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La guarida del zorrito

UN RELATO NAVIDEÑO DE MI INFANCIA.

En el mes de diciembre del año de 1957 tenía yo escasos nueve años y como todo niño de esa edad, deseaba contar con un regalito navideño.

Entonces no se le pedía a Santa Claus, ni a los Reyes Magos, se le pedía al Niño Dios, generalmente en una cartita que se colocaba junto al Nacimiento fabricado con “monitos” de barro colocados en un pesebre hecho con materiales obtenidos en el campo y en el río.

Mis padres en esa época, estaban más “amolados” que en otros años, pues acababan de pasar por la muerte del abuelito Isidro, padre de mi padre, quien había padecido una larga enfermedad que lo postró durante tres años en cama, y por mas cuidados de mi abuelita Paulita, su amorosa esposa, no pudo escapar a su llamado a la edad de sesenta y seis años.

La noche del día 24, tuvimos una frugal cena, donde comimos con verdadero placer “sopitos” fritos en manteca acompañados con atole blanco de masa de maíz endulzado con piloncillo negro o “panocha” como se le llama en Colima, mi tierra a este tipo de endulzante.

Por cierto: yo, siempre más glotón que mis hermanos, me daba mis manías para hacer que mamá me diera más de aquel potaje exquisito. Simplemente le decía:

-Mamá, me das más atole?. Me sobró sopito.

Mi madre, me servía más atole, y luego:

-Mamá, me das otro sopito?. Me sobró atole.

Ella me servía otro sopito. Y así, hasta que ya no podía consumir más... Jajajajaja pobre madrecita mía, siempre con una sonrisa de complicidad.

Bueno, regresemos al relato.

Después de cenar, el chiquillerío llevamos nuestra cartita a los pies del pesebre, con la esperanza de al día siguiente, encontrar por lo menos uno de tantos juguetes que sin duda cada uno de nosotros había escrito en una hoja arrancada a nuestro cuaderno “Tigre” comprada en la tiendita de “La Mexicana”.

A otro día, solo encontramos en el lugar donde habíamos colocado nuestra cartita, una bolsa de dulces y cacahuates. Había de todos: colaciones, caramelos de chocolate, barrilitos, gajos de mandarina, mentadas; ¡ah! y galletas, con betún, de animalitos y con malvavisco, que eran mis favoritas.
Bueno, pues recibí con gusto aquel “tambache” de golosinas, pero ¿Y mis regalos?. ¿Que pasó con mis regalos?. - Pregunté a mamá.

Ella como siempre, con la respuesta oportuna respondió:

- En tus manos, hijo. Al Niño no le alcanzó para más y solo trajo dulces pues pesaban mucho en el morral, imagina para tanto niño de Colima.

- Pero además, mira: Dentro de la bolsita de dulces, vienen cosas que no ves, como muchos besos y caricias de tu abuelito, pues el Niño Dios, pudo verlo antes de venir, así que ahí mandó muchos besos, tantos que no cabían y por eso los cerró con ese pabilo tan fuerte que no podías abrir.

La inocencia de un niño no tiene rival... Han pasado muchos años, cincuenta, creo y aún siento en mi paladar el sabor de aquellos dulces cuya deglución duro por lo menos un mes, pues eran atesorados en escondites difíciles de encontrar por los hermanos o primos que a diario merodeaban por los lugares que para ellos eran lógicos de guardar.

Cada Navidad, preguntaba a mi madre... ¿Mamá. Recuerdas los besos del abuelo?. Y ella con lágrimas en los ojos respondía cariñosa. –Sí, mijo. Y yo lo creí de veras.

A mis hijos, Gracias a Dios, nunca les faltó un regalo en las navidades, como a mis nietecitos tampoco les ha hecho falta el propio, pero jamás pude obsequiarles besos guardados en “tambaches” de caramelos atados fuertemente con pabilo. Mejor los doy ”personalmente en persona”.

Feliz Navidad a mis escasos lectores y que el próximo año llegue a ustedes llenos de bendiciones y el amor de Dios.

Mario López Barreto.
Navidad 2006.


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1 comentario

Uno de sus pocos lectores -

Habemos testarudos que creemos que la navidad es un negocio; mercantilismo puro diria un amigo. Yo no lo se, lo que si es que aun cuando sea lo que sea siempre que exista un niño esperanzado, esperando un obsequio; siempre y cuando el regalo se vuelva...puta, no se que decir.

Simplemente: gracias por obsequiarme una lagrima con esta hermosa historia.
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