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La guarida del zorrito

EL ABUELO PASCUAL...

EL ABUELO PASCUAL BARRETO...

Fue originario de Sayula, Jalisco, un pintoresco pueblecito ubicado en las inmediaciones de la laguna que toma su nombre, lugar húmedo, frío, lleno de rosales multicolores que las amas de casa compiten para adornar los frentes de sus casas de adobones de barro y puertas lúgubres de madera antigua.

Ahí vivió toda su vida el abuelo, ahí en su tierra, se casó con una damita originaria del lugar que portaba en sus venas la sangre indígena de las antiguas tribus náhuas asentadas alrededor de la laguna y en las faldas de las Sierra Madre Occidental.

Él fue, según tengo entendido, parte de una familia adinerada, venida a menos en el caos revolucionario, y quien permaneció pegado al terruño en aras del amor a su familia y a su tierra, abandonando la idea de sus hermanos de irse a vivir a Guadalajara, Su trabajo: cultivar la tierra, sacar el jugo a los magueyes para transformarlo en el acidulado y nutritivo pulque que vendería en la plaza mayor los sábados y domingos o durante la semana en el mercado, y arrancar a los órganos pitayos su dulcísima y multicolor fruta de temporada canicular, para llevarla a la antigua Zapotlán, o embarcarla en la estación del ferrocarril, de donde habría de enviarse para su venta a la ciudad de Guadalajara.

Muy poco recuerdo de él, realmente: de cuerpo bajito, de gran bigote y una abundante calva, de piel blanca que contrastaba con el moreno obscuro de la abuela Lupe, su esposa indígena y buena, abnegada y mandona a la vez.

De él, heredé mi incipiente calva y el carácter de pocos amigos por fuera y grandes amigos por dentro, era corajudo a más no poder igualitito que yo, y temperamental, pero a la vez comprensivo y amoroso. Una anécdota podrá ilustrar lo que señalo y me la contó mi madre, por mi poca relación y relativa a mi gran parecido con él en su carácter: Tendría yo como tres años, poco más o menos, mi madre me llevó de visita a su casa paterna, a la postre, vivíamos en la ciudad de Colima, distante como 150 kilómetros de su lugar de origen.

Cuando llegamos, después de un largo viaje por ferrocarril, mi madre cansada, me dejó sobre el piso, entretenido jugando como suelen jugar lo niños de esa edad (a todo y a nada), en tanto ella saludaba a la familia. Después de mucho tiempo de no verlos. Llegó el abuelo de sus ocupaciones y después de saludar a mamá, me dijo: -Mi niño, ¿usted no me va a saludar?... Yo callado.... Él de nuevo... ¡Mario, te estoy hablando!... Yo callado... él de nuevo: ¡Mario, te hablo!... Yo sin responder... Ya él, molesto, me dice: -¡Puerco, te hablo!... Y entonces yo, molesto también le respondo... -¡Puerco tú!....Jajajajajajajaja la risa de todos y ahí quedó para siempre mi mulada como sello de lo que sería, aún hoy, sigue siendo mi carácter... Mula, mula, mula.

Recio, exigente en la conducta de sus ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres, había que despertar al alba, con la llamada del Maitines en el Santuario Guadalupano del lugar, y a dormir después del toque de la bendición. Tres largos y graves toques de la campana mayor, generalmente, a las nueve de la noche, mucho heredé de las conductas del abuelo, pues es, aún hoy, mi hora de despertar y de dormir. La cama no me sostiene después de las cinco y media, y me llama a las nueve de la noche. En punto.

Murió joven, creo de un infarto, con tanto susto, trabajo y bocas por mantener, creo poca gente en esas épocas, no moría de eso. Solo recuerdo de su muerte, como en un velo, el llanto de mamá, la casa fría, llena de viejas enlutadas rezando las letanías de difuntos, la ida al campo santo, y el regreso a Colima en el ferrocarril, donde a poco llegamos a la estación de Tuxpan, Jalisco, donde comimos con harta hambre, unos deliciosos tacos tuxpeños, que aún hoy ocasionalmente, voy en compañía del doctor Alejandro Ayala Guizar, gran amigo mío y oriundo precisamente de Tuxpan, a degustar esas delicias culinarias que las inditas del lugar aún venden en sus canastos, envueltos en blanquísimas servilletas bordadas a punto de cruz, con grandes flores de los colores más raros e increíbles. Y servidos, no en platos, sino en papel de estraza con un chile verde de amor(didas).

Bueno, es todo lo que les puedo contar de mi abuelo Pascual, el hombre con nombre de refrescó que me heredó el carácter gruñón pero a la vez, amable.

Mario López Barreto.
15 de agosto de 2005.
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