño” y mi hijo, que conoce de tan gran milagro, también acude con regularidad a postrarse a los pies de tan poderosa Señora.

Ir a Talpa, es de un regocijo extraordinario pues desde la llegada al pueblo, ahora ciudad, se siente una armonía espiritual indescriptible, su templo es un refugio de paz y se percibe un efluvio de buenas vibras proveniente de millares de peregrinos de muchas partes del país y del extranjero, que vienen a postrarse en oración ante la imagen de la Virgen María, agradeciendo los favores recibidos o entregando las peticiones personales y familiares. Todo en un ámbito de amor y cansancio del viaje, pues Talpa es un lugarcito hermoso perdido entre las inmediaciones de la Sierra Madre Occidental olorosa a pino, guayabas, sudores del camino y milagros.

A mis treinta y seis años.

En otro “vochito” había realizado un viaje de trabajo a la Ciudad de Guadalajara, Jalisco, este en compañía de mi compadre y amigo José Luis Cárdenas Guerrero, compañero de estudios de bachillerato y que a la postre laborábamos en la Administración Municipal 2003-2005 de Tecomán, Colima.

Regresábamos de ese lugar como a las cuatro de la tarde, por la antigua carretera de dos carriles a la altura del poblado de “Santa Anita” entonces una carretera que aunque peligrosa era de gran belleza, pues se encontraba en medio de una larguísima fila de esbeltos y frondosos eucaliptos que despedían su aroma aumentado por una lluvia pertinaz que nos acompañaba desde la ciudad.

Íbamos a un paso “regular”, es decir, sin ir de prisa pero tampoco al paso. A la altura del poblado, rebasé a un camión materialista al que soné el débil claxon del “vocho” con el fin de que al escucharnos extremara el chofer del camión sus precauciones. No obstante, éste hizo un temerario viraje hacia su izquierda en el momento en que había iniciado ya el rebasamiento. Sólo acerté a exclamar: - Dios mío... ¡Ayúdanos!.

Casi al chocar mi auto de frente con la parte anterior izquierda del camión, yo frené un poco por temor a dar la voltereta, mi compadre se asió de una asidera que estaba colocada en el tablero del auto mientras mi auto se deslizó suavemente en sentido contrario el claxon sonó de nuevo y el camión, milagrosamente reordenaba su dirección para dejarme pasar sin peligro alguno ya libremente.

Ambos guardamos silencio por mucho rato, miré a mi compadre de reojo y lo vi más pálido que nunca, pues de hecho, su color es de un blanco pálido aumentado por la impresión del momento vivido. El, religioso ex seminarista empezó a rezar anteponiendo el amén al líbranos de todo mal, del Padre Nuestro. Yo, por mi parte, solo pensé en el milagro que Dios había hecho en el momento preciso y volviendo a sentir aquella paz sobrenatural que siempre ha acompañado en distintos momentos de mi vida que he pedido o estado en medio de la intervención Divina.

Tardamos más de media hora, de seguro, para recuperar el habla, no paramos hasta llegar a nuestro destino, y desde entonces, jamás ha vuelto mi compadre a acompañarme a ningún viaje, pensando creo, en que el “mala pata” soy yo. Jajajajajajaja.

Con esto termino la narración de cuatro extraordinarios momentos que he vivido, sin contar otros muchos que sería largo enumerar, y algunos que quizás no he percibido, por esto y mucho más, siempre creído en la existencia de Dios. Ese Ser maravilloso que rige los destinos del universo con la maestría absoluta de quien es su creador.

Mario López Barreto.
Enero de 2007.

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MIS MASCOTAS INFANTILES

Los amigos, después de la familia, son para el ser humano lo más importante, creo que son los seres que nos dan la identidad personal, pues son personas que realmente se identifican con uno. De hecho, el haber escrito sobre mis amigos infantiles, me hizo recordar pasajes de mi infancia que creí olvidados, y después de haberlo hecho, siento que los lazos de amistad que tuve para con ellos fueron tan fuertes que aún permanecen en mí.

No menos importante para el hombre, es tener alguna mascota que conviva con él en su vida y que lo haga sentirse responsable y querido. Generalmente, las mascotas son preferidas en la infancia, donde es más necesario ejercer la responsabilidad y compartir el cariño con todos los seres de la naturaleza.

No fui en realidad una persona de muchas mascotas, pues es necesario dar atención a los animales que conviven con nosotros, como decía mi madre: - Ellos comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros.

Iniciaré por platicarles la historia de una perrita que llegó a mi vida cuando tenía yo, diez años de vida.

“La Loba”

Era el año de 1958, cuando llegó a vivir al barrio del Manrique, una señora que se llamaba María, tenía una hija llamada Santos y un hijo llamado José, éste último, tomó trabajo de Sacristán en el templo de La Merced, y su madre y hermana, hacían tortillas de maíz para vender en el mercado y en su propia casa.

Ellas tenían una perrita, de baja estatura, sin ser pequeña, más bien de alzada mediana, esta se cruzó con un perro de gran tamaño y cuando el producto de sus amores llegó al mundo, murió, dejando en la orfandad a cuatro animalitos de los cuales murieron tres y solo quedó una perrita semilanuda, color de canela, con los ojos color miel más hermosos que haya visto, realmente parecidos a los de un lobo por su color y aspecto.

Como las señoras debían atender su puesto de tortillas, era difícil atender a la perrita que no podía deglutir pedazos de tortilla como lo hacía su madre, por lo que yo, me apunté como criador de ese animalito que desde entonces se había ganado ya un pedazo de mi corazón. Así, robando a mamá un poco de leche, y habiendo comprado una tetera en la Farmacia del Pollo, le calentaba la leche, le ponía un poco de azúcar y tibiecita se la daba colocando la tetera a un envase de refresco, de donde con ansiedad sorbía hasta no dejar gota alguna.

Poco a poco, la perrita fue creciendo, y con ella el cariño que mutuamente nos empezamos a prodigar. Había leído yo en esas épocas, en Tesoro de Cuentos Infantiles de Selecciones, una historia donde se describía la vida de los lobos, su mirada y sus costumbres, su fuerza; me apasioné tanto de aquella lectura que el resultado fue bautizar a la perrita con el nombre de “Loba” su aspecto lo merecía.

Pasados dos años, la familia considerada propietaria de la perrita, tuvo que salir fuera de la ciudad, para radicar a otro Estado de la República. Doña Mary, así llamada por mí, me llamó para preguntarme si quería yo a la Loba, pues ellos no podrían llevarla consigo a donde iban.

Yo me sentí temeroso, pero a la vez con mucha ansiedad por la posible negativa de mi madre para aceptar el hecho, pues nuestra situación no era para tener que mantener una “boca más”.

Tuve que rogar mucho tiempo para que mamá aceptara que me quedara yo con la Loba, fue ahí donde me dijo: - los animales comen, se enferman, necesitan estar limpios como nosotros, si te haces responsable de ella, quédatela, solo que si no cumples, la regalaré a Don Toño el de la esquina que es amante de los animales.

Realmente agradecí a mi madre su disposición y le prometí cuidarla y hacer lo posible porque ella estuviera limpia.

A partir de entonces, el vínculo que nos unía a la Loba y a mí, se estrechó aún más y lo demostraba festejando con saltos y ladridos hasta mis más leves movimientos. Su lengua rosada, lamía mi mano cuando le daba trozos de tortilla untados de manteca de cerdo requemada o de restos de la comida familiar.

Saltaba de gusto ladrando, cuando veía que tomaba una cuerda y un machete para ir al campo a cortar leña para el consumo de la casa, pues entonces no había para petróleo o las modernas estufas de gas. Ella, mi acompañante, mi fiel amiga, era parte de mí y yo de ella. En el campo, siempre había arroyos caudalosos, charcas y retenes de agua en las ladrilleras donde chapoteaba gustosa para librarse del calor del verano.

De regreso, siempre delante de mí, mientras yo cargaba con el tercio de leña seca, se escabullía entre los arbustos persiguiendo alguna iguana, tezmo, tejón o alguna otra alimaña, que no pocas veces le dejaron un recuerdo en la cara o en el cuerpo que debía yo curar con limón y cal para una pronta recuperación.

Mi Loba creció más rápido que yo, obviamente aprendió a amar a sus semejantes y como consecuencia quedó preñada. Cuando llegó el momento del parto, entró junto a mi cama y con ojos llorosos y gemidos lastimeros, hizo que saliera con ella a su “rincón”, donde me pasé no menos de dos horas esperando la llegada de sus cachorros. Salió el primero, muerto, y ella se revolvía de dolor y trataba de alcanzar el cadáver de su hijito para lamerlo y hacer que volviera a la vida, salió otro, igual y otro hasta que desfallecida no pudo más y quedo rendida cuando salía el último de la camada. Tuve que sacarlo tomando aire extra en mis pulmones y un pedazo de trapo para halar de las patitas que asomaban, solo para darme cuenta que también había muerto ya el animalito.

Con asco y a punto de vomitar, coloqué los animalitos en una vieja caja de galletas y limpié como pude la suciedad que había pues mi querida Loba, yacía gimiendo en el suelo. Cavé un hoyo en el patio, al pié de un canahual, lo más profundo que pude, sepulté a los perritos poniendo sobre la caja unos pedazos de ladrillo y cubriendo el hueco con la tierra sobrante, me fui a descansar casi amanecido, mientras la Loba, quedó junto al hoyo, olisqueando y llorando lastimeramente por el dolor de haber perdido su camada.

Después de ese hecho, la Loba hizo de mí, una especie de ídolo, ella jamás quedo de nuevo preñada, se volvió, dijera mamá: - Machorra. Para mí fue un alivio, pues sabía que cuantas veces hubiera traído perros al mundo, iba a representar un verdadero problema. Nos hicimos más amigos y compartimos muchos, pero en realidad muchos ratos felices. De su parto me quedó el terrible disgusto cuando veo sufrir a un animalito y a mi querida Loba, el deseo de recuperar a sus hijitos enterrados en el lugar donde excavaba con angustia de vez en vez como queriendo sacarlos de su lecho.

Cuando terminé la educación primaria, tuve que hacer mi secundaria en una Escuela Nocturna para Trabajadores, la Secundaria No.2. Después de regresar de mi trabajo a las 5 de la tarde, regresaba a casa, me bañaba y libros al hombro salía hacia mi escuela donde entraba a las seis de la tarde para salir a las diez de la noche. Cuando estaba de regreso, en la puerta esperaba mi Loba, que saltando de gusto iba hasta media cuadra a encontrarme ladrando y olisqueando demostrando más amor que muchos humanos.

Los años se me vinieron encima, llegó el momento de trabajar en forma, dejé la secundaria pues había que ayudar a sostener el hogar que ya contaba con muchos miembros más. Tuve que salir fuera pues toda la familia trabajaba en el CAPFCE, una institución dedicada a la construcción de escuelas en los estados y había que desplazarse a pueblos y rancherías, donde desde luego, no podía llevar a mi perra, encargándosela a mamá que con amor la cuidaba, pues sabía del cariño que nos teníamos.

Los fines de semana que estaba yo en casa, eran su verdadero gusto, salíamos como cuando niño, al campo, a bañarnos al río, ahora yo en bicicleta y ella tras de mí o delante de mí, pues su edad y la competición eran desiguales. Pero de igual forma, nos disfrutábamos uno al otro.

Cuando en la edad se acumulan los años las consecuencias son obvias, llegó la juventud y la edad de la “punzada”, es decir, la edad en que el hombre, iguala los animales, busca la aceptación del sexo opuesto, ese esquema, hizo que mis tiempos con la Loba se fueran haciendo más espaciados y pobres, ya no era niño y mi perra lo entendía, esperaba simplemente echada en algún lugar permitido de la casa a que tuviera el tiempo suficiente de bañarla, de acariñarla y de hacer que saltara para alcanzar un trozo de carne asada o una tortilla untada en manteca que seguía siendo su delicia, lo que disfrutaba plenamente.

Cuando me casé, tuve necesidad de radicar en otra ciudad, vivía en casa pequeña y no pude llevarme a mi Loba, la que quedó al cuidado amoroso de mi madre que ya la amaba igual que yo, mis regresos se espaciaron mucho, pues solo iba cada mes a visitar a mis padres, e igual, mi loba esperaba fiel mi llegada, brincoteando y ladrando del gusto al verme. Ya no era la misma, no en balde habían trascurrido catorce años de que llegara al mundo, quedara huérfana y recibiera el alimento de mis manos de niño. Ahora era una perra anciana pero sin perder su dignidad hacía todo lo posible por desquitar el sustento, cuidaba la casa mientras dormitaba con un ojo, mientras por el otro, semiabierto, mostraba el color canela de su pupila ahora triste.
En 1978, cuando hacía veinte años que había llegado a mi vida, mamá llamó a casa para decirme que mi Loba, mi querida Loba, había amanecido muerta, se fue sin aspavientos, se fue humilde, y para mi sentir, triste por el olvido involuntario al que la sometí. Mamá se encargó de enterrarla en el patio de casa, cerca del lugar donde yacieron sus perritos. Si existe un Cielo para los animalitos, de seguro mi Loba andará por ahí, persiguiendo iguanas, tezmos o tejones, olisqueando bajo las piedras o refrescándose en las celestiales aguas, quizás esperando la visita de su amito, Mario.


“El Zarando”

En la infancia de un niño de familia pobre, los más gustos que puede darse éste, es disfrutar lo poco que posee y esto incluye desde un juguete hasta una mascota.

A lo largo de mi infancia, tuve que combinar el trabajo con el juego que en verdad eran pocos pues desde los doce años inicié ayudando en las labores del campo en la siembra de maíz donde mi padre incursionó y por lo cual aprendimos, mis hermanos y yo, la mayor parte de las actividades relativas, desde el “chaponeo”, el arado de la tierra, la siembra, la escarda, la paleta, el corte de hoja, el amarre, la pizca; entre otros. ¡Ah! pero también aprendimos a disfrutar los elotes tiernitos asados con hoja o “encuerados”, el calabacín cocido con leche, canela y azúcar, las “torecas” una especie de tortillas endulzadas con piloncillo hechas de elote duro y revueltas con natas de leche hervida, El dulce de calabaza sazona hervida con azúcar y miel de abeja acompañada con leche.

Por necesidades propias de las actividades de campo, que realizábamos después de terminar el año escolar, en el mes de junio, mi padre tuvo que comprar tres caballos, bueno en realidad eran jamelgos, flacos y de cierta edad, pero lo suficientemente fuertes para aguantar el duro trabajo de campo. Con ellos se araba, se recogía la cosecha, se acarreaba leña al hogar, se transportaba. Se hacía todo, vivían en el corral de casa y nosotros cuidábamos de ellos, les aseábamos su corral, les dábamos de beber, los cepillábamos y los domingos, días de asueto los montábamos para ir al Río del Salado donde pasábamos unas mañanas fenomenales, y especialmente los caballos y mi querida Loba que retozaba al lado de los caballos llena de contentura.

Cuando mi padre compró los caballos, nos pidió escoger cada uno de los hermanos mayores a uno de ellos, porque iba a ser nuestra responsabilidad cuidarlos. Yo me enamoré de uno de ellos al que llamé “Zarando”, aunque según me dijeron su nombre era “Tova” que no me gustó pues me daba la impresión de ser un nombre femenino, le cambié pues su nombre y le puse así por su forma de caminar medio “rara”. Caminaba, como en forma lateral, no de frente, lo que hacía que tuviera un paso menos golpeador, es decir era cómodo para montar sobre él y los ruidos de sus pisadas eran menos sonoros a diferencia de sus hermanos.

Mis cuidados y mi amor, lo hicieron reponerse rápidamente y fue sorpresiva la forma que tomó ya repuesto, parecía un animal de buena ascendencia. Era un poco más alto que el común, Su orejas enhiestas, de un color rojo fuerte vivo, con una estrella blanca en la frente, tres de sus patas tenían pelo blanco como si tuviera calcetines, su clin abundante así como el pelo de la cola, lo que me causaba problemas pues había una planta que producía una especie de “gusanitos” pegajosos que se le pegaban y me costaba un esfuerzo enorme eliminarlos con el cepillo. Y su paso. Ese paso del que me enamoré, suavecito, finito, cómodo.

Con el tiempo, y una vez terminadas las labores del campo, los animales eran utilizados para acarrear sobre sus lomos sendas cargas de leña, que en aquél entonces era el combustible más común entre la gente humilde, y se vendía entre $10.00 y $15.00 por carga, y cuando había poca demanda, nos montábamos sobre ellos para ir al río a jugar carreras, donde mi Zarando era siempre triunfador y sus triunfos los pagaba con pequeños trozos de azúcar de terrón robados a la alacena de mamá o un poco de sal que lamía con su lengua raposa de mi mano degustando plácidamente cualquiera de esos sabores que agradecía con un resoplido o un relincho o abriendo los belfos enseñando los dientes en una pseudo sonrisa bajando y elevando la cabeza como diciendo: - Gracias.

Pasaron dos o tres años después de su compra y una mañana vi a dos hombres extraños platicando con papá que era hombre de pocas palabras y menos explicaciones y los escuché hablando de los caballos. Corrí a donde mi madre y pregunté ansioso que pasaba. Mi madre, conociendo mi cariño y apego a mi noble Zarando, me abrazó llorosa y me dijo:

- Tu padre tiene apuros económicos, debe vender los animales para salir del bache. Fue toda la explicación que recibí, me quedé frío y me saqué de sus brazos para correr pues sabía que nada podía hacer al respecto. - Sabía de qué se trataba, - me dije, mientras de mis ojos escapaban lágrimas de impotencia, de coraje, de tristeza. Todo se conjugaba para terminar con una etapa quizás de las más hermosas de mi vida.

¡Mi querido Zarando!... Se fue a otros lugares, no sé adonde, se fue como llegó, silencioso y triste, de seguro estaría con personas menos amables, halando un arado o cargando leña sobre sus lomos, quizás ya no habría terroncillos de azúcar, ni puñitos de sal, tomados de la mano amorosa de un niño encargado de su cuidado. Ya no habría paseos ni baños en el río, ya no habría más limpieza de gusanillos de “mala mujer” que así llamábamos a la planta que los florecía, ahora quizás, solo habría trabajo y quedaba dentro de mi corazón de niño latente y guardado su recuerdo, como en un relicario.

No quise decir más. Me fui al corral donde había unas enormes higueras, me subí a una rama alta a llorar por el amigo que se fue para no volver más. Estoy seguro que ahora mi querido Zarando me espera en el cielo, donde habré de montarlo libre de las ataduras económicas que hacen que un papá rompa el corazón de un niño.

No he vuelto a tener una mascotas y no me he vuelto a apegar a ningún animalito porque mi corazón no soportaría, creo, la muerte de otra, he permitido que mis hijos tengan alguna, pero he visto que en esta época de encierro, las mascotas sufren más que los humanos y la verdad. ¡No lo considero justo!.

Mario López Barreto
Enero de 2007.

UN RELATO NAVIDEÑO DE MI INFANCIA.

En el mes de diciembre del año de 1957 tenía yo escasos nueve años y como todo niño de esa edad, deseaba contar con un regalito navideño.

Entonces no se le pedía a Santa Claus, ni a los Reyes Magos, se le pedía al Niño Dios, generalmente en una cartita que se colocaba junto al Nacimiento fabricado con “monitos” de barro colocados en un pesebre hecho con materiales obtenidos en el campo y en el río.

Mis padres en esa época, estaban más “amolados” que en otros años, pues acababan de pasar por la muerte del abuelito Isidro, padre de mi padre, quien había padecido una larga enfermedad que lo postró durante tres años en cama, y por mas cuidados de mi abuelita Paulita, su amorosa esposa, no pudo escapar a su llamado a la edad de sesenta y seis años.

La noche del día 24, tuvimos una frugal cena, donde comimos con verdadero placer “sopitos” fritos en manteca acompañados con atole blanco de masa de maíz endulzado con piloncillo negro o “panocha” como se le llama en Colima, mi tierra a este tipo de endulzante.

Por cierto: yo, siempre más glotón que mis hermanos, me daba mis manías para hacer que mamá me diera más de aquel potaje exquisito. Simplemente le decía:

-Mamá, me das más atole?. Me sobró sopito.

Mi madre, me servía más atole, y luego:

-Mamá, me das otro sopito?. Me sobró atole.

Ella me servía otro sopito. Y así, hasta que ya no podía consumir más... Jajajajaja pobre madrecita mía, siempre con una sonrisa de complicidad.

Bueno, regresemos al relato.

Después de cenar, el chiquillerío llevamos nuestra cartita a los pies del pesebre, con la esperanza de al día siguiente, encontrar por lo menos uno de tantos juguetes que sin duda cada uno de nosotros había escrito en una hoja arrancada a nuestro cuaderno “Tigre” comprada en la tiendita de “La Mexicana”.

A otro día, solo encontramos en el lugar donde habíamos colocado nuestra cartita, una bolsa de dulces y cacahuates. Había de todos: colaciones, caramelos de chocolate, barrilitos, gajos de mandarina, mentadas; ¡ah! y galletas, con betún, de animalitos y con malvavisco, que eran mis favoritas.
Bueno, pues recibí con gusto aquel “tambache” de golosinas, pero ¿Y mis regalos?. ¿Que pasó con mis regalos?. - Pregunté a mamá.

Ella como siempre, con la respuesta oportuna respondió:

- En tus manos, hijo. Al Niño no le alcanzó para más y solo trajo dulces pues pesaban mucho en el morral, imagina para tanto niño de Colima.

- Pero además, mira: Dentro de la bolsita de dulces, vienen cosas que no ves, como muchos besos y caricias de tu abuelito, pues el Niño Dios, pudo verlo antes de venir, así que ahí mandó muchos besos, tantos que no cabían y por eso los cerró con ese pabilo tan fuerte que no podías abrir.

La inocencia de un niño no tiene rival... Han pasado muchos años, cincuenta, creo y aún siento en mi paladar el sabor de aquellos dulces cuya deglución duro por lo menos un mes, pues eran atesorados en escondites difíciles de encontrar por los hermanos o primos que a diario merodeaban por los lugares que para ellos eran lógicos de guardar.

Cada Navidad, preguntaba a mi madre... ¿Mamá. Recuerdas los besos del abuelo?. Y ella con lágrimas en los ojos respondía cariñosa. –Sí, mijo. Y yo lo creí de veras.

A mis hijos, Gracias a Dios, nunca les faltó un regalo en las navidades, como a mis nietecitos tampoco les ha hecho falta el propio, pero jamás pude obsequiarles besos guardados en “tambaches” de caramelos atados fuertemente con pabilo. Mejor los doy ”personalmente en persona”.

Feliz Navidad a mis escasos lectores y que el próximo año llegue a ustedes llenos de bendiciones y el amor de Dios.

Mario López Barreto.
Navidad 2006.


LA LIBERTAD DESNUDA

¿Dónde quedó el niño aquél
que inocente jugaba con renacuajos,
cazaba lagartijas en el campo, buscando en sus escondrijos
para contar sus líneas multicolores?

¿Dónde quedó su sonrisa
al sentir atrapada entre sus manos
la luz verdosa y flameante
de las luciérnagas enamoradas de las noches estivales?

¿Dónde quedo su libertad
para correr sin rumbo por el monte,
para vivir su vida volando sin rumbo ni medida
siempre en alas de su imaginación?

¿Dónde quedó su encanto
al asomarse a cielo abierto y azul
para contar sus estrellas, planetas, luceros y cometas
y dar un nombre a cada una de ellos?

¡Atrás!... ¡Atrás quedó todo!
Se perdió en el ocaso del tiempo,
y con el ocaso del tiempo, se abrieron sus ojos,
se perdió su inocencia,
su imaginación; y le llegó el olvido.

Ya no recuerda nada,
ni tan siquiera los nombres de sus estrellas,
ya no tiene libertad, ahora vive atado a sus ataduras
pensando que quizás vuelva de nuevo,
la libertad desnuda.


Mario López Barreto.
Octubre de 2006.

EN EL DIA DEL MAESTRO...

“EL MARTIR DEL DESIERTO”

Maestro... ¿Dónde, dónde está el monumento que el pueblo y el gobierno en tu honor han levantado?... ¿Dónde... dónde está el monumento?.

Si fueras coronel y trajeras tu fusil colgado al hombro, te pondrían cien medallas por cada ser humano asesinado... Serías un héroe nacional. Harían tu efigie en mármol, bronce u oro y un escrito que a la letra así dijera: “Salve... Oh mártir, que cubriste con decoro las armas nacionales en todas las trincheras”...

Pondrían tu nombre a calles y parques y jardines, y con toques de trompetas y clarines, harían que fuera el pueblo tu féretro a besar... Y en vez de cirios... Estarían cuatro cadetes del heroico Colegio Militar.

Es risible, maestro, pero es la realidad... Tú, que luchas a diario por los campos, por las sierras, por la veredas y hoyancos, donde fuiste regando con tu sangre los caminos... Donde con paciencia hiciste gente, a tantos campesinos, enseñándoles que entre el lápiz y el abismo, hay una gran distancia, y esa distancia se llama... analfabetismo.

Con tu sudor se construyeron las aulas de tu escuela, con tu sabiduría hiciste de cada niño... ¡un pájaro que vuela!... Con tus sonrisas formaste un jardín lleno de rosas y con tus cantos nacieron, sin querer las mariposas...

Maestro... Tú que libras a diario, batalla tras batalla, sin ruidos de fusiles, sin fuego de metralla... tienes que esperar medio siglo a que pongan en tu escuálida mano, la famosa medalla Altamirano.

Una sola... Maestro, una sola... No mereces más; pues tu espada es de grafito, de gis y de pizarra... Es papel que no chorrea sangre... Es arcilla que no hiere, es arcilla que no mata, es escoria que no sirve en los campos de batalla, es ceniza que se esparce, es ceniza que no marca huellas... Es río que perdió para siempre su cauce.

Tus esfuerzos no sirven, maestro... tus desvelos a nadie le importan, a nadie le interesan... Porque el honor y la gloria solo se ganan en combate... Y tú, no te ensañas con los niños que salen a tu encuentro, no te ríes a carcajadas del dolor que llevan dentro y nunca la espalda les das si te piden, Maestro... tu consejo.

Jamás dañas, jamás hieres, jamás matas... Tu labor no es destruir vidas. Tu misión es hacer hombres que sepan construir sus propias vidas. Cambiar al mundo te pusiste como meta, sin importarte caer en las garras del desprecio de las gentes que solo ven en ti... un mendigo que se arrastra como una marioneta en el trapecio.

Cambiaste estrellas y barras por espinas, dejaste casa, padres, hermanos... por una sola dicha: Hacer del niño un pavoreal de mil colores. Cambiaste lujos, alfombras y cortinas... Por una choza humilde de cartones... Dejaste mesas con platillos y manteles, para irte a pasar hambres con las gentes que sueñan con castillos y oropeles.

¿Y ese sacrificio... en cuenta quién lo toma?... Te humillan cuando pides aumento de salario, se mofan cuando exiges respeto a tus derechos, se burlan y se ríen, te miran con desprecio... Y en cambio, sí... te exigen que cumplas el programa, que rindas pleitesía a aquél que te difama... que aplaudas sus conquistas, sus logros y su fama... que no hables mal de nadie, porque eso... es ser antirrevolucionario.

Si dices la verdad... Cometes sacrilegio. Si exiges lo que es tuyo... Eres un necio. Si expresas lo que sientes... no sirves a la causa. Si tomas la bandera defendiendo al campesino... A la cárcel irás muriendo a pausas... y no habrá organismos ni padrinos que tomen por su cuenta tu defensa.

En cambio... Si ven brillar el sol entre tus manos... Serás el amigo, el compadre del alma... y tendrán la desvergüenza, de tratarte en las calles como hermano.

¡Qué triste Maestro.. qué triste!... Se consume tu cuerpo y te resistes a morir en un lecho cuajado de delicias. Cambias todo por un solo puñado de sonrisas, que vengan a apagar tu dolor si estás enfermo y llevarte grabadas sus caritas... en tu viaje hacia el eterno.

¡Con eso te conformas!... ¡Con eso te consuelas!... y no quieres minutos de silencio, ni zarzuelas de espadas, fusiles o metrallas.... te humillan los honores con todo y sus medallas. Te ofenden las limosnas que te ofrecen como aumentos... Degradan tu sapiencia las miles de reformas... poniendo en duda, Maestro... Tu gran conocimiento.

¡Y tú!... sigues con tu pecho erguido... sin darte cuenta que eres hombre, en una sociedad perdida... Tu barca en vez de ser una reina de los mares... Es canoa de ingratitudes y pesares... Y el campo en que laboras... ¡Un desierto! Donde anidan serpientes ponzoñosas que se arrastran con cautela tenebrosas, esperando que caigas en sus fauces... Y por todas esas cosas... Maestro... ¿Dónde... Dónde está el monumento?.

PROF. LEOBARDO RICARDO PRUDENCIO.
Primer profesor bilingue de la Comunidad Indígena de Zacualpan, Estado de Colima.


Mi niñez (1)

Ser pobre, no es sinónimo de infelicidad, creo que la felicidad total no existe, la felicidad la concibo, en lo personal, como una cadena de momentos felices, gratos, satisfactorios, plenos de realización, que hacen de la vida algo invaluable o algo digno de vivirse a plenitud.

Con esa filosofía en mente y heredada de mi madre, transcurrió mi vida infantil, llena de momentos dulces y emotivos que hicieron que mi cadena de felicidad fuera grandiosa y digna de ser contada, también hubo momentos tristes, presionantes, pero que no mermaron la trascendencia de mi propio concepto de felicidad.

En mi mente no existen recuerdos muy claros antes de los siete años, más allá es penumbra y solo pequeños destellos de momentos vividos al lado de una numerosa familia, de padres firmes y trabajadores, que odiaban la mentira y la medrosidad, con una acendrada creencia en la fe católica, y valores familiares muy sui generis mismos que heredé y conservo como parte íntima de mi ser.

Quinto de los nueve hermanos vivos, y en el centro de los varones, no sufrí el síndrome del hermano de en medio, me crié en una familia donde los grandes cuidaban de los pequeños en una sucesión de responsabilidades que actualmente no se vive, un valor familiar y humano perdido en gran parte a causa del modernismo que no se alimenta principalmente de valores familiares.

Puedo decir que fui retraído, introvertido con difícil posibilidad de hacer muchos amigos y generalmente me conducía mejor con personas adultas de las que aprendí mucho, muchísimo, pero de cualquier forma, los pocos amigos que tuve fueron en verdad grandes amigos, grandísimos amigos de mi edad, de los que entre algunos aún perdura la amistad hoy en día.

Voy a iniciar contando las peripecias de mis grandes amigos de la niñez (solo cuatro), pues de mi familia ya hablé y esto es cosa personal.

El Güero.

Así le decíamos a Gabriel Reynaga Mendoza, era una especie de hermano postizo, que llegó a casa a causa de la enfermedad de su madre, se llamaba Constanza, la señora, y creo su enfermedad era la Tuberculosis, enfermedad que la tenía postrada en cama en una casa cercana a la nuestra, y mi Santa Madre, dulce y generosa como pocas, le dio entrada a casa y se encargaba de alimentar tanto al Güero como a Doña Constanza, gracias al poco dinero que el esposo de ésta le daba eventualmente para la subsistencia de ambos, pues él vivía con otra señora en un poblado llamado Madrid, en el estado de Colima.

Cuando llegó a casa, tenía creo yo, unos ocho años, rubio hasta la palidez, delgado, con una sonrisa a flor de labios y su carita triste, demasiado triste diría yo, pero que cambió con el tiempo, pues una vez muerta su madre, permaneció en casa hasta los doce años, y de nuevo mi madre le dio el amor no obtenido de la suya ni de su padre. A mi madre la siguió frecuentando especialmente en los días festivos relevantes y ella lo recibía siempre con el amor de madre que la caracterizó siempre.

Las correrías que vivimos juntos fueron múltiples y variadas, desde las pintas escolares para fugarnos a las huertas de mangos en los meses de abril y mayo donde por un veinte, entrábamos a comer mangos hasta el hartazgo, no nos importaba, que después de esas comilonas nos llegara “el torzón” que generalmente nos era combatido con una buena purga o una lavativa de “hojas de amor” o planta de la “sinvergüenza”, pues antes se curaba todo con purgas o lavativas y en casos extremos con un sobre de “Calmolina” comprado en la Farmacia de “El Pollo” (Que aún existe) o en la famosa “Farmacia de la Sangre de Cristo” propiedad del señor Juan Cárdenas.

Otra de las travesuras, era escaparse al “Arroyo del Manrique” a pescar “doradillas” y “chopas”, o a cazar lagartijas, iguanas, ranas y todo tipo de bichos que se pudieran cazar a mano o con resortera en las orillas de ese riachuelo, donde en tiempos de “aguas”, se formaban estanques donde gozábamos nadando y refrescándonos del calor provocado por el sol ardiente de las épocas de lluvias, ahora tristemente, el Arroyo del Manrique es solo un escurridero de aguas negras pestilentes y putrefactas ante el conocimiento y consentimiento de las autoridades que poco hacen para preservas estos pulmones citadinos que en mucho disminuirían los problemas ecológicos y climáticos de Colima..

Nuestra vida en común, no solo fue fiesta, mamá no lo hubiera permitido jamás, también había responsabilidades, mismas que describo: Tener leña seca suficiente para que mamá pudiera cocer los alimentos sin recurrir al petróleo, ¿gas?, ni pensarlo, ¡para qué! Si existía combustible barato y a la mano; además, las labores escolares a las que por lo menos debíamos dedicar una hora al día y ayudar en el aseo de la casa, que era de esas casonas con corral y trascorral donde descansaban los burros, caballos y había un sinnúmero de árboles frutales como limoneros, guanábanos, guayabos, zapote prieto y papayas criollas, las que comíamos verdes o “pintitas” con sal, limón y chile, lamiendo el juguito del brazo con todo y mugrita, lo que nos hacía inmunes a todo tipo de “chorrillos”, pues es sabido que: “de limpios y tragones, están llenos los panteones”.

Este gran amigo, fue inseparable hasta los doce años, pues una vez concluida la instrucción primaria, Félix, que así se llamaba su papá, lo reclamó para llevarlo a trabajar al campo, a la usanza de antes, el papá decía “ya está güevudito, que trabaje el cabrón” y se fue, a sembrar arroz y maíz, allá se hizo hombre sin olvidar que en Colima tenía el amor de madre y hermanos, aún cuando fueran “postizos”.

Siguió visitando nuestro hogar que consideraba propio hasta los 18 años, espaciándose cada vez más sus visitas, pues el trabajo era duro y las comunicaciones malas, allá en Madrid, Colima,. creció mi amigo Gabriel, se hizo joven, finalmente a escasos 20 años y ya hecho hombre, perdió la vida en una riña por una mujer en el poblado de Rincón de López, fue en un baile, casi, casi como la leyenda hecha corrido de “Rosita Alvírez”. De él solo recuerdo además de lo descrito, su sonrisa franca y agradecida y su canción favorita que desafinados cantábamos juntos:

Mi gusto es. Y quien me lo quitará
Solamente Dios del Cielo me lo quita, mi gusto es.
Aunque me den de balazos,
Tope en eso, tope en eso que al cabo mi gusto es.....

Pero chaparrita, yo te he de seguir amando, mi gusto es.
Pero jovencita, yo te he de seguir los pasos, a donde estés,
Aunque me den balazos...
Tope en eso... Tope en eso, que al cabo mi gusto es.

Mi madre sintió su homicidio como si hubiera sido el de un hijo verdadero y hasta su muerte, nunca le faltó la oración o su candela el día de los Fieles Difuntos, y todos nosotros, en familia, recordaremos siempre a ese joven que fue desgraciado con los suyos, pero que encontró el amor en una familia como la nuestra y cuyo recuerdo perdura hasta hoy en nuestros días.


El “Pillo”

Hijo de doña Sara y don Porfirio, de quien heredó el nombre. Siendo este de oficio panadero, en su casa abundaba el pan, mismo que compartían con toda la chiquillada del barrio, así que éramos asiduos visitantes de esa casa pues la verdad a toda la familia de don Porfirio, ya no les entraba el pan ni a mentadas, pero el pobre hombre, desvelado y todo, siempre cargaba su “ración” para la familia, que prefería las tortillas hechas “a mano” por la esposa que le daba duro al metate para llenar tantas barrigas como hijos tenía.

Entrar a la casa del Pillo (diminutivo de Porfirio) era oler el pan recién hecho, y la alegre convivencia de una familia unida y generosa, a más no poder. Pero no todo era miel sobre hojuelas, porque también había algo de agresividad natural en Pillo, que lo hacía rijoso y ofensivo, especialmente con personas de su edad o más pequeñas.

Nuestra relación amistosa, iba desde el trabajo y obligación cotidiana como los famosos tercios de leña, el quelite para los cerdos y gallinas del corral, hasta las “pintas” al “Río del Salado” distante a unos diez kilómetros de Colima donde se hacías magníficas pozas o “tanques” naturales y se podía uno bañar, a gusto y en cueros, echarse clavados desde lo alto de unas rocas o un “Capire” de donde tomó el nombre, el tanque más famoso del Río Salado y donde pasamos incontables momentos de alegría, solaz y esparcimiento, que hilvanados con los pasados en familia o con otros amigos, hicieron de mi vida, una vida sin problemas.

Pues el Pillo, era bueno para los clavados, el nado de mariposa y las carreras, apostábamos generalmente, a ver quien se desnudaba y llegaba primero a lo alto del capire, desde donde se aventaba como avioncito y juntando sus manos poco antes de tocar el agua, marometa que era aplaudida por todos, especialmente porque siempre llegaba primero, pues nunca usaba calzoncillo bajo el pantalón y se entretenía menos al desnudarse, ya que la mayoría usaba calzoncillo de manta con cintas y ¡vaya problema!, especialmente cuando se hacía un nudo ciego con las cintas al desbaratarse la rosita de las mismas.

Las idas al Río Salado, eran generalmente a pié, en bicicleta, o en raid que nos daban los pocos agricultores que poseían camionetas pick up o de redilas que acudían a sus predios y de paso nos “tiraban” en nuestro lugar favorito, el regreso era de igual forma y no nos importaban las “pelas” de nuestros padres, pues al irnos sin permiso eran seguras al regreso.
De este amigo, recuerdo su “encaje” conmigo, nunca supe la razón por la que yo era agredido física o verbalmente por él, quizá fue por la facilidad de aprendizaje que siempre tuve frente a él en cuestiones escolares o en el catecismo en el templo de la Merced, al que pertenecíamos y donde estudiamos juntos para prepararnos a hacer la “Primera comunión”. El caso es, que en su familia, eran sobreprotegidos por una mamá amorosa pero consentidora en grado sumo.

En cierta ocasión, en que se construía el puente sobre el Arroyo del Manrique, por la calle Hidalgo que era nuestra calle y nuestro barrio, ya se había colocado la plataforma de concreto aún sin barandal, sobre una serie de arcos bajo los cuales corría el caudal del arroyuelo, nos encontramos, y justo al pasar junto a él, me empujó como si me fuera a tirar al arroyo, yo me asusté muchísimo, pues aunque no había altura como para morir de la caída, por cierto de una quebradura de hueso o cabeza no me hubiera escapado.

Bien, pues reaccioné justo antes de caer y le dijo; -¿Qué te traes cabrón?. Rijoso como siempre, me dice: ---¡Lo que quieras guey!.

¿De donde me salió el coraje para enfrentar a un gorila 20 centímetros más alto que yo y mejor alimentado?. No se, pero me prendí y dándole un patadón en los puros huérfanitos, cayo doblado del dolor y me fui sobre él que ya poco pudo hacer para defenderse y llorando fue corriendo con el “chisme” a doña Sara.

Yo me quedé justo junto al puente en construcción aplaudido por los albañiles y peones que trabajaban a esas horas. Uta, me sentí grandioso, pero poco duró el gusto, pues vi venir a doña Sara, directo a mi casa, donde fue recibida por mi madre que la escuchó atentamente y muy solemne (política diría yo), le respondió a doña Sara, mientras yo entraba a casa como perro apaleado a meterme al último rincón.

-Mira Sara. Yo he visto infinidad de veces, como tu hijo agrede de muchas formas al mío y nunca he ido a decirte nada... ¿o, si?. –No, contestó ella. -¿Y sabes, porqué no? Dijo mamá. –No, respondió ella. –Pues bien, dijo mamá. –No lo hago, porque los niños, son niños. A veces están enojados entre ellos y las más están contentos. ¿Tiene caso que nos peleemos entre nosotras por cosas de chiquillos?.

Nuevamente la increpó. –Mira, el enojo o el pleito entre mayores, perdura, generalmente para toda la vida, mientras que a ellos, los verás siempre juntos. Así que ellos felices y nosotras enojadas, ¿cómo ves?. -No pues sí, contesta ella. Agregó mamá, -Te propongo una cosa: Cada una de nosotras le pone su chinga a nuestros hijos, pa que aprendan a respetarse, y verás mañana como todo vuelve a la normalidad.

Así quedaron las vecinas y yo por mi parte, que escuché la conversación, ya sentía el cuero crudío en mis escasas nalgas, esperando los "cuerazos" de mamá. Pero no, ella me abrazó, y me dijo... Mijo, no le recomiendo que no ande de peleonero, porque otra no se la perdono, aunque pensándolo bien, el Pillo ese, ya se merecía una tunda, pero, no lo vuelva a hacer, ¿si mijo?. Ante mis ojos, mi madre creció como el monumento más alto de Colima, que era el Rey Colimán, recién estrenado en ese entonces. Y tal como lo dijo mi madre, al día siguiente que era sábado, día de paseo, ya íbamos caminando rumbo al Salado, en bola, sin el menor recuerdo de mi patadita en sus huérfanitos, ahora pienso, que doña Sara, tampoco se chingó a su hijo, pues era consentidora pero no taruga.

El Homobono.

Era el nombre de un gran amigo, llegado creo, de Cihuatlán, Jalisco, a mi barrio. Fuimos juntos a la misma escuela, del primero al tercer año, teníamos entre 9 y 10 años de edad, casi siempre llegaba a su casa por él para irnos juntos a clases, pues nuestra escuela distaba unos 2,000 metros de nuestro barrio y nos daba tiempo para platicar nuestras cosas y enderezar entuertos.

Él era bajito, de piel blanca casi escuálida, delgado, con el pelo “grifo” y rebelde, que solo se aplacaba después de exprimir sobre de el, el jugo de dos limones; tímido a más no poder y con unos ojos, que de verlos casi se suelta el llanto, grandes y tristes, con la tristeza de un niño huérfano.

Vivía con una tía, señora que trabajaba en una oficina, limpia, y con una pulcritud en su persona y en su casa, que daba miedo pisar por temor a un resbalón. ¿Por qué recuerdo a éste amigo de la infancia?, en realidad por nada en especial de él, pero por lo sucedido en casa de su tía que fue algo que me impactó y que me sigue impactando aún.

Sucede, que en uno de esos días, que lo esperaba a que terminara de comer para irnos a la escuela, en la sala de su casa, estaba una señora anciana que espera, creo yo, a su tía. Me senté junto a ella en un sofá y empezamos a platicar de cosas intrascendentes, hasta que me preguntó que qué me gustaría ser de grande.

Por esas fechas, alentado o inducido por mi abuela paterna, muy dada a las cosas religiosas, se me había metido en la cabeza “ser cura”. Sí, en Colima, allá por los años cincuenta, había un Obispo Dn. Ignacio de Alba y Hernández, cuyo objetivo era meter obreros a la mies, es decir, meter al seminario la mayor cantidad de niños en cumpliendo los doce años, edad en que se terminaba la instrucción primaria.

Muchos adolescentes deslumbrados por los fascinantes rituales católicos, fueron ingresados al seminario (obsesión del obispo) sin el cuidado de descubrir su verdadera vocación, cosa que trajo a la postre graves consecuencias para la Iglesia, pues muchos de los curas sin vocación, ya ordenados y en activo, colgaron la sotana para convertirse en padres de familia o amargados solterones que van por la vida, los más, con muchos temores y resabios. Bueno, pero eso no es lo que cuenta en este caso, sino mis ideas infantiles sobre tal situación, ya me veía yo, en un púlpito o con un micrófono en la mano arengando sobre el pecado y la salvación eterna.

Esta señora, no recuerdo su nombre, me dijo: -Oye. ¿Quieres saber de veras lo que vas a ser de grande?. Espantado le pregunté: -¿Es usted bruja?. –No, ¡qué va! Dijo riéndose con una risita que me hizo entrar en confianza, y le dije: -¿Y, cómo será eso?. –Bueno, contestó ella: -Haber. Préstame tu mano derecha y dime tu fecha de nacimiento, lo cual hice de inmediato. Temblando casi, le pasé mi mano derecha que observó cuidadosamente abriéndola con fuerza, pues mis nervios hacían que la empuñara con fuerza.

-Mmmmmm dijo. Hay cosas grandes en esta manita, haber, haber.... Mira tu línea de vida marca que vas a durar muchos años, ¡bueno muchos más que otros!, aclaró, tampoco vas a ser eterno. ¿Qué se ve por acá? Dijo... -Vas a ser licenciado. Yo brinqué y le dije con la inocencia de mis nueve o diez años... ¡No!, yo seré cura. –Já, rió ella, qué más quisiera yo que fueras un soldado de Cristo, pero no tú vas a ser licenciado. Yo me dije para mis adentros –Pinche vieja loca.... (Ya me daba por leperear ), y ella a su vez dijo... –Sé lo que estás pensando, pero te repito que quisiera equivocarme, pero aquí está marcado claramente tu destino.

Luego ya entrada, me dice: -Te vas a casar joven y tendrás cuatro hijos, veo que vivirás en una casa bonita con auto y todo eso que hoy no tienes, (¿se imaginan? en la pobreza extrema en que vivía yo en ese entonces ya hubiera querido para zapatos o una bicicleta). ¡Bueno!... Está mejor lo de la casa y el auto, -me dije de nuevo.

¡Ah! Otra cosa, dijo: -Veo que serás una persona que le gustará ayudar, serás líder pero no hacia fuera, sino solo como alguien que va por la vida con rumbo y plan, mucha gente mayor que tú, simpatizará contigo, y veo mucha fortaleza y lealtad en tu vida. Finalmente, porque ya Homobono nos apuraba, me dijo que siempre recordara lo que me había dicho, y que si las cosas salían así, le rezara un Padre Nuestro pues con seguridad ella ya habría muerto.

Muy callado, cosa que asombró a mi amigo que siempre me decía que parecía perico de tanto que hablaba, camine junto a él hasta la escuela, mi gloriosa escuela “Benito Juárez”, allá por los terrenos del Parque Hidalgo, de la cual en su momento escribiré mis recuerdos de pupilo.

Homobono, desapareció de mi vida, pues regresó a su natal Cihuatlán y lo encontré muy posteriormente ya casado y con hijos, él fue quien me reconoció, pues yo no hubiera podido hacerlo, media casi dos metros, era un hombre fortachón, blanco, con grandes entradas en el pelo y sus ojos tristes, con la tristeza de un niño huérfano, algo platicamos y nos despedimos, de esto hace como veinte años, jamás lo he vuelto a ver.

Finalmente, creo que se han cumplido todas las predicciones de la doña, pues me casé joven, tengo casa propia y auto, esposa, hijos y nietos, estudié una licenciatura en contaduría pública y me gusta ayudar mucho a las personas, pero no la ayuda económica que se cree, sino la ayuda verbal que muchos necesitan, soy orientador escolar y me fascina dar clases, mis mejores amigos ya de joven y adulto, fueron personas grandes con las que me ha unido una gran y sincera amistad, me resta la vida larga, aunque hoy ya tengo casi sesenta y eso ya es una larga vida, ¿no lo creen así?.

El “Chaparro”

Su nombre era Cuitláhuac. Tercer hijo de un profesor de primaria que tuvo a bien bautizarlos con el nombre de puros emperadores aztecas: Netzhualcoyotl, Cuauhtémoc, Huitzilihuitl, Cuitláhuac y Xochitl la única mujer que en realidad parecía una princesa azteca, todos con las mismas facciones y altos entre 180 y 1.90 metros, bueno, menos mi amigo el chaparro, que le decían así porque medía tan solo 1.75, es decir, era el más chaparro de los hermanos, delgado, moreno, nariz respingona y listo para los catorrazos y para el trabajo pues desde pequeño se desenvolvió en la venta de billetes de lotería, actividad que aún desempeña con la alegría de quien sabe que vende un sueño, algunas veces, las más, irrealizable, pero al fin el sueño de muchos mexicanos: Sacarse la lotería para salir de la jodidez en que vivimos.

El Chaparro vivía a la vuelta de la esquina de mi casa, nos criamos en la bola como bien decía él mismo, aunque nuestra amistad inició cuando yo cursaba el cuarto año de primaria. Él era dos años mayor que yo, pero él había perdido en sus andanzas dos años seguidos y por esa razón lo alcancé en el cuarto grado.

Como ya dije antes, para ese tiempo, yo era demasiado introvertido, con una timidez fuera de lo común, al haber sufrido un accidente que no permitía mi desarrollo pleno ni físico ni mental, era yo objeto de abuso y burlas de mis compañeros y varios “amigos” por tener una voz aflautada que causaba la risa de mi grupo. Él, era todo lo contrario de mí, extrovertido, bien desarrollado, valemadrista, camorrista pero con una lealtad hacia mí y a sus amigos a toda prueba.

Siempre salía en mi defensa, nunca jamás me humilló ni fui objeto de sus burlas o chascarrillos, muy al contrario siempre estaba al pendiente de los abusadores a quienes decía: -¿Que pasó, cabrón?. Lo que quieras con él, conmigo. Cosa que en su ausencia, aumentaba las burlas hacia mi persona, pues más de alguno me llegó a decir con sarcasmo: -¿Dónde dejaste a tu pilmamo?. Más de cinco ocasiones, llegó a liarse a golpes con algún compañero por lo que yo consideraba mi culpa, pero él, hábil en los golpes, jamás salió perdiendo en ninguna pelea.

Cierta ocasión, a la hora del recreo, un compañero que vivía por nuestro rumbo me golpeó a la mala, cosa que él vio de lejos y solo me miró fijamente como diciéndome que yo debería defenderme solo. Ya en el salón, después del receso, empezó a darme un sermón que hasta la fecha aún recuerdo como si fuera hoy y me dijo:

-Mario, tú sabes que te quiero mucho como amigo, pero no siempre voy a estar cerca para echarme un pleito por ti, tienes que aprender a defenderte solito, pues cuando tú respondes a una agresión, el que te agrede: o se detiene o te golpea, en el peor de los casos, pero difícilmente morirás por ello. Hoy te vas a dar unos putazos con ese buey, yo estaré a tu lado pero no meteré para nada las manos, si te madrean, lo único que haré, será llevarte “a manchis” a tu casa a que tu madre te ponga otra chinga, pues ya la conoces. Así que no me falles.

Bueno, la sangre se me fue a los pies, entré en pánico, me dolió el estómago, tenía ganas de morir, sudaba frío y bueno no sé que desajustes psíquicos llegaron a mi cuerpo y a mi mente, que obnubilaban mi mente, pero poco a poco fue llegando una resignación difícil de describir, es más casi, casi, la paz.

A la salida de clases, regresamos por la hoy Avenida 20 de Noviembre, a la altura del Arroyo del Manrique, donde había una pequeña explanada, que hoy es una colonia habitacional, llena de árboles frutales como: mangos, huamúchiles, palmas de coyul, higueras, guanábanos, entre otros, íbamos en bolitas, pero ya cerca de la explanada, el Chaparro, me dio un empujón para que golpeara al compañero agresor, lo que causó la furia de éste y volviéndose hacia mi, me dice: -¿Qué traes, pendejo? –Lo que quieras, respondo yo, como el gallo flaco en el palenque que parece que sabe (si es que sabe) que tiene que pelear para no dejar en mal a su dueño, eso, aunque lleve las de perder.

Total, que me acordé del consejo del chaparro (el que pone el primer chingadazo, pone el último y gana la pelea), nada, pues que me dejo ir sobre él y el primer chingadazo fue el mío y fue sobre su ojo derecho, luego caímos enlazados golpeándonos fuerte donde caía el puño.

Resultó tal como lo predijo el Chaparro, el que da el primer golpe, da el último y gana la pelea. Salvador, que era el nombre de mi compañero buscabullas, jamás volvió a molestarme y a la postre se convirtió en mi amigo, pero de él no hablo más.

Corrieron los años y egresamos de la Escuela Benito Juárez, mi amigo se dedicó desde entonces a seguir vendiendo billetes de lotería y cuando se enfadaba de tal actividad, se acercaba a mi padre y hermanos para pedir “chamba” en la obra, actividad familiar de nosotros, seguimos siendo verdaderos y enormes amigos, combinando los descansos y paseos al Río Salado, con el trabajo y por mi parte con el estudio, pues me inscribieron en el Colegio “Manuel C. Silva”, aconsejado por el Padre Emilio Santana González, cura de mi querido templo de La Merced, en ese entonces, con el fin de que me orientara hacia el sacerdocio, cosa que al poco tiempo descubrí, no era mi vocación, por más que mi abuelita Paulita, el cura y mi madre (no mucho), se decepcionaran. Colgué los hábitos antes de medírmelos.

A los 13 años cumplidos, hubo un problema de salud muy fuerte en uno de mis hermanos y mi padre, ni tardo ni perezoso, como antes se acostumbraba, me llevó a con él a aprender el oficio de albañil, oficio que a los 16 años realizaba correctamente para orgullo de él y de mi madre, pues en casa, el que sabía trabajar llevaba ingresos para sacar adelante la familia y era un problema menos: -No me das, no me quites, decía mamá con su acostumbrada lógica.

Ahí andaba el Chaparro mi gran amigo, los sábados por la noche era obligado ir de pesca al río Salado, que abundaba en especies comestibles: guabinas, chopas (especie de mojarras de agua dulce, lisas, chacalaes (hoy llamados langostinos), burritas, bagres y un pescado exquisito hoy extinto llamado chigüilín, exquisito y de carne blanquísima como si fuera un robalo o algo así.

A los 16 años, yo me fui a trabajar a un pueblo cercano llamado Ixtlahuacán, y nos separamos temporalmente, pues cada cual tenía ya su propio camino juvenil, él ya tenía novia y me juró (cosa que cumplió), que sería padrino del primero de sus hijos, desde entonces, nos decimos compadres... ¡Mucho por mi compadre, amigo y hermano El Chaparro! Que me enseñó a defenderme y a aprender que de vez en cuando, hay que someter al orden a quines se alejan de el aunque sea a chingadazos.

Ya nacidos sus hijos, emigró a los Estados Unidos, donde vivió alrededor de veinte años, sufrió mucho por allá, pues no siempre se cuenta con familia y amistades que hagan el paro para acomodarse, y regresó, como textualmente él me dice “en pelotas”, pues me confirmó lo que siempre he sabido: “Como México, no hay dos”.

Desafortunadamente, perdió a su esposa a causa de un mal no cuidado (diabetes mellitus), parece que ella, no era muy dada a observar las indicaciones médicas y poco a poco fue disminuyendo su salud hasta su muerte. Ahora, vive vendiendo billetes de lotería aunque ya poco, pues en cierta ocasión, se quedó con unos cachitos y le pegó al gordo, ganó unos milloncitos y vive en la tranquilidad y la paz que pocos logran, pues ha vivido a su gusto y a su manera y es bien sabido que “lleva una vida feliz y sana, quien hace lo que le da su rechingada gana”.


Ramona.

Fue mi primer amiga. Contaba con siete años cuando llegó al barrio del “Manrique”, mi barrio. En la esquina noreste de las calles de Hidalgo y Lerdo de tejada, había una vieja casona de adobe y teja, con altos techos y portones de madera pesada propiedad de los hermanos Antonio y Adela Rodríguez, solterones que venían de alguna parte del vecino estado de Jalisco de origen campesino y agradable trato.

Él, era un señor moreno, bajito, seco de cara y carácter sin ser antipático, cuyo pasatiempo favorito, era sentarse los sábados por la tarde y domingos por la mañana en la esquina de su casa con otros señores de su edad (cincuenta años calculo), de los que recuerdo: “Los Gallos”: Teófilo y Evaristo hermanos ambos, Juan López, mi tío, Don Manuel García y otros que escapan a mi memoria. Su gusto era deleitarse viendo pasar a las muchachas que caminaban rumbo a la iglesia, al mercado, al jardín o a las tiendas aledañas, ya que su casa dista solo unas cuadras del centro de la ciudad. Ambos tenían siempre a la mano un jarro de café con alcohol que era rellenado de vez en vez por la señorita Adela, su hermana.

Ella, bajita también, trabajó por muchos años como profesora federal en la escuela Tipo República Argentina, era de caminar presuroso y lo que más nos llamaba la atención en ella era su peinado: su pelo chino entrecano, era recogido hacia atrás para dejar a la vista su rostro limpio de facciones indígenas, ojos pequeños pero con un brillo especial, labios gruesos y una sonrisa a flor de piel con unos dientes blanquísimos; su peinado terminaba en dos alcatraces con las puntas hacia abajo, sin adornos pero firmes como si nunca durmiera sobre ellos, era algo espectacular como nunca he visto.

En su casa, había por lo menos una docena de perros: el Hitler, el Musolini, el fierabrás, el oso, el güevón, y tantos que ni recuerdo, ¡ah! Y la perra proveedora de los dichos animales que era nada menos que la Ninoska. Era cómico estar ahí cuando la señorita Adela alimentaba a la jauría, se oían gritos de don Toño como: ¡Hítler, no le muerdas los guevos a Musolini!... ¡Fierabrás, si no te tragas la comida te la meto por el culo!. ¡No muerdas a la Ninoska, fierabrás” y otros más floridos, mientras que Adelita mascullaba mortificada ... –Ay Toño, no les hables así, pobres animalitos... ¡Trátalos con cariño!.

Con tanto perro, era lógico ver garrapatas por doquier si tomamos en cuenta que eran los años cincuentas cuando no había forma de combatir tanta alimaña como. Piojos, pulgas, garrapatas, chinches, ratas; entre otras criaturas de la época, estas últimas, debido a que en esa casa no había gatos, pues es conocido que los perros y los gatos no se llevan, así que unos u otros,se veían caminar sobre las paredes como si fueran hilos de esquilines u hormigas, la recomendación de mi madre era: no se metan a la casa de la señorita Adela, porque se van a llenar de pulgas. Pero la señorita Adela y sus “tacos paseados” que eran simples tortillas con frijoles refritos con manteca llevados y traídos al campo y dorados en las brazas (entonces no había gas) y que nos ofrecía con mucha delicadeza y gusto, causaban tal fascinación en nosotros que no nos importaba tener que bañarnos con agua de “canagual” para sacarnos a tan indeseables huéspedes.


A esa casa y venida de no se donde, llegó Ramona, ahora calculo que tendría entre diez y doce años, debe haber sido familiar de los hermanos Rodríguez, pues se les parecía en las facciones y el carácter pero, a ello debo agregar una mirada melancólica a más no poder, triste siempre por la reciente pérdida de su madre; sus brazos delgadísimos estaban cubiertos de una especie de pelusilla, tenía su piel una palidez transparente pero esa dulce, dulcísima y triste mirada que me enternecía.

Mi relación de amistad con ella empezó debido a que en mis vacaciones escolares nos alquilábamos con Don Toño o con otros agricultores de la época, para ser “Almorcero” (Un niño o joven que llevaba el almuerzo a los trabajadores del campo hasta sus parcelas), al acompañar a la señorita Adela y ayudarle en sus quehaceres, Ramona era la encargada de entregarme el bastimento del día en costalillos de fibra de maguey con listas rojas, verdes y azules que les daban especial colorido, para que los llevara a don Toño y sus trabajadores.

Por las noches, iba a la esquina de mi casa y ella salía a platicar conmigo, ni yo tenía muchos amigos y ella mucho menos por su condición de niña y mujer. Así pues nos recostábamos sobre la banqueta de cemento aún caliente por el sol de la tarde y empezábamos a ver las estrellas, tratábamos de contarlas mentalmente mientras nos apropiábamos de las más hermosas. –Esa que brilla allá es mía, decía. -No, yo la vi primero respondía enojado, y al final reíamos como locos soñando, soñando, simplemente soñando. Ella me contaba de sus cosas y yo a ella de las mías, se llevó muchos secretos míos y yo me quedé con sus penas que también eran las mías.

Como a un año de conocerla, empezó enferma, cada día estaba más pálida y delicada, era como una flor de “tacote” hermosa pero frágil a punto de que si la tocas se adormece y se muere. Algunas veces ella me decía: -Mayo (me había puesto mi propio apodo), creo que me voy donde mamá, no se, siento algo como que ella me llama. Yo le decía lo oía en mi casa: “miéntale la madre”, dicen que los muertos se van si les mientas la madre y ya no regresan. -¿Y, para qué? respondía ella, -te voy a ganar el cielo y todas las estrellas, serán para mí. –Bueno, reconsideraba, te dejaré la que escogiste, la más bonita, pero ni creas que te daré otra, y reíamos con la inocencia de nuestra primera decena de años.

Un viernes como a las 8.00 de la noche al regresar de la escuela, mi madre, que sabía de la gran amistad entre nosotros me llamó a su cuarto y me dijo: -Hijo. Ramona murió hace rato, vamos a ir un ratito al velorio pero no quiero lloriqueos, los hombres no lloran, se aguantan

Fue todo. ¿Qué tiempo había para explicar las cosas muerte, y para qué? Simplemente murió y ya. Mientras mamá se arreglaba me fui al patio y mirando mi estrella lloré, lloré como nunca lo había hecho, pero no con un llanto fuerte ni angustiado, sino con un llanto suave, ese llanto que hace descansar a una alma dolorida. Vi mi estrella y la vi pequeña junto a todas las que le pertenecían a ella, mi pobre y querida amiga Ramona, se fueron con ella mis recuerdos, mis nostalgias de niño, mis sueños.

Llegamos a la esquina y pasé de largo, sin saludar a nadie, temeroso de que vieran mis ojos enardecidos por el llanto e incapaz de pronunciar una palabra debido al nudo en la garganta que se me había formado. La vi sobre una especie de camastro de tijera, aún sin caja, el cuerpecito frágil de Ramona yacía sin vida, pero mi sorpresa fue que en sus ojos cerrados y su rostro pálido ya no había tristeza, se fue con una sonrisa en los labios, vestida de “Purita” con su vestido de primera comunión: blanco, vaporoso y llena de flores toda ella, las había de todas las que en los patios de las casas florecían y que los buenos vecinos le habían llevado, su cuerpo era como el de una Virgen en función, llena de gracia y de flores. La casa olía a cera y ese horrendo olor a perro, a postas de perro, a orín de perro. Sí, mi amiga, mi hermana, se iba a descansar de este mundo que la llevó a un lugar donde no hubo juegos ni alegrías, ahora estoy seguro que estará al lado de su madre disfrutando de todo lo bueno que el buen Dios tiene reservado para las almas nobles. ¡Bendita sea mi amiga Ramona!.

"CUYUTLÁN"

Hace muchos años, cincuenta mínimo, conocí el pueblecito de Cuyutlán.

Recuerdo que mi padre se “alquilaba” como jefe de una cuadrilla de salineros que explotaban unos pozos de producción de sal de mar. Un trabajo inhumano ese, pues bien recuerdo que debían levantarse a eso de las tres o cuatro de la madrugada para evitar el sol canicular lo más posible, para realizar las labores de arrastre de un triángulo de madera pesada que tenía una especie de clavos en forma de peine en sus tres lados, halada por bestias mulares, y así, aflojar las arenas que contienen la preciada sustancia salina. Dicha arenisca era subida en chiquihuites sobre un armazón de madera y varas que hacían una especie de tamiz, donde a base de agua, se precipitaba a un pozo bajo el entramado y así el agua salina, se ponía a secar al sol inclemente de la costa, para transformarse en una flor blanquísima que ya seca, a su ves, se convertía en la preciosa, exquisita y nutritiva “sal de mar” que hasta la fecha, se produce en ese pequeño lugar de Colima.

Hasta la fecha, la sal de mar de Cuyutlán, es famosa en todo el occidente del país y muy apreciada por ser una de las mejores, pues contiene componentes importantes para el ser humano como el yodo natural, que no se encuentra en otras a las que hay que añadirlo para evitar algunas enfermedades que produce su falta de ingesta.

Pues bien, a ese pueblo llegué en tren, a eso de las diez de la mañana, hora en que mi padre, por cierto, no estaba en casa, pues aún no regresaba de la jornada... ¿Qué digo, casa?... No... Era solo una enramada de palapas de palmera de cayaco rodeada de lonas (aún no se usaba el plástico), tomado de la mano de la abuela materna, doña Paulita, hicimos el arribo a ese lugar hermoso y sin igual.

Desde luego, era la primera vez que iba al mar, y me tocó, gracias a Dios, visitar ese paraíso terrenal llamado Cuyutlán... Lo primero, fue quitarme los huaraches colimotes y sentir en los pies el toque de la arena caliente, correr a toda prisa sobre las dunas y llegar al mar seguido de la abuela que gritaba –“espera muchacho cabresto”... Ese mar que me conquistó como hubo de conquistar a los primeros exploradores en la época de la conquista.

Me senté a la orilla de la resaca... las olas lamían mis pies, generosas, frescas, salinas, fragantes y cien, mil o quizás más pájaros volaban alocados sobre las olas buscando su diario sustento, recuerdo como en una película miles de aves blancas, cafés, negras, peleaban unas a otras con ruidosos graznidos, agradeciendo la generosidad de esas playas para dotarles del alimento necesario para vivir en su calidad de... Aves. Había de todo, gaviotas, tildíos, chorlitos, pelícanos, patos; etc. todos en una rara algarabía y un extraño concierto musical.

Más tarde, ante la mirada atenta de la abuela, me tumbé el pantalón para quedar en calzón de manta corto, de esos que mamá nos fabricaba comprando por rollos de manta en “La Marina” de la manta buena, de la de antes, que rozaba de nueva las verijas y duraban una eternidad, aprovechando, mamá nos fabricaba también camisas de cuadros de bolsa de alimento para gallinas... Los de mi época quizá las recuerden eran: azules, rojas, verdes, ya en la escuela a mis hermanos y a mí, nos decían los cuadrados por tan peculiar vestimenta y créanme, no sufrimos ningún trauma por ello, y sí, en cambio, vivimos felices como hasta la fecha. Bueno me desvié de la plática, les decía que ante la mirada inquisitiva de la abuela disfruté como enano de circo de un estupendo baño en las aguas verde mar de mi querido Cuyutlán.

Por la tarde regresamos a comer unos sabrosos frijolitos refritos con queso seco de Comala, y chiles verdes que supieron a gloria... regresó papá a eso de las cuatro de la tarde, sudoroso, cansado, renegrido por el sol canicular. Comió, descansó y nos fuimos de nuevo a la playa. Una nueva maravilla me esperaba, lo juro, Las puestas de sol más maravillosas que he visto han sido en la inmensa playa de Cuyutlán, mis ojos acostumbrados a ver solo los verdes y ocres del campo colimense, se llenaron de los maravillosos colores amarillos y rojos en todas sus gamas, ahí, aún siendo niño, y tiemblo por ello, sentí dentro de mí la magnificencia de Dios.

Cosas terribles y maravillosas han sido parte de la historia de Cuyutlán: un maremoto en los años treintas (hoy se les dice tsunamis, jajajaja), la visita de la patria trashumante en la carretela del Benemérito Don Benito Juárez en su paso hacia Manzanillo, su destrucción casi total en el ciclón de 1959, pero lo que más duele, es el abandono que han hecho las autoridades de ese jirón de nuestra patria chica... Bueno, a lo mejor, es mejor, pues de otra forma ya no sería lo que es, pues los hoteleros limitan las entradas a las playas más hermosas de todo el país, ojalá se conserve como patrimonio de todos los mexicanos, en especial los que amamos ese terruño parte de nuestro Colima y siga siendo un destino para el turismo social, ese que no ve posiciones sociales y que es de todos y para todos.

He visitado muchas playas de nuestro país, hermosas sin duda, con aguas verdes, azules, claras y radiantes, he tenido la oportunidad de conocer rincones paradisíacos en otras latitudes... Pero cuando deseo acercarme a Dios, me voy a Cuyutlán, me siento en la arena de su playa a dejar que las olas laman mis pies y a esperar el atardecer para ver el momento mágico y sublime de la puesta de sol... Un espectáculo que solo Dios pudo haber obsequiado a ese lugarcito maravilloso, llamado Cuyutlán.

Mario López Barreto.
Abril de 2006.

LA POLÍTICA DE ANTAÑO Y LA POLÍTICA DE HOGAÑO.

Por lo general, no me gusta hablar de política porque es una de las cosas en que por lo general, nadie sale de acuerdo, decía mi padre, -"entre amigos no hables: ni de política, ni de religión, ni de fútbol; mejor habla de mujeres y te irá mejor", pero por lo tiempos que vivimos es necesario sacar a flote lo que traemos encajado y que no nos permite respirar tranquilos.

Los políticos “viejos”, son atacados sin piedad, encarnizadamente como se da en la política actual, por lo menos en México. Aquí si se aplica la tesis maquiavélica de “el fin justifica los medios” y yo me pregunto ¿Cuál es el fin?

La política de antaño...

A partir del final de la revolución armada, hubo en nuestro México: malos, regulares, buenos y excelentes políticos, todos generalmente, salidos de un mismo partido, ¿qué la democracia era mala? Tal vez, pero muy barata, eso permitió sacar adelante al país del marasmo en el que se encontraba, y en 50 años se logró mucho, muchísimo más de lo que han querido opacar los actuales políticos, basta una vueltecita a las hemerotecas más prestigiosas de la Nación.

Luego vino el populismo, la corrupción, la cerrazón a las nuevas voces del partido y de la patria, la represión a los discordantes fueran jóvenes o viejos y el resultado lo tenemos todos a la vista. Un Cárdenas subió al partido a las alturas que jamás partido alguno ha tenido en la historia, y otro Cárdenas inició la debacle del mismo.

La Política de hogaño...

Hoy por hoy, la “buena democracia” nos cuesta tanto o más que otro de los poderes en que se divide el gobierno. México, es el país donde cuesta más caro que en ninguno los votos en cualquier elección sin importar el nivel de esta.

Tenemos un Instituto Electoral de primer mundo con resultados de inframundo, pero eso sí, todo es válido por la democracia, y yo también creo eso, aunque ofenden los sueldazos de los funcionarios que manejan los aspectos electorales, y quienes realizan verdaderamente la elección son los ciudadanos que no cobran por ejercer la última etapa del voto en las casillas ni el ciudadano común que ejerce su voto, más como obligación moral o legal que como fiesta de participación democrática, pues sabe que al final, de todas formas será el último en beneficiarse de los programas de gobierno, especialmente los obreros, campesinos y jóvenes que con verdadera ansia, esperan mejores perspectivas de vida. Para muestra, la fatal migración de lo mejor de México al país vecino... En más de un 70 por ciento, son jóvenes y mujeres que se van buscando mejores alternativas y un mejor futuro para sus familias.

La política actual, es una guerra sin cuartel, donde no se privilegian los asuntos del futuro de México, sino la lucha del poder por el poder. Ningún partido escapa, actualmente, a la corrupción en sus filas, a la denostación, al agravio. No se apuesta al acuerdo civilizado, al diálogo ni a la concertación en beneficio del país y sus habitantes, lo que uno propone el otro lo descompone y así...
A mi raros lectores, les pido mil perdones por incursionar en un género que no me ha sido dado, pero la verdad es que por hartazgo, hago uso de mi derecho de decir lo que siento pues de veras me encuentro harto, en verdad harto de toda la propaganda electorera, me encuentro desencantado de todos los políticos actuales que proponen cuestiones que por simple cordura son inviables, de los que festinan la caída de un partido como festinan los zopilotes la caída de una res enferma... ¡Guácala de perro! Como dicen mis nietos.

Bueno, ya me desahogué y me siento mejor... Como podrán ver, no es gran cosa mi aportación a la causa del nuevo México, pero por lo menos dejé constancia de lo que me parece un enfado... “eso de la política”.

Tecomán, Colima, 14 de marzo de 2006.

LAS VENTAJAS DE SER "VIEJITO"

VENTAJAS DE LLEGAR A LOS 50as.
Cuando llegas a los cincuentas, puedes considerar que ingresaste ya al umbral de la tercera edad. Pero no te espantes, que eso, tiene sus ventajas, analízalas y estarás más tranquilo.

1. Si eres parte de un grupo de rehenes, serás de los primeros en ser liberado.
2. Nadie pide que entres a rescatar personas de un edificio en llamas.
3. La gente ya no te considera hipocondríaco, ahora si estás enfermo.
4. Ya no tienes nada que aprender para el largo y difícil camino de la vida.
5. Tu inversión en seguros médicos comienza a rendir frutos.
6. Tus articulaciones pronostican el tiempo mejor que los meteorólogos.
7. Tus secretos están seguros con tus amigos, ellos tampoco los recuerdan.
8. Tu dotación de neuronas activas llegó, por fin, a una cantidad manejable.
9. Puedes vivir sin sexo..., pero no sin tus anteojos.
10. Si haces una fiesta, tus vecinos ni se enteran.
11. La ropa que te compras ya no pasa de moda.
12. En breve, no recordarás dónde leiste esto, pero tampoco te importa... ¿O, SÍ?

¡SE TÚ COMO...!

¡SE TÚ COMO...!

Sé tú como el sol... Levántate temprano y nunca te acuestes tarde.
Sé tú como la luna... Brilla en la oscuridad, pero sométete a la luz mayor.
Sé tú como los pájaros... Come y canta, bebe y vuela.
Sé tú como las flores... Enamoradas del sol, pero fieles a sus raíces.
Sé tú como el buen perro... Obediente, pero nada más a su Señor.
Sé tú como la fruta... Bell@ por fuera y saludable por dentro.
Sé tú como el día... Llega y se retira sin alardes.
Sé tú como el oasis... Brinda tu agua al sediento.
Sé tú como el río... Siempre corre hacia adelante.
Sé tú como la luciérnaga... Aunque es pequeña, emite su propia luz.
Sé tú como el agua... Limpia, buena y transparente.
Sé tú como José... Cree en tus sueños.
Sé tú como Lázaro... Levántate y anda.
Y por sobre todas las cosas... Sé tú como el cielo, la gran morada de Dios.

¡Y nunca dejes de soñar, porque soñar es el principio de un sueño hecho una realidad!...

Autor Anónimo.

EL MATRIMONIO DE PAPÁ Y MAMÁ.

EL MATRIMONIO DE PAPÁ Y MAMÁ.

El matrimonio de papá y mamá.
  

Mi madre tenía quince años y a pesar de su edad, era una mujer completa, preparada física, aunque no mentalmente para afrontar la aventura de un matrimonio. Razones para esto, muchas: La opresión familiar que resulta de un padre celoso y exigente y de una madre más preocupada por enseñar, enseñar y enseñar los deberes caseros (algunas veces por la fuerza), más que por amor, sin tomar en cuenta que un ser humano, niño, sin importar su género, requiere: amor, atención, juegos, orientación; pero así era la vida en la álgida época posrevolucionaria.  Los muñecos de mamá, los fabricó con sus manos, con trapos usados les hacía vestiditos a mano, los arrullaba y cuidaba con el amor que posteriormente desbordó en sus hijos y a sus quince años, mamá se había convertido ya en una hermosísima flor a punto de cosecha.

A duras penas, estudió hasta el sexto grado, no en la educación oficial, sino con unas señoritas solteras mayores que dedicaban su vida a la enseñanza, todo por el celo del abuelo; pero sepan: mi madre al terminar sus estudios de sexto grado, sabía manejar correctamente la gramática; en matemáticas, las operaciones fundamentales eran su mero mole, sabía además regla de tres simple y compuesta, razones y proporciones, raíz cuadrada, superficies y volúmenes, en historia, dominaba fechas y conmemoraciones, bueno, bueno, bueno, una verdadera joya, lástima que el abuelo, simplemente dijo: -"Para limpiar nalgas de muchachos, no se requiere estudios". Como recuerdo de su infancia, me quedó un pequeño veliz de madera de cedro rojo, que era su encanto y en cual guardó los documentos importantes de la familia hasta su muerte, (gracias mamá, por tan bello regalo). Todos sus conocimientos, sirvieron, cuando nos ayudaba en las tareas escolares, dejándonos con el "ojo cuadrado" con lo que sabía. 

Mi padre fué, como todo joven de clase humilde, trabajador, creativo, y arriesgado, pero con tres grandes defectos, el vino, las mujeres y su gran gusto por la comida, especialmente por las carnes grasas que a la postre lo llevaron a la muerte.

Fue un autodidacta nato, solo tuvo educación formal hasta el segundo grado de primaria y a los dieciocho años, se robó la bella flor sayulense que era mi madre, no lo hizo a la brava, ¡no!... Jamás vi a mi padre forzar a nadie a hacer algo que no debía o quería, ni a nosotros sus hijos, jamás ví violencia física en la familia, y creo que mamá no lo hubiera permitido. 

Enamoró a mi madre con la complicidad de un hermano de ella, (mi tío Guillermo), que hasta la muerte de mamá, fueron inseparables en los buenos y en los malos tiempos y con papá se llevaron siempre bajo un clima de grandes amigos y algunas veces cómplices.  Papá, sacó a mi madre de casa de mis abuelos maternos y la depositó en casa de mis abuelos paternos como se acostumbraba, de donde salió mi madre vestida de blanco y cargada de ilusiones, muchas, muchísimas de las cuales, no se realizaron en gran parte por la inconsistencia de mi padre.

En el año de 1939,  llegaron a radicar a mi linda Colima,  donde nacieron,  después de haber perdido los dos primeros hijos, otros diez, de los cuales vivimos nueve: cinco varones y cuatro damitas.

Él, llegó a trabajar como sobrestante (capataz encargado de un grupo de doce trabajadores) en la construcción de la carretera Jiquilpan – Manzanillo, en su tramo El Naranjo – Manzanillo. Por aquél entonces, Colima solo se comunicaba con el centro del país solamente mediante el ferrocarril inaugurado en 1812 por el Presidente Porfirio Díaz, personaje que fue muy reconocido en esta región. Esta ramal del ferrocarril, aún existe tal cual fue construido en aquella época, así como sus bellísimas estaciones de piedra y puentes metálicos que han resistido las inclemencias del tiempo y los fenómenos naturales.

Al terminar la carretera hasta su destino, gracias al apoyo brindado por el presidente Cárdenas al principio y su sucesor hasta el final, algunos ingenieros y arquitectos quedaron prendados de las bellezas naturales y femeninas de la región y se avecindaron en Colima, conformando matrimonios y grupos de trabajo, donde en alguno de ellos, papá fue integrado, Así se inició la vida moderna de Colima, dejando atrás una época, que los que la conocimos la añoramos. 

La situación económica y política de la época de los años cuarenta a los sesenta, fue esencialmente difícil, más para quienes se iniciaban en la aventura del matrimonio, como mis padres. Papá hizo de mucho: Albañil, jornalero, peluquero, rentaba parcelas y las sembrábamos con máiz, frijol, calabaza, chile, pepino y cuanto se le ocurría al "jefe" (y en esta actividad participábamos toda la familia, especialmente los niños a partir de los ocho años).

Mi madre, apoyaba al ingreso familiar, lavando ropa ajena, como costurera (actividad que aprendió en forma empírica), pero sobre todo, estirando el gasto aportado por papá, a quien por ser oficial de muchas cosas, nunca le faltó el trabajo

Ambos, vivieron en Colima, Cuyutlán y Armería, finalmente radicaron en Colima donde se establecieron definitivamente en el barrio del “Arroyo del Manrique”, donde conocimos, en familia, la felicidad de poseer una casa y donde transcurrió la niñez y juventud de todos los hijos de la familia López Barreto.

En el año de 1984 falleció papá, en casa y rodeado de sus hijos, mamá sobrevivió hasta el año 2005 y murió de igual forma, , con una sonrisa en los labios, la sonrisa de los justos, de la paz y del amor.

Mario López Barreto. 

Lunes 31 de octubre de 2005.

 

 

 

 

 

 

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LA FABULA DEL ZORRO Y EL PEZ QUE NO QUERÍA SER PESCADO

<strong>LA FABULA DEL ZORRO Y EL PEZ QUE NO QUERÍA SER PESCADO</strong>

Así comienza esta fábula.

Hasta las frías aguas de un riachuelo, llegó un zorro a media mañana para refrescarse después de una larga carrera por cerros y colinas en busca de su alimento, la cual había sido infructuosa.

Al acercarse a la orilla de un riachuelo, vio a un pez que se encontraba atrapado entre las raíces de un mojote, mismas que hacía llegar hasta el riachuelo para absorber el agua que lo hacía crecer y mantenerse en vida.

Al ver al pez, el astuto zorro pensó que había llegado el momento de saborear un suculento bocado, que le haría reponer las fuerzas que perdió en su larga caminata. Mmmmmmmm se saboreó gustoso. Es un gran pez, ¡pero a la de ya se convertirá en pescado!... pensó, con la baba saliendo de los belfos.

El pez, angustiado y cansado del esfuerzo por soltarse de las amarras que lo ataban al árbol, solo acertaba a coletear, pesaroso por no poder zafarse de sus ataduras.

Volteó a ver al zorro, que taimado se relamía y le dijo: -Amigo, no seas malo conmigo, toma en cuenta que soy papá y tengo 16 pescaditos a los que debo atender y criar... ¡No me comas, te prometo que si me liberas te enseñaré donde saciar tu apetito para muchos días!.

-Ja’... Respondió el zorro, jamás en mi zorra vida había yo platicado con un pez, es algo inédito en la fauna de este lugar. ¡Esto es cosa del diablo! Pensó y contestó al pez. -¿Cómo es eso?... Creo que es mejor comer un nutritivo bocadillo de pez, que esperar más a saciar mi apetito con una promesa que tal vez no se cumpla.

-No. Contestó angustiado el pez... Si me liberas, te llevaré río abajo, donde existe una exquisita comida, propia para zorros... ¡Deliciosa comida de pollos gordos y frescos!... –Créeme por favor, por mucho tiempo no pasarás hambre, ¡Claro, si eres listo!.

El zorro, tocada la codicia de todos los de su especie, (bueno de casi todos) y herido en su amor propio, aceptó el trato y movió desde afuera del agua las raíces que atrapaban al pez, quien estirando su cansado y alargado cuerpo, sacó la cabeza del agua y el dijo al zorro... ¡Sígueme! y nadando lentamente río abajo fue seguido por el zorro, quien habiéndose refrescado con la fresca agua del riachuelo, sacó fuerzas para trotar siguiendo al pez por varias horas.

A las primeras horas de la tarde, el riachuelo se acercó a una granja, donde encerrados en un corral, había decenas, cientos, miles de gordos pollos, que se apilaban a comer en recipientes, felices de su “buena” suerte, pues sin trabajo eran alimentados con esmero por los granjeros quienes en ese momento estaban refugiados en su casa, del inclemente sol.

-Gracias... Dijo el zorro, despidiéndose feliz del pez... –Lo de más es cuento mío.

Esperó un poco, olisqueó por aquí y por allá y después de un momento sacó las uñas y excavó sigiloso al pié del cerco para hacer un hueco que lo llevaría a tan rico manjar.

Los pollos, que no se daban cuenta de nada por estar entretenidos en su vicio de comer, se desparramaron al darse cuenta del peligro y gritaron convirtiendo el gallinero en un pademonium donde plumas y cloacs se veían y se escuchaban por doquier. Los granjeros al escuchar el alboroto polleril, salieron rifle en mano, y ¡Pummmmm!, de un disparo alejaron al ambicioso zorro, que triste se alejo a las colinas pensando no volver jamás, pues milagrosamente había escapado de un plomazo. Y pensó para sí, ¡lo merezco... ¡ pues es sabido que más vale pescado en boca, que mil pollos argüenderos!.

Fin.

Mario López Barreto.
10 de septiembre de 2005.

Ayer tarde

Ayer tarde, en la penumbra del celaje
que envuelve la noche de mi interno yo,
humedece mi desierto, cual fugaz oleaje
el recuerdo hermoso de tu gran amor.

Los pájaros negros, parleros de mi tierra
acuden al llamado de la noche azul,
a dormir muy juntos la pesada noche
en fugaz ceremonial, hasta la nueva luz.

Y yo, triste de mí, en mortal monotonía
regreso a los campos de mi mente gris,
tratando de que el sueño, con piedad dolente,
como en suaves olas, me regrese a tí.

Mario López Barreto.
Marzo 6 de 2005.

CARAY... MURIÓ DON POPO NARANJO...

Hola...

¿Ustedes creen que las desgracias no llegan solas?... Yo sí.

El día 15 de junio, perdí a mi madre (ya se los conté), el día 12 de julio, a menos de un mes de distancia, después de salir de mi trabajo, estando ya tomando mis sagrados alimentos, me llamó un amigo para decirme... -¿Oye, sabías que murió el Popo Naranjo?... -No, le contesté, ¿luego de qué murió? -No, pues que de un infarto. Mira te aviso porque a las cinco de la tarde va a ser la misa y de ahí al panteón municipal el sepelio.

¿Y quien es Popo Naranjo?. Bueno es un amigo conocido en todo mi pueblo (Tecomán, Colima, México) Él fué hijo del único fotógrafo que había en Tecomán hasta hace como unos cuarenta años en que llegaron otros, tenía papelería, era oficial del registro civil, casamentero, arrendador, y dicharachero, se llamaba Don Zenaido, era de Colima de donde vino a radicar en la época de oro de la agricultura algodonera de Tecomán y siempre tenía una sonrisa amable, sabía ser discreto y orientador. Tuvo dos hijos Uno que es abogado en Colima, y Popo, que no estudió porque siempre vivió al lado de su padre.

Joven, casó con una hija de Don Jesus Gómez, rico terrateniente que se llama Isaura, Chagua para sus amigos... Con ella procreó un hijo y dos hijas, él sin estudiar y ellas profesoras en activo, actualmente.

Popo, cuyo nombre era Rodolfo A. Naranjo, fué un hombre amable, sin más vicios que el cigarro (como su papá), y jugar barajita... Eso que le llaman paco, y que se juega con cinco mazos de cartas españolas, para hacer un total de 200 cartas en conjunto (uta, hasta barajarlas da gueva). Puso un negocio de regalos y artículos deportivos junto a la presidencia municipal, donde todo mundo lo conocía, y su esposa Chagua, hacía piñatas hermosísimas, multicolores y de cualquier forma que se le ocurrían, payasos, pinos, flores, estrellas, animales; etc. Los diciembres, no se daba abasto para surtir los mcuhos pedidos de parte de los entonces fiesteros oficinistas, escuelas y papás que no veían completas las fiestas decembrinas sin la tradicional quiebra de la piñata.

Mi amistad, con él, vino a través de mi profesión contable, pues tuvo problemas de atrasos y sanciones, que le solucioné y desde entonces era yo el encargado de llevar las cuentas de tan pequeño changarro, sin cobro pues era muy pequeño en realidad y no me costaba trabajo alguno, el se desatendió del fromato para el pago de sus impuestos y derechos comerciales, y para él, eso fué un gran favor, de ahí su agradecimiento, favor que pagó con creces.

Posteriormente, vino mi matrimonio, llegaron los hijos con las constantes compras de uniformes, balones y otras chácharas solicitadas en el colegio donde estudiaron mis retoños. Ahí los conoció y los empezó a amar, fueron para él como sus hijos también, y siempre (como su papá), tuvo una palabra orientadora para ellos, una sonrisa amable y un regalito, desde un silvato, un pisapapeles, hasta una botella (ya de viejos por supuesto) de buen vino tinto. Mis hijos, como yo, lo extrañamos.

Bueno, tenía que describirles quien era don Popo Naranjo, para poder identificarlo y seguir con mi cuento: Sucede que estaba yo en la misa de cuerpo presente de don popo, cuando (chin), en plena consagración sonó mi celular, apenado salí del templo para contestar y era mi jefe, para pedir que me informara respecto a dos de mis empleados en la oficina que según sus familiares, no habían regresado a su casa después de salir de su trabajo.

Salí de inmediato después de la misa, para acudir con los demás compañeros de oficina y fué una de ellas quien me dijo que mis empleados: uno de 21 años y el otro de 26, habían sido asesinados en el mismo vehículo de uno de ellos.

¡Ay Dios!... Acerté a decir solamente. Desde ese momento y hasta 48 horas después, fué visitar velorios, panteones y juzgados... ¿Por qué será que las desgracias no llegan solas? ¿Alguien allá arriba, juega con nosotros? ¿Es justo?... No sé. Afortunadamente se aclaró el motivo de las muertes de ésos dos jóvenes prometedores, justo cuando iniciaban a vivir, y todo fué a manos de un loco compañero de escuela de uno de ellos, según, por diferencias con él. No se vale.

Les cuento esto, porque creo que vale la pena reflexionar sobre los valores que estamos transmitiendo a nuestros hijos, ni duda cabe que: la influencia televisiva, el cine, la prensa y el consumismo, están acabando con nuestra juventud. ¡Lástima!

Descanse en paz don Popo Naranjo, un viejo querido en su pueblo, padre de familia y buen ciudadano, y descansen en paz tambien, ésos chavos que no podrán ver nacer a sus hijos, que no podrán participar en la construcción de un nuevo México, todo por un chavo loco que no supo conducir sus diferencias a través del diálogo.

Mario López Barreto.
1 de septiembre de 2005.

MI MADRE...

MI MADRE...

"Mamá Tolla"

Ella fué originaria de Sayula, Jalisco, lugar de donde la tomó mi padre a la edad de 15 años cuando apenas brotaba a la juventud, como una rosa de las muchas que se cultivaban en el huerto de su casa. Mi madrecita fué mestiza de origen, llevó en su sangre, la herencia de la raza blanca del abuelo Pascual y la gloriosa y bendita herencia indígena de la abuela Lupe.

Sus padres, rígidos a más no poder, la educaron bajo las exigencias de la época y las normas de la Iglesia Católica. Nunca se le permitió salir si no era acompañada de alguno de sus hermanos y siendo uno de éstos, amigo de mi padre, les permitió una relación que acabó en matrimonio y que perduró durante 45 años hasta la muerte de él.

Su matrimonio fructificó en nada menos que doce hijos “Uno por cada apóstol” según mi abuela paterna, muy dada a relacionar las cosas de la iglesia con lo cotidiano, todos educados hasta donde ajustó el presupuesto (que era poco), pero convencidos de que el trabajo honesto, la determinación, el esfuerzo, la persistencia y el sacrificio son la base para el verdadero éxito.

Una vida de trabajos duros y penurias, no puede llevarse adelante si no se tiene la convicción esencial del respeto a sí mismo, de la integridad y de la lealtad al ser amado y a la familia formada. Así fue la vida de mi madre junto a mi padre, sin quejas, ni pleitos, ni reclamos, simplemente una vida de cooperación mutua, donde tuvo que trabajar brazo a brazo, para colaborar en la formación de los hijos, donde ella, fue ejemplo de virtudes y amor a los suyos y a sus semejantes.

Una sola anécdota, descubrirá el grueso calibre de doña “Tolla” mi madre: En octubre de 1959, cuando un destructor ciclón asoló a nuestro Estado, el hecho fue cubierto en lo correspondiente por la radio. Mi madre, entonces, se encontraba en la ciudad de Guadalajara, atendiendo a uno de mis hermanos (Francisco Javier) que se hallaba recién operado de una agresiva osteomielitis en un sanatorio particular, teniendo consigo también al entonces menor de la familia (Jorge) de menos de dos años.

En la radio del sanatorio, escuchó que Colima había casi desaparecido del mapa por un terrible ciclón que azotó todo el estado, por lo que aterrada, encargó a mi hermano enfermo a las enfermeras y médicos de la institución, quienes amorosamente se comprometieron a cuidarlo, y cargando a su otro chiquillo en brazos se vino en autobús hasta Pihuamo, Jalisco, de ahí, increíblemente se vino a pié cargando al mocoso hasta el puente del Río El Salado, ya en Colima, donde subiendo en una troca llegó cansada y ampollada de sus pies a lado del resto de sus hijos, pues viviendo a un lado del Arroyo del Manrique, pensó que realmente no nos encontraría. Cuando nos vio a todos sanos y salvos, soltó el llanto, comió un poco y regresó a Guadalajara al lado del otro hijo enfermo que le necesitaba.

¿Cuántas proezas hará una madre por sus hijos en peligro? Nadie, jamás nadie será capaz de cuantificarlas, lo que sí es cierto es que mi madre realizó no una, sino miles, por quienes ella decía: -"son carne de mi carne y sangre de mi sangre".

Si mi padre me llenó de orgullo, mi madre agregó amor al coctel, decenas de veces la vi repartiendo el pan a sus hijos que clamábamos insolentes (en la época mala) mientras ella, volteándose, bebía los vientos, y con mano trémula enjugaba del rostro con la punta de su mandil una lágrima que aún hoy me quema el sentimiento, como quema el té de albahaca, hierbabuena, estafiate, epazote o manzanilla caliente con que nos curaba todo tipo de dolores, a los que agregaba una oración y un cariñoso aunque tosco masaje, porque decía: -Aguante mijo, que los hombres no lloran.

Ella nos educó en los valores familiares de honestidad, tolerancia, respeto y amor a nuestros semejantes pero "a punta de cuerazos", tenía siempre a la mano, un chicote de cuero crudío y nunca faltaron como justa justicia a nuestras maldades, "tres cuerazos tres" (como papeleta de los toros de la Villa) en el lomo o donde calleran, total, no había tiempo para calcular espacio y cuando llegaba "el golpe" dejaba moretes donde caía. De tanto cuerazo, creo que nos curtimos mis hermanos y yo, porque, o ella perdía fuerza o nosotros no sentíamos los trancazos. Es más, creo que nos dolía más un regaño con sus correspondientes lagrimones de su parte que una tanda de tres cuerazos bien ganados; ¡ah! eso duró hasta que nos salió el bigote, ya después eran simples regaños o consejos, hasta que ella nos faltó. Creo que si ella hubiera sido mamá en esta época, con toda seguridad: La Policía Ministerial, el DIF, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Pía Sociedad Contra el Maltrato de Niños, la hubieran puesto bajo rejas y condenada a cuatro cadenas perpetuas. Jajajajajajajaja.

¿Secuelas? ¿Traumas? ¿depresiones?... Ninguna y de ningún tipo porque la corrección amorosa a tiempo (aunque sea dura), hizo de nosotros seres humanos completos, conscientes de que "el que la hace, la paga".

Entre cocina y máquina de coser, entre ayudas, pedimentos y ofrecimietos al gran Dios, entre risas y lágrimas, hijos, nietos y bisnietos, transcurrió la vida de mi madre, hasta que el 24 de diciembre de 2004 inició la etapa final de su vida, tras una leve embolia cerebral sin sufrir ninguna enfermedad mortal le llegó una depresión terrible,se cansó de vivir, simplemente se negó a comer y poco a poco se nos fué muriendo... Tal vez se piense que sus hijos no lucharon por su vida, pero no, sí lo hicimos, sólo que cuando un ser humano toma la decisión de reunirse con su Dios y con los suyos, vanos son los esfuerzos médicos, familiares y de todo tipo; cuando llega la aceptación a la muerte y el deseo de descansar en un verdadero descanso no hay nada por hacer.

Por fín el 15 de junio de 2005 por la madrugada... doña Tolla partió a reunirse con su creador, a reunirse con el esposo que amó, con sus padres, hermanos e hijos que se le adelantaron. ella murió con una sonrisa en los labios, la sonrisa de los justos y de los que se van satisfechos de su propia vida, de sus propios logros, y los de mi mamá, fueron muchos, muchísimos.

Aquí me llega el recuerdo de un poema hecho una canción hermosa, es de Facundo Cabral y que creo pudo haber sido el pensamiento final de mi madrecita:

Perdóname señor
pero a veces me canso
a veces me canso
de ser un ciudadano.

Me cansa la ciudad
y las oficinas
me cansa la familia
y la economía.

Perdóname señor,
estoy harto de este infierno
de este mercado mediocre
donde todo tiene precio.

Perdóname señor
pero yo me iré contigo,
a recorrer tus montañas
tus mares y tus ríos.

Perdóname señor,
pero a veces yo pienso
que tienes para mí
algo mejor que esto.

Perdóname señor,
no quiero ser un ciudadano
yo quiero ser un hombre
como Tú me has creado.

Sí, mi madre decidió no ser más una ciudadana preocupada por la economía ni por la familia ni por el mugre mercado en el que vivimos, que lo mismo compra cosas que conciencias, sí, mi madre prefirió ir a recorrer las montañas, los campos floridos, los mares y los ríos de Dios, decidió acercarse al Árbol y al Río de la Vida y sí, sí creo con firmeza que así es y sé tambien, que Dios le preparó algo mejor que ésto. Adios madrecita linda. Descansa en paz.

Mario López Barreto.
1 de septiembre de 2005.

LA ABUELA LUPE...

Hola... Hoy es 19 de agosto de 2005.

Les cuento de mi abuelita Lupe... Una señorona, indígena al cien por ciento, morena, de nariz recta (curiosamente no achatada como correspondería a su raza), seria (con la seriedad propia de nuestros antepasados), con el sufrimiento marcado en el rostro. Ella fué la madre de mi madre, de quien mi madre heredó, nada menos que su carácter adusto, su nariz y su amor por el trabajo y la Virgen de Guadalupe, por los hijos, por su pueblo y por su gente, como corresponde a una buena sayulense.

Al igual que el abuelo Pascual, su esposo, fué originaria de Sayula, Jalisco, ese pueblecito que les describí cuando les hablé de él. De ella recuerdo, más, mucho más que del abuelo, pues le sobrevivió muchos años y la seguimos visitando en su casa de Sayula, una casita de tan solo cinco metros de frente y cincuenta de fondo... ¿Se imaginan ustedes? pequeñísima, laaaaaarga, pero eso sí llena de árboles frutales, les cuento: Había limas chichonas, limones, granados que en tiempo frutal se abrían de maduros y enseñaban sus dientes rojísimos que brillaban al sol con su color de sangre; había duraznos criollos, de ésos de los que habla la canción "Me he de comer esa tuna", de corazón colorado; Había manzanos y aunque no lo crean tejocotes de la puritita sierra, y flores... Muchas flores: rosales, gladiolos y margaritas, jazmines, huele de noche, hierbas de olor como la albahaca, tomillo, romero, estafiate, epazote, que servía para cocer frijoles y para darlo en tés para desterrar toda clase de lombrices, y orégano grueso para el caldo de pollo... Total, por las noches o al amanecer, era un olor exquisito, dulce, suave como huelen las casas mexicanas.

Casi al fondo de la casa, estaba la noria para sacar el agua, con una pila anexa la que había que llenar a pulmón, para dar de beber a las mulas del abuelo, que regresaban tarde sudorosas por el el trote del camino de la sierra, de donde se traía el pulque o los canastos de pitayo o las cargas de maiz de la cosecha. Mis tíos, hombres, quedaron fastidiados de tanto sacar, sacar y sacar agua del pozo, para las bestias, para el uso y para el riego del huerto familiar, de tan profunda la noria, al asomarse al brocal, solo se podía distinguir al fondo, un espejo de danzante con el brillo plateado del reflejo de la luz del sol o de la luna. Así recuerdo la casa de la abuela Lupe, nunca sucia, nunca sin flores, nunca sin frutos, nunca sin el altar a Santa Maria de Guadalupe, una impresión fiel de la que se venera en el Santuario Guadalupano de ese pueblo.

Cuando íbamos de visita a su casa, generalmente los domingos de ramos que es la fiesta mayor del pueblo, nunca faltaban las cajetas, porque han de saber que en Sayula, las cajetas de leche quemada, son más exquisitas que las de Celaya, de éso yo puedo afirmar pues me he deleitado con ambas. Mi abuela, también, tenía un colección de cuchillos y machetes (estos eran del abuelo) fabricados por los hermanos Ojeda que en el occidente del país tienen fama de ser los mejores, fabricados a mano, con el mejor acero de México y salidas de las manos de éstos maravillosos artesanos que además, fabrican toda clase de hebillas para cinturón, espadas para bastón, y no sé que tantas cosas más.

Ahí en casa de mi abuela, leí con la curiosidad propia de los niños, los versos prohibidos del "Ánima de Sayula", que eran escondidos bajo llave en una petaquilla de cedro rojo y que era parte de las "donas" del matrimonio de la abuela.

No se cómo llegaron a mis manos, creo uno de mis primos los "birló" de la petaquilla y corrimos a escondernos para leerlos y más o menos dicen así:

""EL ÁNIMA DE SAYULA"

En un caserón ruinoso
de Sayula en el lugar,
vive Apolonio Aguilar,
trapero de profesión.

Hace tiempo que padece
hambre voraz y canina,
y por eso está que trina
contra su suerte fatal.

No se emborracha ni juega;
sólo comer es su vicio,
mas va tan mal el oficio
que ni para pan le da.

Cuatro tablas, dos petates
un bacín roto de barro,
cuatro cazuelas y un jarro
son de su casa el ajuar.

Su mujer y sus hijuelos,
macilentos y hambreados,
con semblantes demacrados
piden pan con triste voz.

¿Pan allí? ¡Ni por asomo!
Hambre sí, disgustos mil
en aquel chiribitil,
a pasto y a discreción.

Llanto sólo de miseria,
que goteando noche y día
apagó dejando fría
la ceniza del hogar.

Por eso el trapero esconde
entre sus manos la cara,
maldice su suerte avara
que le causa tal dolor.

Y fijando en su consorte
la penetrante mirada,
con voz grave y levantada
de esta manera le habló:

"Es preciso que ya cese
Esta situación horrible...
Vivir así no es posible,
harto estoy de padecer.

Me ocurre feliz idea,
que desde luego te explico;
esta noche me hago rico
o perezco en la función.

Tú sabes que en esta tierra
entre la gente de seso
se cuenta cierto suceso
que ha causado sensación.

Se dice, pues, que de noche,
al sonar las doce en punto,
sale a penar un difunto
por la puerta del Panteón.

Que las gentes que lo ven
huyen a carrera abierta,
y todos cierran la puerta
encomendándose a Dios.

Que por fin un desalmado
se encaró ya con el muerto,
mas de terror quedó yerto,
patitieso y sin hablar.

Esto lo aseguran todos
y mi compadre José
me ha jurado por su fe
que también al muerto vio.

Me asegura que ese muerto
tiene la plata enterrada
y busca gente templada
con quien poderse arreglar.

Y me aconseja que yo,
deponiendo todo miedo,
acometa con denuedo
la empresa del fantasmón.

Pues bien, me siento con bríos
para hablarle al mismo diablo;
a ese muerto yo le hablo
aunque fallezca después.

Mucho peor es morir de hambre
que morir de puro miedo,
y si yo con vida quedo
Seremos ricos después."

"¡Por Dios, Apolonio! -dijo
su mujer muy aflijida-
No juegues así la vida,
deja a los muertos en paz."

"Señora, no retrocedo.
Es una cosa resuelta;
si pronto no doy la vuelta
prepara mi funeral".

Dijo... y con paso veloz.
pálido como un difunto,
salió de su casa al punto,
camino para el Panteón.

Envuelto en tinieblas yace
de Sayula el caserío,
y un aspecto muy sombrío
allí reina por doquier.

Lóbrega la noche está
y al soplo del viento frío
gimen los sauces del río
con quejumbroso rumor.

No se oye una voz humana
ni el más ligero ruidito;
sólo lejos el aullido
pavoroso de algún can.

Algún pájaro que pasa.
por las tinieblas perdido,
lanza fúnebre graznido
al ir tras de su nido en pos.

Camina, pues, atrevido,
aquel hombre de faz yerta,
y por fin se ve en la puerta
del tenebroso panteón

la silueta del trapero,
que a la ventura de Dios
va de la fortuna en pos
hasta vencer o morir.

Por fin de repente suenan
doce lentas campanadas,
cuyas notas compasadas,
vibran con sordo rumor.

Notas lentas y solemnes
cuyo sonido retumba
como el eco de una tumba
en el pecho de Aguilar.

Cruza el dintel un fantasma,
mudo, rígido, sombrío,
como el sepulcro más frío
y horrible aborto de horror.

Lleva cubierta la faz
con negro y tupido velo,
y arrastrando por el suelo
lleva también un sudario.

Aguilar, de espanto yerto
y erizados los cabellos,
con agitado resuello
corre tras de la visión.

Haciendo un supremo esfuerzo,
cual si jugara la vida,
con su voz despavorida
de esta manera le hablo:

"En nombre de Dios te pido
me digas cómo te llamas,
si penas entre las llamas
o vives aquí entre nos.

¿Qué buscas por estos sitios
donde a los vivos espantas?
Si tienes talegas: ¿cuántas
me puedes proporcionar?"

"Me llamo Perico Súrres
-dijo el fantasma en secreto-
Fuí en la tierra un buen sujeto,
muy puto mientras viví.

Ando por aquí penando,
en busca de un buen cristiano
que con la fuerza del ano
me arremangue el mirasol.

El favor que yo te pido
es un favor muy sencillo:
que me prestes el fundillo
tras del que ando siempre en pos.

Las talegas que pretendes
aquí las traigo colgando;
ya te las iré arrimando
a la puerta del fogón..."

Dijo...y cual sombra fugaz,
tan rápido como el viento
tras las tapias del Convento
el sombrero se perdió.

Mudo de sorpresa queda
el pobrecito trapero,
y echando al suelo el sombrero
de esta manera exclamó:

"Por tres mentadas de abuela
y por la madre de Gestas
¿qué chingaderas son estas,
las que me pasan a mí?

¡Vengo lleno de esperanzas
a buscar aquí la vida,
y la suerte maldecida
me depara un lance atroz!

No tener yo mas alhaja
que la alhaja del fundillo
¡Y que me la pida un pillo
que viene de la eternidad!

Yo no sé que diablos pasa,
pues ignoro con quien hablo;
o este cabrón es el diablo,
o es mi compadre José.

Lo que me sucede a mí
Es para perder el seso;
Si los muertos piden sieso,
los vivos ¿que pedirán?

Buena fortuna me hallé
en esta tierra de brutos.
Donde los muertos son putos
¿qué garantías tengo yo?

Esto es cuanto debes dar
por las crestas del Demonio:
¡Si lo aflojas, Apolonio,
de aquí sin culo te vas!"

Así el trapero exclamó
muy pensativo y mohíno
Del pueblo tomó el camino
y en sus calles se perdió.

Y es fama que cuando oía
hablar del aparecido,
receloso y precavido
se ponía la mano atrás.

MORALEJA:

Lector: si en alguna ocasión,
y por artes del Demonio,
te vieres como Apolonio
en crítica situación;

o si tropiezas acaso
con alguna ánima en pena,
aunque te diga que es buena,
no te descuides, lector.

Y por vía de precaución
llévate como cristiano
la cruz bendita en la mano
y en el fundillo un tapón.

Jajajajajajaja............

Siguiendo con el relato de mi abuela Lupe, he de decirles, que llegó el día en que todos sus hijos se casaron y mi madre, mujer verdaderamente amorosa, grande y fiel, la recibió en su casa hasta su muerte a los 66 años.

La abuelita Lupe, humilde pero trabajadora, terminó sus días ayudando a mamá en la cría de los nietos, pues mi madre, debía coser ropa ajena (era costurera) durante casi todo el día, con el objeto de ayudar en la economía familiar, donde había muchas bocas que mantener y pocas entradas de dinero. Así eran los álgidos y miserables años del México de los años cincuentas.

Recuerdo: Tenía yo como 15 años, una tarde al regresar del trabajo, encontré a mi madre muy preocupada por la salud de su madre, me pidió que no fuera a trabajar al día siguiente para que la acompañara, envió mensajes a los hijos ausentes como presintiendo la fatalidad de la enfermedad de la abuela. Pasamos toda la noche en vela, al otro día, como a las once de la mañana, me encontraba yo levantándole el cuerpo y la cabeza porque así lo pedía, y en mis brazos quedó dormida para siempre... Curiosamente, me pedía que le diera masaje en los pies, las piernas, el vientre, el pecho, pues no los sentía, y así poco a poco (creo yo), fué sintiendo morir su cuerpo, hasta que en el último suspiro, solo acertó a decir ¡Dios mío, ayúdame!... Y murió.

Mario López Barreto.
19 de agosto de 2005.

(Agradezco a un amigo muy especial, que me hizo el favor de proporcionarme completos los versos del "Ánima de Sayula", pues lo que recordaba no era ni la quinta parte... Gracias hermano, sin tu ayuda este relato estaría incompleto)."

LA HERENCIA...

EL ORIGEN
Mi padre...

Mi padre, fué jornalero de origen jaliscience, dejó sus campos de labranza allá en el antiguo El Limón, Jalisco risueño pueblecito cercano a Tonaya, tierra del mezcal y de la Virgen de la Purísima Concepción. donde vivía con sus padres y hermanos, para ir en busca de mejores oportunidades al pueblo de Sayula. La familia López López, se asentó en dicho lugar, después de las guerras internas de la Revolución de 1910 y tras sufrir las penalidades de la “Cristiada”, como comúnmente se le llama al movimiento cristero, que envolvió principalmente a los estados de la región occidental de nuestro país.

Él era de raza y tez blanca, de cara picada por la viruela, señales de una época crítica de contagio e insalubridad vividas y sufridas por esas latitudes, la cual fue causa de muerte de siete de sus doce hermanos. Dura época, sin duda, de la cual no se puede calcular siquiera en la región, el número de muertos, especialmente niños, pues entonces no existía ni la Secretaría de Salud, ni el Inegi, una para atender y otra para contar a los afectados de tal epidemia y otras como la fiebre amarilla y la tos ferina. La gente nacía y moría en forma rápida, sin más luto que las lágrimas de los padres que iban, uno a uno, depositando los pequeños cuerpecitos de sus amados hijos en los campos santos de esos recónditos lugares.

Poco sé realmente de la niñez y juentud de mi padre, era ocurrente y dicharachero, centro de atracción en las reuniones de amigos, las cuales, siempre eran al calor de los changos o toritos colimotes de tuxca con granada agria con nuez, mango, guayavilla, naranja agria, tamarindo, limón o simplemente de pepsi al tiempo, pues la cerveza era para la mesa de los ricos y no había cagûamas aún en tales convivios, los que eran salpicados por sus alegres ocurrencias, siempre sobre mujeres, pleitos o simples anécdotas (ciertas o falsas), de trabajo o de aventuras.

A él escuche por primera vez el dicho de “gandalla, mata carita” autodefiniéndose para asegurar, que aunque de cara “fea”, podía convencer a cualquier mujer por difícil que estuviera alcanzarla. Y realmente se lo creí, porque mi madre en su juventud, fue una mujer hermosa, de grácil figura y líneas perfectas que contrastaban con la cara salpicada de mi padre; y aún así, la hizo suya con tal fuerza y secreto, que a pesar de ser todo un "“charrasqueado" parrandero y jugador, le fue una mujer perfectamente fiel, hasta la muerte de él y posteriormente de ella.

Volviendo a su llegada a Colima, les mencioné que dejó sus campos de labranza, aquellos campos que se revestían de flores multicolores en el otoño cuando los maizales entregaban al labriego sus aún apreciables semillas en elote o maduras para el sustento familiar. Ahora, nos llega el maiz por barco, un maíz amarillo, feo, de sudáfrica o de los Estados Unidos de Norteamérica, en función del cumplimiento de los leoninos tratados de comercio por los que México se hunde cada vez más en la pobreza.

Llegó a la ciudad de Colima, siguiendo la construcción de la carretera a Manzanillo, donde se inició en su nuevo destino que fue la construcción. Hombre inteligente por naturaleza, pues difícilmente sabía leer o escribir, aprendió por necesidad (como se aprenden las grandes cosas) a usar el metro de madera de doblez, a sacar superficies, a cubicar volúmenes, a trazar y hasta interpretar planos de construcción, lo que le valió ser contratado por el Gobierno del Estado de Colima como Encargado de Obras, y donde llegó a traer bajo su encargo hasta 200 personas, algo así como el puesto que hoy ocupan los ingenieros residentes de obra, puesto en el que trabajó por más de treinta años.

Trabajó bajo las órdenes de grandes constructores colimenses de la época como: Rodolfo Chávez Carrillo, Eudoro Carrillo Orozco, Julio Mendoza Gómez, Antonio Vázquez Jasso, Jaime Robles, Jorge Avalos, entre otros muchos que escapan a mi memoria, y junto con ellos construyó caminos, puentes, escuelas, edificios públicos, como: El puente de la Villa, sobre el Río Pereyra, varios sobre el Arroyo del Manrique y el Río Colima, escuelas en todo el Estado, el Palacio municipal de Cuauhtemoc o San Jerónimo; Etc.

Mi padre fue un hombre humilde, digno y feliz de ser quien era, jamás despotricó en contra de los ricos, y siempre decía, que quien quiere sobresalir debe luchar por ocupar su lugar en el espacio. Cuando le preguntábamos, al llevarle el “bastimento” a las obras que hacía, nunca contestaba: -estoy pegando ladrillos, o piedras o aplanando muros- Él decía: -estoy construyendo una escuela, un palacio municipal, un puente o un camino-, y sus ojos se rasaban de bien entendido orgullo, así era Él de importante y así aprendí a amarlo, con sus virtudes y sus defectos, así era mi padre del que me siento muy orgulloso y guardo felices recuerdos.

No fue un hombre muy afectivo al expresar su amor por la familia, pero jamás nos faltó bocado, techo o cobija para cubrirnos del frío mañanero de los diciembres y eneros infantiles, siempre vivimos en pobreza, pero con dignidad, con limpieza y sintiéndonos protegidos por un papá y una mamá que supieron aquilatar la responsabilidad de ser padres. Tampoco nos faltó el regaño a nuestras faltas o el elogio motivador cuando hicimos algo bueno, por eso crecimos como lo que hasta hoy somos: hombres y mujeres de bien, que aman a su familia y sienten un profundo respeto y amor por su patria y sus instituciones.

A ningún hermano jamás nos inspiró el suelo americano o el “sueño americano” como le llaman, como ahora a muchos colimenses y paisanos de otros estados, pues decía mi padre que sí lo conoció, que el mejor norte era el “Norte de Colima” y no había que buscar lo que no se había perdido. Decía: -eso déjenlo para los cubanos que han perdido su patria, nosotros tenemos una y muy grande para ser humillados por cualquier hijo de “gringa”.

Él, vivió a su modo, del modo que aprendió o le dictaron las circunstancias, tenía una enorme autoestima, pero el gran defecto de ser derrochador, aspecto que nunca hizo por cambiar y transcurrió su tiempo en una vida de parrandas, mujeres y canto, todo un bohemio el señor. Mi madre, sufrió mucho a su lado, pero según ella, ése sufrimiento ya se lo había asignado Dios desde la mismísima hora de nacer.

Procreó con mi madre, doce hijos y otros tantos "por fuera" como se acostumbraba entonces, de los cuales aún vivimos nueve a la fecha: Pedro, Rubén, Yo, Francisco Javier, Esthela, Rosa Elena, Jorge, María del Carmen y Bertha Eugenia.

A los sesenta años, originado por su despotricada vida, sufrió un accidente cardiovascular (embolia cerebral) y desde entonces, se refugió al lado de mi madre, que le abrió de nuevo las puertas de su casa y de su corazón hasta que a los sesenta y seis años de edad (Igualito que el abuelo Isidro, su papá), lo sorprendió la muerte, solo un suspiro y un "Adios", dejando a mi madre aturdida y pésima de salud, pues los dos últimos años, fueron de pasarla constantemente al lado de su lecho de enfermo.

Así termina la historia de mi padre, un hombre de su tiempo, honrado, siempre dispuesto a ayudar, con un enorme amor a Dios, a México, al Pri y a su familia, en ese orden, aunque repito, nunca nos falto comida, techo y dirección. Con muchos defectos pero cariñoso y trabajador. Nunca pidió nada dado y por el contrario fué sumamente generoso, siempre estuvo dispuesto a corresponder un favor y a pagarlo con creces. ¡Descansa en paz, papá!.

Mario López Barreto.
Tecomán Col., 29 de agosto de 2005.

EL ABUELO PASCUAL...

EL ABUELO PASCUAL BARRETO...

Fue originario de Sayula, Jalisco, un pintoresco pueblecito ubicado en las inmediaciones de la laguna que toma su nombre, lugar húmedo, frío, lleno de rosales multicolores que las amas de casa compiten para adornar los frentes de sus casas de adobones de barro y puertas lúgubres de madera antigua.

Ahí vivió toda su vida el abuelo, ahí en su tierra, se casó con una damita originaria del lugar que portaba en sus venas la sangre indígena de las antiguas tribus náhuas asentadas alrededor de la laguna y en las faldas de las Sierra Madre Occidental.

Él fue, según tengo entendido, parte de una familia adinerada, venida a menos en el caos revolucionario, y quien permaneció pegado al terruño en aras del amor a su familia y a su tierra, abandonando la idea de sus hermanos de irse a vivir a Guadalajara, Su trabajo: cultivar la tierra, sacar el jugo a los magueyes para transformarlo en el acidulado y nutritivo pulque que vendería en la plaza mayor los sábados y domingos o durante la semana en el mercado, y arrancar a los órganos pitayos su dulcísima y multicolor fruta de temporada canicular, para llevarla a la antigua Zapotlán, o embarcarla en la estación del ferrocarril, de donde habría de enviarse para su venta a la ciudad de Guadalajara.

Muy poco recuerdo de él, realmente: de cuerpo bajito, de gran bigote y una abundante calva, de piel blanca que contrastaba con el moreno obscuro de la abuela Lupe, su esposa indígena y buena, abnegada y mandona a la vez.

De él, heredé mi incipiente calva y el carácter de pocos amigos por fuera y grandes amigos por dentro, era corajudo a más no poder igualitito que yo, y temperamental, pero a la vez comprensivo y amoroso. Una anécdota podrá ilustrar lo que señalo y me la contó mi madre, por mi poca relación y relativa a mi gran parecido con él en su carácter: Tendría yo como tres años, poco más o menos, mi madre me llevó de visita a su casa paterna, a la postre, vivíamos en la ciudad de Colima, distante como 150 kilómetros de su lugar de origen.

Cuando llegamos, después de un largo viaje por ferrocarril, mi madre cansada, me dejó sobre el piso, entretenido jugando como suelen jugar lo niños de esa edad (a todo y a nada), en tanto ella saludaba a la familia. Después de mucho tiempo de no verlos. Llegó el abuelo de sus ocupaciones y después de saludar a mamá, me dijo: -Mi niño, ¿usted no me va a saludar?... Yo callado.... Él de nuevo... ¡Mario, te estoy hablando!... Yo callado... él de nuevo: ¡Mario, te hablo!... Yo sin responder... Ya él, molesto, me dice: -¡Puerco, te hablo!... Y entonces yo, molesto también le respondo... -¡Puerco tú!....Jajajajajajajaja la risa de todos y ahí quedó para siempre mi mulada como sello de lo que sería, aún hoy, sigue siendo mi carácter... Mula, mula, mula.

Recio, exigente en la conducta de sus ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres, había que despertar al alba, con la llamada del Maitines en el Santuario Guadalupano del lugar, y a dormir después del toque de la bendición. Tres largos y graves toques de la campana mayor, generalmente, a las nueve de la noche, mucho heredé de las conductas del abuelo, pues es, aún hoy, mi hora de despertar y de dormir. La cama no me sostiene después de las cinco y media, y me llama a las nueve de la noche. En punto.

Murió joven, creo de un infarto, con tanto susto, trabajo y bocas por mantener, creo poca gente en esas épocas, no moría de eso. Solo recuerdo de su muerte, como en un velo, el llanto de mamá, la casa fría, llena de viejas enlutadas rezando las letanías de difuntos, la ida al campo santo, y el regreso a Colima en el ferrocarril, donde a poco llegamos a la estación de Tuxpan, Jalisco, donde comimos con harta hambre, unos deliciosos tacos tuxpeños, que aún hoy ocasionalmente, voy en compañía del doctor Alejandro Ayala Guizar, gran amigo mío y oriundo precisamente de Tuxpan, a degustar esas delicias culinarias que las inditas del lugar aún venden en sus canastos, envueltos en blanquísimas servilletas bordadas a punto de cruz, con grandes flores de los colores más raros e increíbles. Y servidos, no en platos, sino en papel de estraza con un chile verde de amor(didas).

Bueno, es todo lo que les puedo contar de mi abuelo Pascual, el hombre con nombre de refrescó que me heredó el carácter gruñón pero a la vez, amable.

Mario López Barreto.
15 de agosto de 2005.

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ODA A MI MADRE

I

En el último rincón del inconsciente
yo recuerdo tu voz distorsionada
en el suave mecer del recipiente,
que incubara mi vida que iniciaba
al compás de tu espera emocionada.

Yo recuerdo mi llegada por el frío,
por la dulce caricia de otras manos
y el dolor que sentí tras la nalgada;
por el roce agradable de agua tibia
en mi cuerpo liberado de tu aljaba.

Casi siento los besos de tus labios
en mi frente pequeña y corrugada,
tu sonrisa acariciante en mis oídos
al saber que esa voz tranquilizaba,
la expectante inquietud de mis sentidos.

II

Breves fueron las horas de la infancia
y el periodo de solaz deleitamiento,
breve el lapso sutil de la fragancia,
aspirada, al brindarme el alimento
de tus senos que me dieron su lactancia.

Luego vino el festival a mis gateos
y el aplauso al caminar absurdo,
suspendido en el columpio de tus brazos,
tuve forma de cambiar todo lo burdo
para asirme a los seguros de mis pasos.

Más de pronto me vi desestimado
pues de nuevo, la historia al repetirse,
de tu cálida atención, fui separado,
y aquello que fue mío tuvo que irse,
pues nuevo hermano separome de tu lado.

III

En un lento transcurrir fueron llegando
los momentos agradables de la escuela,
y cediendo tu lugar a mis mentores,
en mi estancia de escolapio fui educado,
siendo padres, para mí, los profesores.

Fueron tantas y nutrientes esas cosas,
aprendidas a mi paso por las aulas
donde amigos encontré que compartieron
largas horas de mi infancia, ¡tan hermosas!
que entre amores y saberes sucedieron.

En la dulce niñez de mis recuerdos,
absorbí los valores transferidos
que sellaron en el alma mi carácter,
y que hicieron de mi vida y mi destino
lo que soy, lo que seré, por todas partes.

IV

en mi breve juventud... ¡Mi gran tesoro!
duerme ya, reposando aprisionada,
de esos años de mi vida, más añoro:
percibir frente de mí, tu fiel mirada,
impulsando mis anhelos y mis logros.

Como suaves destellos, sin valores,
a mi vida llegaron las pasiones,
dieron paso, por fortuna a los amores,
que entre dulces caricias y requiebros
cautivaron para siempre mis razones.

Siempre al lado de mi vida te prendiste,
lo mejor de mis sueños alentaste,
luego dí mi corazón. ¡Feliz quimera!,
a la esposa que el destino me brindara
¡y lograste con tu amor a que te quisiera!.

V

Con el tiempo y como pétalos de rosa,
Uno a uno llegaron los retoños
Y tu vida nada estéril, ni infructuosa
fue bendita para siempre en sus otoños,
en mis hijos, como ofrenda generosa.

Madre santa, con tus manos ya marchitas,
bendijiste el afán de mi existencia
y con esa bendición, tú me impulsaste
al anhelo de vivir, en plena esencia
del servicio y el amor que me enseñaste.

Hoy mis triunfos los coloco en tu regazo
Como prenda de mi amor dulce y grandioso
para Dios, al que a adorar, tú me enseñaste,
otorgando mi respuesta generoso
en la entrega de mi amor a mis hermanos.

VI

Al mirarte, entre sábanas tan blancas
cual sudario de tu vida generosa,
me enterneces con tus pálidas mejillas
y tu lánguida mirada, ya nubosa
en la pena de tus males, bendecida.

¡Dios bendito!... Quisiera yo pedirte,
que mi vida, por su vida Tú cambiaras
trasladando sus dolores a mi cuerpo
para así, después de muerto yo esperara
su llegada gloriosa, allá en tu Cielo.

Y de nuevo, que unidos se iniciara
el retorno de otro ciclo de la vida
siendo ella, para mí, de nuevo madre,
y siendo hijo para ella, me brindara
otra fuente de amor entenecida.

VII
En el quince de junio más amargo
de mi vida que triste se desliza, y
en el alba que se asoma en ese día
en tu rostro se dibuja la sonrisa
entregada a nuestro Dios como latría.

Dormida en tu sudario te doblegas
a la muerte que en sus brazos te redime
del dolor de tus últimos momentos
y tu frágil materia se percibe
libre ya de tu noble sufrimiento.

Duerme, duerme, querida madrecita
y en el cielo disfruta tu presente,
de ése Dios, que desde allá te necesita
como Ángel de mi vida y en tu ausencia
permanezcas a mi lado para siempre.

Mario López Barreto.
A mi madre, en su lecho de enferma a sus 84 años de edad.
7 de junio de 2005.
Terminada el 16 de junio de 2005.
Cuando mi madre entregó su alma a Dios.

¿Qué me inspira de tí...?

En el éxtasis final de tus entregas,
Con voz queda, me reclamas insistente
saber de tu cuerpo y tus ideas...
¿Qué me inspira de ti,
cuando solo, te escribo mis poemas...?

¿Qué me inspira de tí?... quiero decirte:
Cierto. No me inspira tu sonrisa y sus primicias,
ni tus ojos obscuros semiocultos,
ni tu tez morena, ni tu pelo, ni tus manos
que no me niegan el calor de sus caricias.

¿Que me inspira de tí?... debo decirte:
no es tu voz, ni su tono en breves cambios,
ni tus raros silencios de místicos excesos,
ni tu aliento, ni tu llanto, ni tus besos
que me entregan la dulzura de tus labios.

¿Sabes qué me inspira de tí?...
Me inspiran tus verdades que me duelen,
me inspiran tus recuerdos tan vehementes,
que en plena lucidez a mí se vuelven
y me ofrecen un placer desfalleciente.

Eso me inspira de tí...
y me llega en oleadas de ternura,
de princesa protegida en sus pasiones,
por mi cielo fulgurante de colores,
que alimenta la impaciencia de mis dones.

Me inspiran tu deseo ferviente...
que a pesar, de mi tocar morboso
se derrama en el sutil deleitamiento,
para dar en la dulzura de su embozo
un suspiro de fugaz contentamiento.

Eso... Eso me inspira de tí...
y a pesar de mi fugaz presencia
en el tapete de la amable entrega,
no pides más nada, sin embargo das,
el mejor regalo a tan ardiente espera.

Mario López Barreto.
Septiembre de 2003.

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