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La guarida del zorrito

"CUYUTLÁN"

Hace muchos años, cincuenta mínimo, conocí el pueblecito de Cuyutlán.

Recuerdo que mi padre se “alquilaba” como jefe de una cuadrilla de salineros que explotaban unos pozos de producción de sal de mar. Un trabajo inhumano ese, pues bien recuerdo que debían levantarse a eso de las tres o cuatro de la madrugada para evitar el sol canicular lo más posible, para realizar las labores de arrastre de un triángulo de madera pesada que tenía una especie de clavos en forma de peine en sus tres lados, halada por bestias mulares, y así, aflojar las arenas que contienen la preciada sustancia salina. Dicha arenisca era subida en chiquihuites sobre un armazón de madera y varas que hacían una especie de tamiz, donde a base de agua, se precipitaba a un pozo bajo el entramado y así el agua salina, se ponía a secar al sol inclemente de la costa, para transformarse en una flor blanquísima que ya seca, a su ves, se convertía en la preciosa, exquisita y nutritiva “sal de mar” que hasta la fecha, se produce en ese pequeño lugar de Colima.

Hasta la fecha, la sal de mar de Cuyutlán, es famosa en todo el occidente del país y muy apreciada por ser una de las mejores, pues contiene componentes importantes para el ser humano como el yodo natural, que no se encuentra en otras a las que hay que añadirlo para evitar algunas enfermedades que produce su falta de ingesta.

Pues bien, a ese pueblo llegué en tren, a eso de las diez de la mañana, hora en que mi padre, por cierto, no estaba en casa, pues aún no regresaba de la jornada... ¿Qué digo, casa?... No... Era solo una enramada de palapas de palmera de cayaco rodeada de lonas (aún no se usaba el plástico), tomado de la mano de la abuela materna, doña Paulita, hicimos el arribo a ese lugar hermoso y sin igual.

Desde luego, era la primera vez que iba al mar, y me tocó, gracias a Dios, visitar ese paraíso terrenal llamado Cuyutlán... Lo primero, fue quitarme los huaraches colimotes y sentir en los pies el toque de la arena caliente, correr a toda prisa sobre las dunas y llegar al mar seguido de la abuela que gritaba –“espera muchacho cabresto”... Ese mar que me conquistó como hubo de conquistar a los primeros exploradores en la época de la conquista.

Me senté a la orilla de la resaca... las olas lamían mis pies, generosas, frescas, salinas, fragantes y cien, mil o quizás más pájaros volaban alocados sobre las olas buscando su diario sustento, recuerdo como en una película miles de aves blancas, cafés, negras, peleaban unas a otras con ruidosos graznidos, agradeciendo la generosidad de esas playas para dotarles del alimento necesario para vivir en su calidad de... Aves. Había de todo, gaviotas, tildíos, chorlitos, pelícanos, patos; etc. todos en una rara algarabía y un extraño concierto musical.

Más tarde, ante la mirada atenta de la abuela, me tumbé el pantalón para quedar en calzón de manta corto, de esos que mamá nos fabricaba comprando por rollos de manta en “La Marina” de la manta buena, de la de antes, que rozaba de nueva las verijas y duraban una eternidad, aprovechando, mamá nos fabricaba también camisas de cuadros de bolsa de alimento para gallinas... Los de mi época quizá las recuerden eran: azules, rojas, verdes, ya en la escuela a mis hermanos y a mí, nos decían los cuadrados por tan peculiar vestimenta y créanme, no sufrimos ningún trauma por ello, y sí, en cambio, vivimos felices como hasta la fecha. Bueno me desvié de la plática, les decía que ante la mirada inquisitiva de la abuela disfruté como enano de circo de un estupendo baño en las aguas verde mar de mi querido Cuyutlán.

Por la tarde regresamos a comer unos sabrosos frijolitos refritos con queso seco de Comala, y chiles verdes que supieron a gloria... regresó papá a eso de las cuatro de la tarde, sudoroso, cansado, renegrido por el sol canicular. Comió, descansó y nos fuimos de nuevo a la playa. Una nueva maravilla me esperaba, lo juro, Las puestas de sol más maravillosas que he visto han sido en la inmensa playa de Cuyutlán, mis ojos acostumbrados a ver solo los verdes y ocres del campo colimense, se llenaron de los maravillosos colores amarillos y rojos en todas sus gamas, ahí, aún siendo niño, y tiemblo por ello, sentí dentro de mí la magnificencia de Dios.

Cosas terribles y maravillosas han sido parte de la historia de Cuyutlán: un maremoto en los años treintas (hoy se les dice tsunamis, jajajaja), la visita de la patria trashumante en la carretela del Benemérito Don Benito Juárez en su paso hacia Manzanillo, su destrucción casi total en el ciclón de 1959, pero lo que más duele, es el abandono que han hecho las autoridades de ese jirón de nuestra patria chica... Bueno, a lo mejor, es mejor, pues de otra forma ya no sería lo que es, pues los hoteleros limitan las entradas a las playas más hermosas de todo el país, ojalá se conserve como patrimonio de todos los mexicanos, en especial los que amamos ese terruño parte de nuestro Colima y siga siendo un destino para el turismo social, ese que no ve posiciones sociales y que es de todos y para todos.

He visitado muchas playas de nuestro país, hermosas sin duda, con aguas verdes, azules, claras y radiantes, he tenido la oportunidad de conocer rincones paradisíacos en otras latitudes... Pero cuando deseo acercarme a Dios, me voy a Cuyutlán, me siento en la arena de su playa a dejar que las olas laman mis pies y a esperar el atardecer para ver el momento mágico y sublime de la puesta de sol... Un espectáculo que solo Dios pudo haber obsequiado a ese lugarcito maravilloso, llamado Cuyutlán.

Mario López Barreto.
Abril de 2006.

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3 comentarios

ana luz becerra plascencia -

lugar inolvidable tooda la familia pasaba semana santa en cuyutlan y mi abuelito antonio plascencia inicio la tradicion, se hospedaba en el hotel ceballos cuando todavia era de madera, y el dueño era el señoor ceballos despues se lo vendieron a la sra. ernestina mejor conocida como la alemana a que tiempos aquellos como lo extraño.
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Tocayo -

que gusto que seas mi amigo porque puedo recordar vivencias que parecían condenadas al olvido

sanson -

Cuyutlán de mis recuerdos.
Mis primeras idas al mar cuando era apenas un imberbe mocoso que jugaba a ser adulto. Sentia el cosquilleo que me producía la arena en mis pies. Que tiempos aquellos
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